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7 min
Esencia
Drama |
14.07.15
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Sinopsis

El recuerdo de mi madre y el deseo de volver a verla y a abrazarla, a mi, una vez me salvó la vida.

El recuerdo de mi madre y el deseo de volver a verla y a abrazarla, a mi, una vez me salvó la vida.

Me dolía todo el cuerpo, noté la claridad a través de los párpados y el calor del sol en la piel. Al cabo de un minuto, con mucho esfuerzo, logré abrir los ojos. La esfera solar me cegó por unos instantes. Estaba tumbado en el suelo y poco a poco me fui levantando. Un dolor intenso recorría todos mis músculos y cada movimiento suponía una tortura. Cuando estuve levantado tuve ante mí un paisaje desolador. El sol estaba abrasando lo que parecían los restos de un edificio.

-¿como había llegado hasta ahí?- Comencé a deambular por las ruinas y el movimiento provocaba pinchazos de dolor en mis sienes, como pude me sobrepuse, y avance por los restos de lo que parecía un pasillo. Solo se escuchaba el silbar del viento que quemaba mi piel, ¿donde estaba la gente? A lo largo del pasillo había cuatro puertas, lentamente me fui acercando a la primera y al asomarme solo pude contemplar un montón de escombros. Me gire hacia la segunda puerta y un retortijón me volteo el estomago, subiendo hasta mi garganta, contuve el vomito y me forcé a seguir hasta la segunda puerta, tenía que averiguar que era ese lugar, que hacía yo allí y que me había pasado. La segunda y la tercera puerta me mostraron escombros igual de enigmáticos que la primera. Me faltaban solo unos metros para asomarme a la cuarta puerta y el mareo estaba a punto de vencerme, me arrastraba contra lo que quedaba de las paredes para mantenerme en pie. Por fin alcance el quicio y me asome. La sala no estaba del todo destruida, era cuadrada con restos de grandes ventanales, al momento me di cuenta que conocía el lugar. Mi corazón aceleró el ritmo y las náuseas y el mareo se amortiguaron. Apoyado contra el marco de la puerta mis ojos recorrieron cada rincón de la sala, cada piedra del suelo y cada grano de arena. Tenía que vencer al dolor de cabeza y concentrarme en recordar.

Mi pecho jadeaba arriba y abajo al tiempo que mi acelerado corazón, estaba exhausto. Casi había perdido la esperanza cuando llamaron mi atención los restos de una mesa, me concentré en ella. No era una mesa normal, era la mesa de un colegio. De golpe mi cabeza se llenó de imágenes de aquel lugar, yo había ido a ese colegio, estaba en la puerta de la clase, donde tan solo una semana antes, había estado haciendo un examen de matemáticas. Venían a mi mente imágenes de compañeros, no sabía sus nombres, pero ellos sabían el mío. Daniel, me llamaba Daniel.

Los recuerdos me llenaron de esperanza, si seguía escudriñando las ruinas seguro que mi memoria volvería.

Comencé a moverme por el edificio, todavía me dolía todo el cuerpo, pero ya no estaba tan cansado, tenía energías nuevas. Mi deambular me llevó a los restos del patio, varias canastas de baloncesto estaban tiradas en el suelo, di unos pasos hacia el exterior y me paralice al ver frente a mi una portería de fútbol. Aún estaba en pie, algo oxidada y con la pintura muy deteriorada, pero estaba allí, esperando que yo la viera. Trabajosamente me fui acercando a la portería, que ejercía una atracción magnética sobre mi. Me coloqué debajo, me gustaba estar allí, yo había jugado bajo esos palos.  Me quedé allí de pie, escuchando el viento con los ojos cerrados, necesitaba más, quería recordarme entero. Eolo susurraba en mis  oídos y me dejé llevar por su música y mis latidos, que acompasados aceleraron el ritmo poco a poco, hasta que de golpe frenaron justo cuando me quedé sin respiración. Fue un segundo infinito y entonces lo vi... yo me había parado cientos de penaltis en aquella portería, pero en el último me había golpeado la cabeza. Busqué con mi mano y ahí estaba, tenía una herida en la parte superior de la cabeza, una herida de la que no me había percatado hasta entonces. Ahora me explicaba el fuerte dolor. Una amplia bocanada de aire inundó mi espíritu haciendo que floreciera en él la necesidad de volver, no sabía a dónde, pero tenía que averiguarlo. Comencé a caminar hacia el exterior del colegio, caminaba despacio y a cada paso mi impaciencia crecía.  Sentía el corazón constreñido y el estomago revuelto, el sabor a bilis permanecía en mi boca.

Caminaba al ritmo del latido claustrofóbico de mi corazón. Salí del colegio y seguí calle arriba y súbitamente el aire cambio de olor, olía a pan recién hecho, a flores, a regaliz. El perfume me atraía, no sabia de donde venía, pero era lo que estaba buscando, donde tenía que llegar. En ese momento lo supe, alguien me estaba esperando, alguien al que yo necesitaba llegar y que cuando lo consiguiera su familiar aroma me envolvería, me abrazaría y me reconfortaría.

Levanté la vista buscando alguna pista que guiara mi pesada marcha. La calle estaba desierta y sus edificios medio derruidos, pero a lo lejos las casa parecían intactas, me resultaron familiares y decidí acelerar el ritmo. El ejercicio había calentado mis músculos y el dolor había amainado, mi ánimo se fortaleció y una sensación de felicidad creció en mí. Necesitaba llegar al origen del aquel olor familiar, a la seguridad que me proporcionaba. Las casas mejoraban según avanzaba y el árido calor había dejado paso a un sol primaveral que realzaba el aroma que tanto anhelaba alcanzar. Al fin llegue a una casa que estaba intacta y me sorprendí sonriendo, estaba eufórico. Repasé mentalmente mis dolores, casi habían desaparecido por completo y en dos parpadeos supe a quien estaba buscando. Aquella era mi casa y dentro me esperaba mamá. Mi madre era el aroma que me llamaba, que me abrazaría envolviendome con sus brazos protectores. Entré corriendo mientras la llamaba a gritos.¡mama, mama!

Recorrí la casa con la velocidad y la agilidad propia de mis ocho años, los dolores habían desaparecido por completo.  El corazón me latía rápido, pero ahora debido a la esperanza y  a la felicidad, cuando escuche una voz que me llamaba, aun no recordaba la cara de mama, pero sabía que era ella quien me llamaba, su voz acariciaba mis tímpanos atrayendome. Corrí al salón y al cruzar la puerta me sentí caer.

Volvía a estar tumbado, pero esta vez no había dolor. Abrí lo ojos muy despacio y miré a mi alrededor. Estaba en una cama, en una habitación pequeña de desnudas paredes verdes. A mi lado una mujer dormía en un sillón mientras me cogía una mano, se la apreté tímidamente y cuando abrió los ojos nos miramos, y entonces lo supe.

-mamá, te he encontrado- y ella rompió a llorar mientras yo la miraba satisfecho.

Ha pasado mucho tiempo, y aunque tuve ocasiones, nunca le conté a mi madre como el recuerdo de su amor ayudo a mi mente a encontrar el camino de vuelta a ella, el camino para salir del coma, y sin embargo, ella siempre supo que la esencia del amor te salva la vida.

 

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