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2 min
Equilibrio
Reales |
18.11.11
  • 4
  • 20
  • 5118
Sinopsis

Este lo publiqué hace tiempo, me lo llevé y ahora vuelve por aquí.

Ella se encontraba ya muy mayor para esas cosas.


En otros tiempos había sido incluso fogosilla. Podría decirse que de jovencita en su pueblo siempre la habían considerado de las que uno se podía llevar al huerto con relativa facilidad.
Nunca había opuesto demasiada resistencia ni al besuqueo ni al manoseo indiscriminado. Ni tan siquiera, si se terciaba, a otros asuntos de mayor envergadura, ya que no le importaba en absoluto lo que de ella se pudiera decir. Y además, para qué negarlo, se lo pasaba de maravilla.

 

Cuando en el fragor de los innumerables momentos de comadreo vecinal el intercambio de información llegaba a su máximo apogeo, siempre había alguna lengua entre puritana y envidiosa que con mal disimulado regocijo sacaba a relucir el tema -ya de todas sabido pero no por ello menos jugoso-, de que la niña de los Urquijo era un poco "ligerita".

Por suerte jamás faltaba quien apoyase la tesis con fervor desmesurado y, como es de suponer, aquello daba para dos o tres horas de animada tertulia sentadas a la fresca.

Habían transcurrido muchos años desde entonces.
Los ardores juveniles habían pasado a mejor vida. Y por suerte todo parecía indicar que para el individuo que con el tiempo se había convertido en su marido, también.
Era un alivio tremendo para ella el hecho de que él ya no la incordiase reclamando tan esforzados menesteres y poder así vivir tranquila en aquel perpetuo estado de castidad voluntariamente elegido y mutuamente aceptado.

Qué felices eran...

La entrada de él en la habitación la sacó de sus pensamientos evocadores y la devolvió al presente de un golpe:

— Hasta luego María, me voy de putas.

— Adiós cielito, disfruta. Y por favor no llegues tarde a cenar. Hoy he preparado la vichysoisse que tanto te gusta.

Por supuesto ni dijo él tal cosa ni contestó ella tal otra.

Ese dialogo, sin embargo, habría sido un reflejo fiel de lo que se ocultaba tras la apacible cotidianeidad.

Ni imaginaban que aquello que de ser sabido les separaría, era lo que en realidad les mantenía juntos.

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