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13 min
Érase una vez en un portal...
Suspense |
12.12.13
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Sinopsis

Un cuento de Navidad para felicitaros las Fiestas y desearos un feliz 2014 a los compañeros-as de TR.

Laura caminaba por la calle engalanada de fiesta, pisando los charcos con sus botas nuevas. Era el día de Nochebuena.
 A la niña le encantaba aplastar las bombillas de colores que salían a su encuentro colgadas en el vacío plomizo de la tarde moribunda. Bombillas bajo sus pies y bombillas sobre su cabeza. Mientras caminaba con paso ligero, haciendo ondear sus largas trenzas, Laura silbaba feliz, recorriendo el túnel de colores. Se imaginaba que cada vez que pisaba la imagen de una bombilla, ésta estallaba sobre su cabeza, y su imaginación era tan poderosa que, después de haber recorrido un buen trecho del asfalto encharcado, realmente oía el sonido del cristal reventando sobre ella. Entonces se detenía y levantaba su vista al cielo y las guirnaldas de botas, de estrellas y de campanas se miraban orgullosas en los profundos ojos de la niña, mientras danzaban suavemente al son del viento helado que soplaba desde la sierra. Aquel viento anunciaba nieve y aquello hizo sonreír a Laura. Adoraba la nieve y adoraba la Navidad. La niña apuró los últimos metros hasta el portal de su casa, tarareando los villancicos que bajaban flotando desde el blanco campanario de la iglesia.
 Firmemente sujeto contra su pecho, llevaba Laura su tesoro más preciado: un libro con formato de comic que narraba el Nacimiento del Niño Jesús. La historia le fascinaba y, aunque ya la conocía de memoria, disfrutaba repasándola una y otra vez, recreándose, imaginando, viviendo todo lo que allí se contaba.
 Cinco minutos más tarde, leía, cómodamente tumbada en su cama, después de un veloz saludo a su madre en forma de apresurado beso y unas palabras cariñosas a su perrita, acompañadas de breves y enérgicas caricias.
 A medida que los ojos soñadores e inteligentes transmitían al bien entrenado cerebro las palabras y los dibujos, Laura viajaba más y más lejos, en el espacio y en el tiempo, dos mil años hacia el pasado y miles de kilómetros hacia el Oriente.
 La niña era capaz de sentir el frío en el viejo pesebre y el tacto áspero de la paja sobe su piel desnuda. Si cerraba los ojos, veía a la Virgen y a San José a los pies del improvisado y pobrísimo lecho y, a sus espaldas, a través de la puerta de la diminuta cuadra, divisaba, a la luz de la estrella, el camino que se adentraba en el desierto y la procesión de pastores, y los Reyes Magos, allá al final, cruzando el puente sobre el río helado. Y oía cantar a los ángeles y sentía en el cuello y la nuca el aliento cálido del buey y la mula.
 Finalmente, a fuerza de cerrar los ojos, Laura se durmió y el libro resbaló de sus manos y cayó al suelo. Allí lo encontró a la mañana siguiente, yaciendo sobre la alfombra roja, cuando la aguda voz de su madre y los gozosos ladridos de Lassie la arrancaron del plácido mundo de los sueños.
 Después de devorar el desayuno, Laura bajó a la calle. Había nevado por la noche y la chica disfrutó un montón sintiendo crujir la nieve bajo la gruesa suela de sus botas. Pisar la nieve recién caída, nada podía compararse a eso. Si a Laura se le apareciera un día el genio, ese sería su primer deseo, ya lo tenía decidido, por si algún día se topaba con la lámpara de Aladino.
 La niña caminó hasta las afueras del pueblo seguida por la juguetona perrita, que brincaba alborozada a su alrededor. Corrió a través de los campos nevados y construyó un estupendo muñeco. Después, comenzó a nevar otra vez y Laura decidió regresar a casa.
Al entrar en el portal, se encontró a una mujer joven y rubia que acababa de dar a luz allí mismo. Su marido, también joven y de negra y larga barba, le explicó a Laura que no tenían casa y como no habían querido atenderlos en el hospital por ser pobres, habían tenido que refugiarse allí.
