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12 min
Espíritus Elementales
Amor |
11.09.15
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Sinopsis

Antes de cumplir los dieciocho, Diana decide escribir lo que ocurrió años atrás en un lugar extraño, al que llaman La Isla. Donde conoció a su nueva familia, a la vez de aprender habilidades que cualquier chico desearía, o no...

Capítulo 1.

“No te preocupes Diana, estarás fuera unos días. Pronto volverás a casa. Te queremos, no lo olvides” Las últimas palabras que escuche de mis padres. Cada sílaba rezumbaba al compás de la rompiente de las olas sobre el barco que, en ese instante lo no lo sabía pero que,  conducía a uno de los infiernos de este mundo.

Me hallaba sentada en el húmedo y frío suelo de una especie de bodega. Para mí eso era un zulo. Por las tuberías del techo podía escuchar como las ratas paseaban por su hogar. La sala era muy oscura, apenas podía ver lo que había a unos metros de mí. Escuché el chasquido de algún metal al caerse, eso me hizo estremecer. Notaba como mi corazón intentaba escapar de esa situación, un escalofrío me impedía alzar la voz, me impedía suplicar volver con mis padres. Empecé a ver sombras y espectros acercarse a mí. Agaché mi cabeza sobre mis rodillas, deseando que todo fuera una pesadilla.

-Levanta.

Una voz grave y seca rompió el silencio. Tenía demasiado miedo como para alzar la vista o para contestar, y empecé a sollozar.

-¡Que te levantes ya, niña!

Sentí que esa oscura sombra me agarraba del brazo con mucha fuerza. Me arrastró hasta el final de la bodega, hacía unas escaleras. Caí en el segundo escalón y gritó que los subiera. Le obedecí con la cabeza agachada, evitando tener contacto visual con aquel individuo. Llegando al final de las interminables escaleras noté los rayos del sol del mediodía. No podía ver nada y tuve que taparme los ojos con la mano, había pasado un día ahí metida, o eso creo, sin comida ni agua.  El olor a salitre y los bandazos que había en la cubierta provocaron que mi cuerpo se desplomara sobre los pies del hombre vestido de negro que me sacó de aquel zulo. Y perdí el conocimiento.

Al abrir los ojos lo veía todo borroso, y poco a poco volví a sentir mis extremidades. Al intentar incorporarme sentí una gran punzada de dolor en mi costado, me rendí y seguí postrada en la cama. Pestañeé varias veces antes de ver perfectamente. Me encontraba en un camarote de lujo. Primero me fijé en la gran lámpara de oro en el centro de la habitación, el techo estaba delicadamente pintado jugando con tonos anaranjados, rosas y amarillo vainilla, simulando en amanecer. Las paredes pintadas de tono crema, con dos grandes espejos a mi lado y unos pequeños retratos pintados de niños jugando con su niñera del siglo XVIII. Estaba tumbada en una cama bastante amplia, sobre una manta de terciopelo muy suave, como si flotara en una nube, estaba en el cielo.

El pequeño paraíso fue interrumpido por una mujer joven, que entró sin llamar con una gran sonrisa. Vestía con ropa muy llamativa, su pelo rubio contrarrestaba mucho con su corsé rojo chillón y unos pantalones azules que cubrían unas interminables piernas. A medida que se acercaba a mí su expresión cambió poco a poco, hasta llegar a reflejar pena, e incluso, asco. Era una mujer muy bella y atractiva, aunque su rostro estaba tapado con un gran polvo blanco, que imitaba la porcelana. Parecía una muñeca, pálida y frágil.

Después de haberme estudiado unos minutos abrió una carpeta con un símbolo desconocido para mí en el centro, de esta sacó una lista.

-Dime tu nombre.- Desvíe la mirada de la carpeta a sus ojos, tenían un aire de impaciencia.

-Diana Jaén.- Conseguí decir con una voz ronca, debido a mi garganta seca, no tenía ni saliva ni fuerzas para hablar. Notaba un fuerte ardor en mi pecho y en mi boca. Necesitaba beber agua.

La mujer ignoro mis gestos de súplica y prosiguió mirando la lista. Cuando dio con mi nombre volvió a sonreír.

-Bien Diana, ahora vendrá un camarero con comida.-Me giñó un ojo con una sonrisita juguetona. Intenté decirle gracias pero se fue trotando tan rápido como vino.

