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6 min
Epifanía
Varios |
07.08.16
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Sinopsis

En la noche en que los tres hombres realizan su labor, la magia puede darse en cualquier momento y lugar.

Era la madrugada del 6 de enero de 1990. En la urbanización de Villa Luminaria reinaban la oscuridad y el silencio, puesto que todas las personas que creían en la magia de aquella noche estaban prudentemente dormidas. Tres hombres se encontraban hombro con hombro en medio de la solitaria calle principal, sujetando las riendas de sendos camellos a sus espaldas. Después de dar una breve inspiración al unísono, se dirigieron a los edificios de su izquierda.

Empezaron por la letra A del primer piso del portal uno; a la hora de realizar su labor, los tres hombres siempre empezaban «por el principio» cuando tenían que recorrer una zona nueva. Dejaron a sus monturas, mansas y obedientes tras tantos años de costumbre, amarradas junto a la entrada del portal. Luego subieron al piso y entraron en él atravesando la hoja de la puerta; podrían haberlo hecho por cualquier otro lugar, pero los tres hombres, por encima de todo, eran educados.

Una vez dentro de la casa inspeccionaron el salón, sumido totalmente en las sombras, ayudándose del tenue resplandor azulado que despedían sus cuerpos. Buscaban alguna señal de que allí se esperaba su llegada: leche y galletas o dulces, zapatos al pie de un abeto o paja para dar de comer a sus animales.

Pero lo primero en que se fijaron fue en el niño.

Los tres hombres se volvieron hacia el centro de la estancia, donde apreciaron aquella silueta menuda, repantingada en un enorme sillón de orejas que la hacía parecer aún más pequeña, como un gorrión al lado de un águila. La luz azulada que emitían le iluminaba algunos rasgos de la cara redonda, entre ellos los ojos. Entonces los hombres comprobaron que estaba dormido.

El Primero, Melchor, les dedicó una mirada al Segundo, Gaspar, y al Tercero, Baltasar, quienes parecían tan estupefactos como él. Ellos se la devolvieron, y entonces los tres entablaron una discusión telepática acerca de cómo debían actuar. Gaspar, el más protocolario, establecía que lo mejor era dejar allí los regalos y salir de allí sin despertar al niño. Por otra parte, Melchor, el más estricto, sugería saltarse aquella casa porque aquel pequeño había incumplido las normas saliendo de su cama e intentando sorprenderlos en mitad de la noche. Y cuando Baltasar, el más generoso, les dijo a los dos que quería despertar al niño, los otros dos sacudieron la cabeza con tanto ímpetu que las mejillas se les bambolearon.

Aun así, el Tercer hombre volvió a fijar la vista en la silueta en el sillón de orejas y empezó a acercarse a ella, sin emitir el más leve ruido. Entonces Gaspar, que era el que estaba más cerca de él, lo agarró por un brazo, fulminándolo con la mirada. El Tercero esbozó una leve sonrisa y le dijo por telepatía que confiase en él. El Segundo, ante un Melchor entre atónito y expectante, se debatió consigo mismo unos instantes; luego, a regañadientes, soltó a Baltasar y lo dejó continuar.

Cuando estuvo lo bastante cerca del pequeño, el Tercero pudo observarlo mejor. No debía sobrepasar los seis años y era algo descarnado; el pelo rubio lo tenía ralo, y las orejas, un poco de soplillo. Se había quedado dormido con la barbilla metida y la boca entreabierta, de la que colgaba un fino hilillo de baba. Apoyaba las manos en los brazos del sillón, y los pies descalzos le colgaban a varios centímetros del suelo. Iba con un pijama largo de dos piezas, algo sudado.

Baltasar estiró un brazo y le acarició lentamente la mejilla con un par de dedos. Entonces el niño fue enderezando la cabeza poco a poco al tiempo que abría los ojos, negros como la noche. Se limpió la boca con la manga del pijama; luego arrugó el entrecejo, parpadeó un par de veces y, cuando vio lo que tenía delante, su semblante fue la definición de sorpresa.

Baltasar compuso una amplia y beatífica sonrisa, enseñando los dientes. Su aura azulada se volvió algo más intensa, reflejándose en los ojos como platos del pequeño. Entonces alzó la mano derecha y en ella hizo aparecer un objeto del tamaño de su puño cerrado. Parecía un juguete. Se lo tendió al niño, que lo seguía con la vista, y él lo tomó entre las manos.

Era un soldadito de plomo.

El pequeño volvió a mirar a Baltasar a los ojos; luego, a Melchor y Gaspar, que no movían un músculo detrás de él, y por último de nuevo a Baltasar. Después cerró la boca y tragó saliva, alucinado, mientras aferraba instintivamente el juguete con ambas manos. En su mente oyó como el Tercero le decía sin despegar los labios que cuidara bien de él, a lo cual asintió tímidamente casi sin proponérselo. Entonces Baltasar le puso en la cabeza la misma mano en que había hecho aparecer el soldadito, y al instante el niño volvió a quedarse dormido en la misma posición de antes, salvo que ahora encerraba la figurilla en las manos ahuecadas en el regazo.

El Tercero, satisfecho, volvió con Melchor y Gaspar, que lo miraban sin dar crédito. Meneó la cabeza con resignación, y de nuevo hizo aparecer paquetes de diversos tamaños y envoltorios que depositó a los pies del árbol. Se encogió de hombros al no encontrar ni leche, ni galletas, ni paja.

Los tres hombres formaron un corro. Se tomaron de la mano.

Y, tal como habían venido, desaparecieron de repente sin dejar rastro.

 

***

 

Veinticuatro años después, aquel «niño» continúa haciendo lo mismo cada 5 de enero desde el día en que, inesperadamente, se salió con la suya y tuvo su particular epifanía. Un ritual que solo se vio alterado mínimamente cuando nació su hija. A partir de entonces, siempre después de que ella y su mujer se hayan acostado, él coloca su soldadito de plomo en la mesa del salón, junto a tres vasos de leche, un plato de galletas y un montoncito de paja. Así, los tres hombres que nunca olvidan sabrán que aquel pequeño que una vez los vio no ha dejado ni un momento de soñar con volver a hacerlo.

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  • En el principio...

    No sé a qué viene esto. Me lancé a escribirlo en mitad de la noche sin tener una idea clara del argumento en mi cabeza, ni de si pretendía que fuese una historia independiente o parte de una más grande. En fin. Iré actualizando esta entrada conforme vaya teniéndolo todo más claro al respecto.

    Las oportunidades que se esfuman ante nuestros ojos quizá solo nos dejen a su paso el peso del remordimiento.

    ¿Qué nos queda cuando nuestro mundo se derrumba?

    En la noche en que los tres hombres realizan su labor, la magia puede darse en cualquier momento y lugar.

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    Imagina una amplia extensión de hierba. Es plena noche, reina el silencio, y no se divisa una luz distinta a la de las estrellas en varios metros a la redonda. Un muchacho las contempla allí tumbado, con las manos en la nuca. Y, mentalmente, escribe esto.

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Siete palabras bastan. Keep calm and follow the Lethani.

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