 Después le preguntó a la niña si podían quedarse en su casa. Él era carpintero y les podría pagar el alojamiento fabricando muebles o reparándolos. Antes de que Laura le contestase, el hombre se presentó tendiéndole la mano y le dijo que su nombre era José y que su mujer se llamaba María. El bebé, recién nacido, por fin había dejado de llorar y miraba fijamente a Laura, sonriéndole desde su lecho de paja. La joven madre le explicó que el pequeño se llamaba Jesús y le preguntó si no le parecía precioso. Laura no contestó porque se había distraído observando el aro luminoso que María lucía sobre su cabeza. Sin duda era un rasgo de familia, porque José y el niño portaban uno cada uno y el de Jesús, aunque de menor tamaño, brillaba mucho más; tanto resplandecía que iluminaba todo el portal e incluso la nieve de la calle destellaba con un precioso color dorado, bajo el fantástico resplandor.
 Laura decidió subir a casa para contárselo a su madre pero no pudo porque las escaleras habían desaparecido y la niña está a punto de chocar contra un pacífico buey que rumiaba, tumbado tranquilamente a la derecha del niño. Entonces, Laura trató de pasar por la izquierda pero allí estaba la mula y tampoco tenía pinta de querer moverse en absoluto.
 En ese momento, Laura oyó la voz de su madre que la llamaba desde arriba. La niña no pudo contestar porque un formidable estruendo procedente de la calle le hizo volverse y mirar hacia afuera. La puerta había desaparecido y también la calle y las luces de Navidad y hasta las casas se habían esfumado. Laura solo vio el desierto inmenso bajo la noche fría; bueno, vio el desierto y vio los pastores que acercaban. Todos traían algo para el Niño y cantaban a grandes voces y tocaban panderetas y zambombas. Por el camino más ancho, unos Reyes Magos gigantescos acababan de cruzar el puente sobre el río de plata y avanzaban lentamente hacia el Portal. Pastores y Reyes se desplazaban flotando a ras del suelo sobre una especie de plataformas, de manera que no necesitaban mover las piernas.
 La voz de su madre sonaba cada vez con más fuerza y finalmente consiguió despertar a Laura.
 La niña se incorporó en la  cama y, tras restregarse los ojos, miró sorprendida a su alrededor. Allí no había Portal, ni pastores ni Reyes. Estaba en su habitación y su madre la contemplaba sonriente, sentada en el borde del lecho.
-Mamá, ¿por qué me has despertado?- refunfuñó Laura- si estaba teniendo el mejor sueño de mi vida.
Después su madre le pidió que se lo contara y Laura la complació muy gustosa. Se lo relató con todo lujo de detalles pues le parecía encontrarse aún dentro, y si cerraba los ojos volvían a aparecer todos los protagonistas. Cuando terminó, se levantó de un brinco y se acercó a la ventana y entonces comenzó a saltar y gritar de alegría. Por la noche había caído una fuerte nevada y el pueblo ofrecía una idílica imagen de postal navideña.
 Después de desayunar con voraz apetito, el sueño le había dado hambre, Laura se puso la chaqueta, el gorro y los guantes y bajó a disfrutar de la nieve. Veloz como el rayo, descendió las escaleras y se paró en seco al llegar al portal. Allí, justo delante de la puerta, sobre la gruesa alfombra dorada, una mujer joven y rubia yacía en el suelo, retorciéndose de dolor. Un hombre, también joven y de larga barba negra, se inclinaba sobre ella intentando ayudarla.
 Laura los reconoció enseguida y cuando el hombre le habló la niña escapó corriendo escaleras arriba, gritando a pleno pulmón:
-¡Mamá, mamá, el Niño Jesús está a punto de nacer en el portal…en nuestro portal…!
Aunque parezca increíble, Laura consiguió subir las escaleras a mayor velocidad que las había bajado. Al irrumpir en su casa con la fuerza de un huracán, chocó con su madre y estuvo a punto de derribarla.
 Cuando finalmente la sorprendidísima mujer logró entender algo del atropellado relato de su hija, la riñó severamente, advirtiéndole que se dejara de bromas tontas, que los Santos Inocentes eran la semana próxima. Pero la niña, terriblemente nerviosa y emocionada, insistía en explicarle a gritos que había visto a la Virgen con dolores de parto en el suelo del portal y que San José la acompañaba y que tenía que bajar con ella, que el Niño iba a nacer enseguida, y que seguramente ya se encontrarían abajo el buey y la mula; y que pronto llegarían los pastores y los Reyes y que la calle y el pueblo iban a desaparecer y que se haría de noche…
