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9 min
Espinas
Amor |
13.12.14
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Sinopsis

El primer beso es siempre especial, pero a veces es incluso mágico

Tenía yo catorce años cuando recibí mi primer y último suspenso en los estudios. Generalmente era un buen alumno y traía buenas notas, pero tenía una piedra en el zapato que me tenía a maltraer.

El problema era la “miserable” botánica. “Miserable” porque llenaba mis días estudiantiles de miseria, porque no me entraba en la cabeza a quién podría importarle si el jazmín tiene pistilos ni cuántas veces florece el rododendro. A mí no, por supuesto. Ni me importaba ni lo entendía.

Aún así navegaba por la asignatura en aguas mediocres que me permitían aprobar examen tras examen con lo justo. Pero mi falta de interés y mi incapacidad para entender el tema estaban predestinadas a chocar con un escollo más tarde o más temprano. Y ese escollo resultó ser una monografía que debía redactar  acerca de la flor que yo eligiera. Contestar preguntas de un examen era una cosa, y tener que explayarme sobre un tema de botánica era algo muy diferente. En algún lugar había oído que las flores de los cactus eran raros acontecimientos, por lo que imaginé que no habría mucho que decir sobre ellas y no necesitaría extenderme en mi monografía más de lo necesario. Lo que no había previsto era que fuese tan complicado encontrar información sobre esas flores, y más aún entender el complejo sistema de floración de los malditos cactus para luego defender mi monografía. La noche anterior a la presentación del trabajo me encontró en medio de mi desdicha, con un párrafo y medio escrito. Entonces mi madre me llamó para que bajase a cenar.

Cuando entré en el comedor me sorprendió ver que éramos uno más que de costumbre. Además de mis padres y mi hermana, dos años mayor que yo, había una niña más o menos de la edad de ella, de cabello negro, tez trigueña y unos enormes ojos negros.

- Chema, ésta es Susana – explicó mi madre mientras servía la cena- es una compañera de colegio de tu hermana, que hoy se queda a dormir en casa.

Susana me miró y como por arte de magia se esfumó la botánica de mi vida. No sólo era bella, sino que su mirada era tan cálida y penetrante que se me hizo un nudo en el estómago.

- Hola, soy Chema –dije tratando de disimular el efecto que ella me había producido.

- Hola –dijo ella, sonriendo como si hubiese leído mis pensamientos.

- Susana viene de Bolivia –siguió explicando mi madre- y hace poco que está en España. Vino en un viaje de intercambio cultural.

- Oh! –dije yo, tomando mi plato- de Bolivia. Como la Trichocereus Pasacana.

Toda mi familia me miró como si me hubiese vuelto loco de repente, pero Susana inclinó la cabeza, mirándome con gesto de sorpresa.

- Tricho… ¿qué? –preguntó mi padre

- Trichocereus Pasacana –contesté- es un cactus que florece solamente una vez por año, cuando hay luna llena. Y la flor sólo vive una noche

- Y si sólo vive una noche, ¿cómo es polinizada, so tonto? –preguntó mi hermana- de noche no hay ni abejas, ni colibríes ni nada que se le parezca.

Iba yo a decirle a mi hermana que preguntas como ésas era las que hacían mi miseria más profunda cuando tenía que estudiar botánica, cuando Susana contestó.

- Generalmente la polinizan los murciélagos.

“He aquí una mujer que no sólo es guapa, sino que también puede salvar mi destino botánico”, pensé. Antes de que pudiera decir algo, mi padre nos mandó a callar a todos y empezamos a cenar. “Ya tendré tiempo después de cenar para hablar con ella”, me dije; pero mi hermana tenía otros planes. Apenas terminamos, se llevó a Susana a su cuarto con la excusa de querer mostrarle unas revistas, y yo y mi negro futuro subimos a mi cuarto de nuevo en busca información sobre murciélagos y Trichocereus Pasacana en los varios libros que había sacado de la biblioteca.

Fue inútil. Si antes ya tenía demasiado con la Pasacana de los cojones, ahora además no podía quitarme de la mente a Susana. A esa edad no estaba yo tan obsesionado con las chicas todavía, pero esa en especial había desatado una bomba hormonal que retumbaba en mi estómago y en mis sienes. Sentí calor, abrí la ventana… y la vi sentada en nuestro jardín, sola. Ya era tarde así que bajé despacio para no despertar a nadie. Cuando salí al jardín la temperatura era agradable y me di cuenta que había luna llena. “Quizás en alguna parte haya una Pasacana floreciendo”, pensé mientras me acercaba silenciosamente al banco donde estaba sentada Susana.