Unos minutos después llegó el camarero, con dos largas rastas hasta la cintura, llevaba un carrito con dos bandejas. Destapó una con un movimiento rápido y ágil, que contenía una gran sopa y un filete muy hecho de ternera. En la otra había dos jarras, una con agua fresca y otra con un líquido naranja, me imaginé que sería zumo de naranja. Al oler la comida me incorporé como pude, con ayuda del camarero. Antes de probar bocado el joven  salió por la puerta de madera maciza. Comencé por vaciar la jarra de agua, y después tomé la sopa caliente. Al fracasar en mi intento de acabar la bandeja de carne, percaté en el traje blanco colgado en una percha sostenida en la puerta del cuarto de baño. Me acerqué despacio, observando detenidamente en el tono marfil del vestido, las pequeñas ondas creadas por la brisa que entraban por la ventana circular. Con algo de miedo me asomé al gran espejo que invadía parte de la pared. Tenía un aspecto sombrío, decaído, horrible. Mi pelo anaranjado formaba una gran maraña sobre mis hombros. Mis ojos cansados de no dormir, de llorar… El jersey azul del uniforme de mi escuela, que siempre llevaba sobre mis anchas caderas había desaparecido. Los leotardos, al igual que el polito blanco reglamentario, se hallaban cubiertos de rasguños.

Volví a sentir mil choques en el pecho, el mismo cuando me arrebataron de la pequeña ciudad donde me crie, de mis amigos, mis padres…

Me lavé lo mejor y más rápido posible. Teniendo mucho cuidado por las partes de los cortes, que, aun así, escocían. Usé un champú de tono morado con olor a lavanda, recordando los perfumes de mi madre. La toalla era suave, imitando la manta de la cama. En el lavabo hallé un precioso cepillo blanco con los bordes bañados en oro formando delicados dibujos de flores. Dejé mi cabello libre detrás de mis orejas y volví mi vista al vestido. Me puse de puntillas para llegar a la percha, seguía esperando el momento en el que tendré la altura media. Dejé caer la delicada tela sobre mis manos, me preocupaba no entrar en él, que fuera demasiado pequeño. Olvidé esos pensamientos y metí los brazos, después la cabeza.

El vestido se deslizó suavemente sobre mi cuerpo, dejando sus delicadas ondas por encima de mi rodilla. Giré mi cuerpo hacía el espejo. Estaba increíble, las tirantas dejaban al descubierto mis pálidos y pecosos hombros. El escote disimulaba muy bien mi niñez, bordado por un fino hilo dorado cubriendo el borde. Se ceñía suavemente sobre mi torso, hasta la cintura, donde se formó un corte marcado por un pequeño lazo dorado. A partir de ahí se libera las ondas, que terminaban en el mismo bordado dorado.

Cortaron mi embobamiento al llamar a la puerta. El nudo en el estómago se hacía más grande por cada paso que daba hacia la puerta. Pregunté quién era, y me respondió una voz aguda y chillona. “Abre, preciosa” decía. Temiendo al hombre de negro abrí la puerta con una temblorosa mano.

La mujer entró sin apenas mirarme, y de ella le siguieron tres personas más. Inspeccionaron primero la habitación. Se paró en seco al verme. Con un movimiento de mano, la mujer me señaló de pies a cabeza.

Enarcó una ceja diciendo si yo era la última elegida. Mi mirada de confusión la sorprendió.

-¡Oh! Cariño, ¿no te han explicado nada?

Negué con un simple movimiento de cabeza. Ella frunció sus carnosos labios pintados de rosa.

-Bueno amor, debemos prepararte que en una hora llegamos, y aún tienes que presentarte.- Dio dos palmadas al aire y las otras personas se pusieron en marcha.

Uno de ellos, con unas pintadas rojas y naranjas en su cabeza, abrió un gran maletín lleno de pinturas de todos los colores. Otro hombre con el pelo amarillo empezó a sacar peines, lacas, y muchos utensilios para el cabello. Y el  tercero me tiraba del brazo hacia el baño, donde ella estaba preparando de nuevo un baño.

-Pequeña, el vestido es lo último.- Me respondió el pequeño hombre cuando me negué a quitármelo.

Cedí a regañadientes y me metí de nuevo en la bañera llena de agua y espumas de colores. La mujer ordenó que cerrara la puerta al salir él.

-¿Cómo te llamas?- Me atreví a preguntar mientras ella llenaba su mano de un potingue negro.

-Elisa.

-Qué bonito…-Respondí en  un susurro.

-Oh cariño, el tuyo también es precioso.- Postró sus ojos violetas en los míos.- Ahora cierra los ojos y relájate.

Comenzó a masajearme la cabeza con esa gelatina negra con olor a rosas. A veces abría los ojos y la miraba de reojo. Elisa era una mujer alta y muy delgada. Su pelo, o peluca, violeta a juego con sus ojos, llegaba hasta la cintura. Estaba muy maquillada, de colores muy vivos. La ropa estaba a juego con sus compañeros, unos pantalones negros brillantes y una blusa roja y amarilla.