 Por un momento, la madre de Laura pensó que su hija se había vuelto loca y no tuvo más remedio que seguirla escaleras abajo. Laura iba delante y tiraba de la mano de su madre, arrastrándola literalmente.
 Por fin llegaron al portal y ¿qué creéis que vieron allí…?. Pues…una planta de interior, un espejo de pared, una alfombra amarilla y varios buzones rebosando propaganda. Aparte de esto, el portal estaba absolutamente vacío.
 Laura se quedó muy quieta, los ojos abiertos desmesuradamente y con una expresión de estupor absoluto pintada en su rostro.
 -¡Mamá, estaban ahí, te juro que estaban ahí!- exclamó desesperada, señalando la gruesa alfombra.
 La vehemente insistencia de Laura y el cómico y genuino desconcierto que reflejaba su cara, convencieron a su madre de que la niña decía la verdad. Así que la agarró por los hombros y, tras calmarla, le dijo que la creía. La niña se quedó muy quieta y miró a su madre. Sus ojos negros se llenaron de lágrimas.
 -Entonces, ¿dónde están mamá, dónde están…?- gritó entre sollozos.
Cuando la mujer se disponía a contestarle, se abrió la puerta de la calle y entró la vecina del primero. La madre de Laura le relató los hechos y le preguntó si ella sabía algo. Entonces, la amable anciana les hizo entrar en su casa, les sirvió chocolate con churros y les contó lo que sabía del asunto, que, por cierto, era bastante.
 Una hora más tarde, de regreso en su casa, Laura hablaba con la perrita, algo que solía hacer menudo. El animal sabía escuchar y era capaz de guardar un secreto mejor que nadie. Mientras le rascaba la cabeza detrás de las orejas, donde más le gustaba, Laura le contó su sueño y después le habló de la extraña pareja del portal.
-Imagínate, Lassie, el susto que me llevé- La perrita, cómodamente echada sobre las piernas de la niña, permanecía muy quieta y atenta al fantástico relato- Eran las mismas personas que había visto en mi sueño. Pensé que estaba soñando otra vez o bien que me había vuelto loca. Pensarás que soy un poco tonta y que todo esto me pasa por leer mucho o tener demasiada imaginación…Pero…estarás de acuerdo conmigo, perrita, en que jamás podría haber imaginado que la chica rubia era la nieta de nuestra vecina, que había vuelto a pasar las navidades después de varios años y que el hombre de la barba era su marido. Claro que si me hubiera olvidado del sueño y me hubiera fijado mejor, me habría dado cuenta de que la chica no estaba retorciéndose de dolores de parto, sino que se revolcaba y gritaba porque se había roto la cadera al caer por la escalera y su marido intentaba calmarla, aunque no sabía muy bien cómo.
 -Sabes, Lassie, que me pongo colorada y me arden las orejas cada vez que recuerdo como el chico se dirigió a mí pidiéndome que avisara a su familia y yo escapé escaleras arriba, corriendo y gritando como una loca. Cuando regresé con mi madre ya no estaban, porque había venido la ambulancia y se los había llevado al hospital. Creo que esta escena me perseguirá toda la vida y hará que me avergüence, aun cuando sea una abuelita y se lo cuente a mis nietos…
 Laura se levantó al fin tras sacarse a la perra de encima, no sin esfuerzo, y se sentó en el sillón. Lassie se acercó, meneando la cola y reclamando más caricias. La voz de su ama, profunda y misteriosa de repente, la detuvo en seco y la perrita se sentó y se quedó en estado de alerta, observando a la niña. El bello semblante de Laura se había puesto muy serio y sus ojos brillaban de un modo especial, mientras apuntaba con el dedo a su expectante amiga:
 -Pues sí señor, todo se explica, al final todo ha quedado claro…Todo, menos una cosa…escucha Lassie- La perrita atendió el ruego estirando el hocico y atiesando las orejas, mientras miraba a Laura fijamente- Lo más extraño de toda esta historia es que yo haya soñado con dos personas que nunca había visto y que esas personas existieran realmente y fueran exactamente igual en la vida real que en mi sueño. Y por eso pienso, mi adorable perrita, que, a lo mejor, todos los otros personajes y lugares con los que soñé también existen realmente y puede que estén aquí entre nosotros y que no seamos capaces de verlos.