- Hace muchísimos años había un rey Aymará llamado Peruko – ella supo de alguna forma que yo estaba allí, aun cuando no había hecho ningún ruido-. Peruko era, además de monarca, un hechicero muy potente. Y tenía una hija muy hermosa, llamada Surimana, que era pretendida por muchos hijos de nobles Aymarás.

Su voz llevaba un acento delicioso para mí, y tenía una cadencia y un tono que inmediatamente me sentí llevado a otro tiempo y otro lugar. Me senté a su lado, sin decir nada,

- Peruko tenía grandes planes para su hija- prosiguió- El imperio Aymará estaba creciendo desordenadamente y planeaba, mediante una boda, generar alianzas para conservar el poder. Pero un buen día llegó de visita un grupo de nobles Incas, a traer presentes y mensajes del gran Huayna Capac, su emperador.

Aparte de nosotros no parecía haber nadie despierto en la vecindad, y con cada pausa que ella hacía yo podía escuchar el ruido de las hojas de los árboles, que se agitaban suavemente con una tenue brisa.

- Entre los visitantes estaba Ozcoc, hijo de Mihi, famoso general Inca. Ozcoc era un muchacho de más o menos la misma edad que Surimana, y sólo bastó una mirada para que ambos se quedasen prendados el uno del otro. La leyenda cuenta que a la partida de la comitiva  Ozcoc se las arregló para secuestrar a Surimana, con el consentimiento de ella. Peruko, al enterarse y en su condición de hechicero, pronunció una maldición Ozcoc: el muchacho moriría la próxima vez que Surimana le diera un beso de amor.

Susana hizo una pausa y, al ver su rostro a la luz de la luna, supe que nunca conocería una mujer más hermosa que ella.

- Los jóvenes se enteraron de la maldición de Peruko, pero a pesar de todo Ozcoc no pudo controlar su amor. Una noche de luna llena y aún sabiendo la suerte que corría, Ozcoc besó a Surimana, sabiendo que era su beso de despedida. Y entonces cayó fulminado a tierra apenas ese beso hubo acabado. Surimana rompió a llorar amargamente, se arrojó sobre el cuerpo de su amado y, rogando a los dioses que permitieran que su amor continuara por siempre, sacó una daga de entre sus ropas y  se quitó la vida.

Me miró directamente a los ojos antes de proseguir.

- Los dioses escucharon sus ruegos. Convirtieron a Surimana en luz de luna y a Ozcoc en un cactus, que florecería una vez al año a la luz de su amada. Pero no podían anular la maldición de Peruko, por lo que esa especial noche, después de ser besada por los rayos lunares, la flor moriría. Y el rito se repetiría cada año, hasta el fin de los tiempos, como había pedido Surimana.

Se quedó callada, mirando al suelo. Yo sentía que era el momento más bello de mi vida, y no quería que acabase.

- Es una historia muy hermosa –dije-. Tú eres muy hermosa

Sonrió y no dijo nada. Me acerqué a ella sabiendo que finalmente suspendería el bendito trabajo de botánica, pero sin importarme en absoluto. La besé, mi primer beso de amor, y ese fue el momento en que abandoné para siempre mi niñez.

Al día siguiente ya no pude verla. Ella y mi hermana se habían ido de excursión y a la vuelta Susana debía quedarse en la casa de otra chica. Nunca más la vi, ni supe de ella. Pero todavía recuerdo las últimas palabras que nos dijimos cuando nos separamos esa noche, mucho más tarde.

- Te volverás a tu país y ya no te veré mas –le dije- te voy a echar mucho de menos.

- Y yo –contestó ella- pero tu siempre tendrás la luz de la luna llena, y yo siempre tendré mi flor de cactus.

He leído miles de veces escritores de medio pelo describir la sensación de un beso de amor como “sentir un cosquilleo en el estómago, sin causa aparente”. Qué sabrán ellos! El cosquilleo se siente, es verdad. Pero no es sin causa aparente. Aquella noche, mientras besaba a Susana a la luz de la luna, el cosquilleo me recorrió todo el cuerpo, pero yo sabía entonces, tan bien como lo sé hoy, la causa: me estaban saliendo espinas.

Y cómo las echo de menos.

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