Sus largas uñas a veces se clavaban en mí, provocando muecas de dolor.

-Vamos Diana, no seas más quejica.

-¿Cómo sabes mi nombre?

-Oh pequeña, todos sabemos tu nombre. Eres una excepción ¿sabes? Has causado un gran alboroto en la Isla.

Giré mi cabeza para mostrarle mi confusión.

-¡Ay! No me mires así. No quiero desvelarte nada.

Al salir me abrazó con la toalla para secarme mejor. Vio las heridas de mi brazo.

-¿Pero qué es esto?

-Me las hice cuando estaba… en esa bodega. – Sus ojos se abrieron como platos.

-¡¿Te han metido ahí?! – Salió del cuarto de baño gritándole a sus compañeros. Y se fue dejando un portazo detrás de ella.

El hombre pequeño se acercó a mí dándome una bata amarilla, que era demasiado grande para mí. Me senté en una silla, en el centro de  la habitación. Y, como decía el hombre de las pintadas rojas, comenzaron a hacer magia.

Elisa tardó media hora en aparecer por el camarote. Entró con un aire de sorpresa y satisfacción en su rostro.

-Chicos, sois geniales.- Decía mientras abrazaba al hombre del cabello amarillo. Se giró hacía mi.- Diana querida, estas preciosa.- Una pequeña lagrima cayó de sus ojos. – Ojalá este año sea el bueno y la tengamos delante.- Suspiró.

Me levantaron y Elisa se ocupó de ponerme de nuevo ese maravilloso vestido. Ajustó el lazo dorado con una gran moña en mi espalda.

Me observaban emocionados y sus ojos se volvieron vidriosos. “Estás preciosa” decían al unísono. El hombre pequeño me tomó la mano llevándome hasta el espejo.

Me sorprendí al verme. Tarde un rato en reconocerme. Mi pelo anaranjado, que siempre estaba recogido en una coleta, ahora era libre pasando por mis hombros. Mi tono de piel estaba bronceada hasta el punto de que no pudiera ver mis pecas. La sombra de mis verdosos ojos eran dorados, al igual que mis labios. Maquillaron también mis brazos, tapando cualquier rastro de herida. Elisa colocó al lado mía unas bailarinas doradas.

Antes de salir del camarote, los chicos dieron los últimos retoques a mi pelo lacio. Elisa no paraba de meter prisa, repitiendo que ya no daba tiempo de presentaciones, que ya estábamos en la costa.

Al salir a cubierta los rayos de la mañana me dañaban la vista. Una oleada de aire cálido azotaba mi cuerpo entero. Tuve que agarrar la falda del vestido. Volví a abrir los ojos, viendo primero el suelo, subiendo la cabeza lentamente hasta ver a Elisa emocionada y muy nerviosa.

-Has llegado en un momento maravilloso, y no tan fantástico, ya que te quitara protagonismo. Pero bueno a lo mejor tienes suerte y estas para verlo. – Su sonrisa aumentó con cada palabra. – Vamos, vamos, desde este lado lo veras mejor.

Miles de preguntas inundaban mi mente. Pero me mantuve callada.

Seguía a Elisa por toda la cubierta. Al llegar a estribor, Elisa me paro en seco. Su cara estaba a centímetros de la mía. Con los ojos como platos me dijo que era uno de los grandes momentos de mi vida, sería la primera vez que la veía, que respirara hondo y absorbiera cada segundo. Con el corazón en un puño aparte la mirada de Elisa, y me giré para verla.

Y allí estaba, en medio del agua cristalina, un gran islote, cubierto de vegetación, y a la vez de grandes edificaciones, que sobresaltaban grandes árboles. Podía apreciar un volcán en el centro de aquella isla. De repente comenzaron una lluvia de fuegos artificiales, a plena luz del día los podía ver perfectamente. Lanzaron pequeños de muchos colores brillantes, y cuatro bastantes grandes. Uno formaba las alas de un gran ave, otro formaba un árbol enorme, el tercero era una ola, y el ultimo un ave fénix ardiendo. Estaba maravillada con esta bienvenida. Pero mi intriga aumentó y no pude soportar.

-¿Qué es eso?-Pregunté sin apartar la mirada.

-Eso, cariño, es tu nuevo hogar.-Respondió Elisa en un tono dulce y tranquilo.-Es la Isla. 

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  • Quede con ganas de mas, tu escrito lo encontré muy interesante. felicidades
  • Antes de cumplir los dieciocho, Diana decide escribir lo que ocurrió años atrás en un lugar extraño, al que llaman La Isla. Donde conoció a su nueva familia, a la vez de aprender habilidades que cualquier chico desearía, o no...

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