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5 min
Era una chica normal...
Suspense |
09.02.15
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Sinopsis

Decían sus vecinos, de esas que siempre saludan al pasar.

La luz de la mañana irrumpía entre las ranuras de la persiana de su cuarto, hace varias horas que estaba despierta y miraba simplemente el techo, de vez en cuando cerraba los ojos al notarlos secos, así estuvo hasta que el sonido estridente del despertador la trajo de nuevo a la realidad. Se puso en movimiento, salto de su cama y se dirigió a la pequeña cocina de su apartamento de alquiler, una pequeña caja de zapatos que había encontrado cerca de su trabajo con un alquiler desmesurado para su tamaño, pero le bastaba y se lo podía permitir. Encendió el termo, noto una presencia en sus pies, un maullido y un ronroneo, era Brisa su pequeña gata naranja, cariñosa hasta el cansancio. Abrió la nevera y cogió una lata de paté que tanto le gustaban a Brisa. Se la echo en su cuenco y esta se apresuro a dar buena cuenta de ella. La pequeña Brisa, todavía recuerda como la encontró echa un ovillo bajo un contenedor del barrio, unos niñatos estaban intentando cogerla para hacerle alguna maldad. Aprieta los puños, recuerdos que la asaltan, los barre de su mente enseguida. Se da una rápida ducha, al salir se seca un poco el pelo, no se mira al espejo nunca o casi nunca. Un vistazo rápido, para el ritual de siempre. Coge de su armario, camiseta blanca, vaqueros y su chaqueta de cuero negra, zapatillas rojas y las llaves de su moto. Baja por las escaleras del portal, no coge nunca los ascensores, nunca, ya tenga que ir a un décimo. Sale a la calle y se encuentra de frente con su pequeña Vespa roja clásica. Se pone el casco negro y arranca hasta hacerla ronronear. Sale a toda velocidad por las calles de la ciudad, como un virus que recorre la sangre, siente el frío intenso y le gusta, el frío es su hábitat, le despeja la mente y puede mirar las cosas desde otra perspectiva. Se dirige a su bar de siempre, entra y con solo mirar a la chica de la barra sabe que quiere su cafe con leche caliente y su media con aceite y tomate. Desayuna en silencio, mirando las noticias matutinas en la tele del local, paga a la chica y sale disparada del local. Llega a su trabajo, no queda muy lejos de su casa. Divisa el anodino edificio de ladrillo, construido para albergar oficinas con sus administrativos, pegados a sus respectivas pantallas de ordenador. La puerta de entrada es una simple puerta de cristal grueso, caminaba con la cabeza gacha consultando su movil, lo guarda en su bandolera y justo al mirar al frente. En ese momento todo se para, el sock la hace temblar y se abre en su mente la puerta que tanto le había costado cerrar, todo sale a borbotones imágenes, sentimientos, llantos, miedos y sobre todo el dolor. Se esconde rápidamente como primera reaccion, en su cabeza las dudas la asaltan, ¿me habrá visto?, y si ha sido así ¿me ha reconocido? Intenta respirar con normalidad, se da cuenta de que esta pegada a la fachada de ladrillo como si se fuese a caer derrepente, dos personas se la quedaron mirando al pasar y decide recobrar la compostura. Se sacude la chaqueta y se asoma al vestíbulo, amplio con un mostrador de madera y lo ve a él. Esta mayor, desmejorado, entrado en carnes con canas salteadas. Se mueve, ella se tensa. Pero al momento ve que solo cambia el peso de pie, se quita la gorra amarilla que lleva y entonces ella ve una coronilla totalmente despejada, como un claro en el bosque. De pronto el se da la vuelta súbitamente y se dirige hacia la puerta. Algo se apodera de ella, de súbito un escalofrío la recorre, quiere gritar a voz en grito, quiere huir pero esta totalmente paralizada. Lo mira fijamente, tanto que el se percata y le sonríe. Se ha dado cuenta piensa ella, sabe quién soy, lo sabe. Y en el justo momento en que ella cree que él va a decirle algo, pasa de largo. No sin antes mirarla de arriba a abajo y soltar una especie de bufido, a modo de piropo. Helada, fría y sin pulso. Así la dejo ese momento, no la había reconocido en absoluto, se sintió entre aliviada y enfadada. Miro como el se alejaba, y se montaba en una furgoneta amarilla de reparto, le echa una foto con su móvil. Lo hizo sin pensar fue su gesto mas automático. La miro en la pantalla del móvil, apunto estuvo de borrarla y en ese momento su cabeza sintió ese click. Y si nada es casual, y si esto es lo que necesitaba, una especie de señal. Guarda la foto y su móvil en la bandolera. Llegaba tarde a su trabajo, pero nunca jamás se había sentido mejor.
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  • Gracias Pielfria. Soy novata y aprecio cualquier opinión.
    Escribir no sólo sobre monstruos y héroes es la finalidad del escritor, sino también de narrar sobre temas mundanos y corrientes, haciéndolos, mediante el talento y la buena idea, especiales y originales. Y tú lo logras con creces. Me gustó. Muy humano y muy profundo tu trabajo y, aunque no sea un gato, sino un perro mi eterna mascota, yo también quiero a los animales. El final borda toda la historia. Te tendré en cuenta.
  • Encuentra, por muy grande que sea el pajar.

    Decían sus vecinos, de esas que siempre saludan al pasar.

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Nací, crecí y sigo la linea temporal...

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