 La perrita ladró, como asintiendo, y pareció quedarse pensativa. Laura miró hacia la ventana y vio que volvía a nevar de nuevo. La niña y el animal brincaron alborozados, bajaron a la calle y corrieron sin parar a través de los campos, surcando el blanco mar, majestuoso e inmenso. La nieve, que cada vez caía con más fuerza, borraba rápidamente sus huellas gozosas.
 Al llegar al bosque, Laura se detuvo al fin y mirando al cielo con los brazos abiertos, dio gracias al Niño Jesús por la nieve y por la Navidad.
 Mientras Lassie correteaba sin parar a su alrededor, Laura permaneció inmóvil, enterrada hasta los tobillos, y los grandes copos, pesados y silenciosos, caían sobre su rostro, inmensamente feliz.


                                                                      FIN
 

 

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  • Un magnífico relato que hace que todo el vello se te erice. Me encanta tu cuento Paco. Una pena que lo haya encontrado pasadas esas fechas. Un saludo compañero
    ¡Esto es lo que se conmemora en navidad! Ideal para todos aquellos que lo único que celebran en esas fechas es el consumismo. (Cómo no supe como responderte el comentario que me hiciste mejor me puse a leer tus relatos). ¡Saludos desde México!
    Es un cuento entrañable, y la niña, uno de esos personajes que brillan con luz propia y que, con su imaginación e inocencia, nos recuerdan en textos de este tipo, el verdadero significado de estas fiestas, tan pervertidas por otros fenómenos pseudo-culturales. Un bello regalo, que tomo además como cordial bienvenida. Un abrazo grande y mis mejores deseos para este nuevo año que acaba de empezar.
    Precioso cuento, me encantó y me transportó a mi niñez... ¡Felices Fiestas y Feliz 2014 también para tí, Paco, un abrazo!
    UN GRAN ABRAZO, COMPAÑERO CASTELAO, Y UN AÑO 2014 CON PERSPECTIVAS MÁS ESPERANZADORAS PARA TODOS. Y HASTA EL PRÓXIMO 2015. ¡AH, Y FELICES UVAS!... Stavros
    Lindo cuento por las fechas en las que andamos y por las altas dosis de ingénio que se perciben.- Bien narrado y sin desperdicios.- Que tengas un feliz 2014.- Un saludo
    Me gusta la sencillez y la claridad con la que está escrito este cuento. Belleza, armonía, uno de los pocos merecedores del ranking.
    Dulce y brillante cuento navideño. La visión que tiene la niña de los acontecimientos es muy adorable. Perfecto relato para estas fechas. Felices fiestas para ti también amigo Paco! Un saludo!
    Hermoso relato, con esa curiosa mezcla de realidad y fantasía que caracteriza a tus relatos. Me gusta el personaje de la niña, con sus dudas, sus conversaciones con el perro, su ingenuidad. Saludos!
    "todos los otros personajes y lugares con los que soñé también existen realmente y puede que estén aquí entre nosotros y que no seamos capaces de verlos" Maldita la hora que un adulto bienintencionado nos hace creer lo contrario. Hermosa manera de despedir el año, querido compañero. Año de familias que no tienen donde cobijarse y niños que no pierden su luz a pesar de las circunstancias. Gracias por esta historia de una soñadora, y por tu calidez a la hora de opinar. Que los bosques sigan susurrando magia a tu pluma. Un abrazo, Paco
  • Las guerras dejan muchas heridas; a veces, las peores son aquellas que no se ven...

    Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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