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4 min
ES DEMASIADO TARDE
Reflexiones |
06.05.08
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Sinopsis


El tren va atestado de viajeros. Un grupo de niños con pretensiones de boy scout, canturrea a media voz, sin dejar por eso de pulsar el teclado de unas máquinas donde unos marcianitos verdes, emiten sonidos parecidos a eructos de otro planeta. Los monitores no dejan de dar instrucciones y de agrupar las mochilas igual que tú apilabas los huevos en el frigorífico: por parejas. Observando el comportamiento de estas criaturas, me doycuenta de que se parecen bastante a los perros. Tienes que llevarlos a orinar con frecuencia si no quieres que te manchen la alfombra, son inquietos, se ponen perdidos cuando pisan la calle y sobre todo, hacen ruido y ladran, estén contentos o no. Es una forma de demostrar su loca vida interior.

El antiguo tren, rebosante hasta los topes, nos conduce a la costa. Es un puente, uno de esos hermosos puentes españoles de cuatro días, que consiguen que las capitales se vacíen. Una especie de migración masiva, como la de los ñus cuando atraviesan el tórrido espacio del cráter del Ngorongoro en África.

Mi asiento, como no, está en el pasillo. Me gustan los pasillos porque mi mundo interior es también perruno, y a menudo sufro una especie de inquietud que no demuestro. Cuando estoy nerviosa, cuando siento auténticas ganas de ladrar y morder, corro por ese pasillo sin dar explicaciones; sin decir nada, por eso no pido un asiento de ventana. Desde mi especial posición, puedo deslizar la vista por el paisaje verdoso, u observar comportamientos humanos desde la más absoluta de las indiferencias, sin sentirme encajonada.

Pero estaba hablando de mochilas, de la forma de colocar los huevos en el frigorífico, y también de madres. Este puente tiene su significado, coincide con ese día absurdo, ese día puramente comercial que todos odiamos, por mucho que queramos a nuestras madres. Cuando las madres viven, todo está en orden. Inspiran una seguridad y un calor, que nunca recuperamos cuando dejan un hueco en el mundo. Pero eso no lo descubres hasta que ya es demasiado tarde.

Dejo el tren cansada de películas que no puedo escuchar ni subiendo al máximo el volumen de los auriculares; harta de guardar las piernas en un espacio mínimo; aburrida de ver pasar el mismo paisaje una y otra vez.

En esta pequeña estación de mi infancia, no me espera nadie. Las únicas dos vías que la ocupan, brillan bajo el reflejo del penúltimo rayo de sol de la primavera. Me deslizo con ansia, aprovechando la ligereza que me dan las ruedas de mi maleta, y como suelo hacer cada vez que vuelvo al pueblo, te busco con la mirada. Tú solías acercarte sonriente, sin dejar que la máquina llegase a su fin, y poco a poco, tu sonrisa se iba agrandando, hasta dejar tus ojos convertidos en dos trazos bordeados de oscuras pestañas.

Cuando me refugio en mi rutina diaria, me queda poco tiempo para pensar en ti, madre; para pensar en nada. La meditación es algo que requiere reposo y soledad. Por eso sobrellevo con cierta holgura la sensación de desamparo que me produce tu pérdida, porque no quiero pensar en ello. Pero hoy, he vuelto a enfrentarme con el penúltimo rayo de sol de la primavera, con la certeza de que tú no me esperarás en la estación nunca más, y en este momento me gustaría decirte todas las cosas que pensé y no te dije, aunque me temo, que ya es demasiado tarde.



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