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10 min
Espíritus Elementales
Amor |
12.09.15
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Sinopsis

Antes de cumplir los dieciocho, Diana decide escribir lo que ocurrió años atrás en un lugar extraño, al que llaman La Isla. Donde conoció a su nueva familia, a la vez de aprender habilidades que cualquier chico desearía, o no...

Cap. 2

Acabábamos de atracar en el puerto de La Isla. Elisa me dio una capa negra para cubrirme con ella, nadie debía saber que yo acababa de llegar.

-Elisa, ¿los fuegos no formaban parte de mi bienvenida?

-¡Cariño! ¡No! Nadie sabe que tu estas aquí.-Comenzó a reírse de forma extravagante. – Los fuegos es porque estamos a las vísperas de dos actos muy importantes en la Isla. El cual uno de ellos comienza mañana, y tú, querida, formas parte de él.

Bajé con mucho cuidado los escalones, pisando por primera vez la cálida tierra de la Isla. Enfrente había un coche aparcado esperándonos. Me senté en el sillón del medio, al lado de Elisa. Pasé todo el viaje mirando mis pies, aún tenía la capa negra, ocultando mi rostro al chofer.

Durante un tramo del camino escuché mucho bullicio. La música retumbaba por todo el coche. Me atreví a levantar la cabeza y vi a la gente bailar, estaban de fiesta. Elisa comenzó a animarse.

-Diana, anímate. Algo así no sucede todos los días.

-¿Qué es lo que no sucede todos los días?

Elisa se llevó las manos a la boca, impidiendo que sus palabras salieran.

-No seas impaciente, en cuanto lleguemos te lo explicaran todo.-Guiñó un ojo.

Volví a mirar al suelo. El camino se hizo eterno, explicándome por qué mis padres accederían a llevarme a un sitio así, por qué estaban de celebración, y por qué yo participaba en ellas.

No noté el frenazo del coche. Elisa me despertó cuando habíamos llegado. Me advirtió de que agachara la cabeza, para evitar las miradas de cotillas. La obedecí. Lo único que podía ver era el suelo asfaltado, hasta llegar a unas escaleras. Levanté la mirada, nos encontrábamos en la puerta de atrás de un gran edificio. Elisa se colocó delante y me hizo señales con la mano para que la siguiera.

Al subir, pasamos por un largo pasillo, hasta entrar en una sala de espera, llena de sofás azules.

-Espérame aquí, tengo que aclarar unos asuntos.-Me dio un beso en la mejilla y se fue dando saltitos.

Me quité la capa y la deje en el asiento de al lado de un sofá. Me senté apoyando la cabeza en las rodillas. Estaba mareada y frustrada. Quería saber la verdad, y lo único que podía hacer en esos momentos era esperar, esperar…

Al abrirse la puerta me levante de un brinco. Era Elisa con una sonrisa de oreja a oreja.

-Ven conmigo Diana, te están esperando. – Me acerque a ella con la capucha en la mano.- Ah eso no te hará falta.- Cogió la capa negra y salió de la habitación, y yo detrás de ella.

Continuamos por el largo pasillo, subimos varias escaleras hasta llegar a un gran salón. Allí había una persona de pie esperándonos.

-Buenos días.-Saludó cordialmente mientras se acercaba a nosotras.-Tu debes de ser Diana, ¿cierto?

Mantuve la boca cerrada hasta que Elisa me dio un codazo.

-Si.

El hombre sonrió y aparto la mirada hacia Elisa.

-Diana, él te lo explicara todo. Nos vemos en el almuerzo, ¿vale querida?- Asentí y se fue por donde habíamos venido.

El hombre alargó la mano ofreciéndome un asiento. Aparté una de las sillas de la gran mesa del salón. Él se sentó en la silla del frente. Un angustioso silencio inundó la sala.

-¿Qué es lo que sabes?-Comenzó él, estudiando mi mirada.- Diana no tengas miedo, si quieres saber el porqué de todo tendrás que colaborar.-Parecía leer mi mente.

Agache la mirada un momento, dejando mis miedos atrás, comencé a hablar.

-No sé nada, señor.-Mis buenos modales, aprendidos en el colegio de monjas afloraron.

-No me llames señor, no tengo tantos años para eso.-Dijo después de una carcajada. Eso ayudó a relajarme, y salió una pequeña sonrisa de mis labios.

Era cierto, no tenía más de treinta y cinco años. Era un hombre joven.

-Me llamo Marcus. Y soy el encargado de la ofrenda este año.

-¿Ofrenda? Eso suena a sacrificio.- Todos mis temores se asomaron por mi rostro. Marcus volvió a reír.

-No te preocupes, eso algo más complejo que un sacrificio.- Su tono se volvió más serio.-Estamos buscando algo muy importante. Llevamos mucho tiempo, y solo nos queda la última pieza. Que puedes ser tú.

Volvía a tener un lio en la cabeza, cada vez mayor.

-No entiendo. – Una sonrisa se asomó de sus comisuras.

-Tu eres la última en llegar. Debido a un pequeño desliz, pero aun así no deberías estar aquí. Pero han insistido mucho en que tú. Especialmente tú estés aquí con nosotros.

Pensé en mis padres. Ellos siempre pensaron en que yo sería algo más. Pero nunca imaginé que accederían a llevarme a un sitio como este.

-¿Por qué yo?

-Caprichos del jefe. Pronto lo sabremos.- Volví a mostrar una mueca de desconcierto.- Exacto, yo no lo sé. Si por mí fuera, tú seguirías en ese pueblucho con tus queridos papas.

Volvimos a estar en silencio unos minutos.

-Elisa ha insistido en que te apartemos del resto, pero yo creo que no.- Estudiaba cada reacción mía. – Yo pienso que deberías conocer al grupo. Pero no tengas prisas, cuando sepan de tu existencia te odiaran.

-¿Por qué iban a odiarme, si no me conocen?

Marcus se volvió impaciente y agresivo. Se levantó con un golpe en la mesa, que acabo con mi pose relajada.

-Mira niña, basta ya. Acepta que estas aquí y punto. Mantén los ojos muy abiertos y podrás responder tu sola a tus preguntas inmaduras. – Se rascó la barba de dos días y se alejó hacia la puerta. – Sígueme, creo que Elisa te está esperando para comer.

Le seguí de nuevo por un gran pasillo en busca de Elisa. Caminaba detrás de él, manteniendo las distancias. Marcus estuvo a punto de ganarse mi confianza, su sonrisa y amabilidad le ayudaron. Hasta que perdió los nervios.

A unos metros estaba Elisa esperándonos.

-Diana, querida, debes tener hambre, ¿cierto?-Asentí con la cabeza agachada. Me tomó la mano y nos despedimos de Marcus.

Comí en silencio, mientras Elisa parloteaba con sus otros ayudantes. La comida era la misma del barco. Deje la mitad de la comida en el plato. La conversación con Marcus me dejó sin hambre.

Miraba nerviosa a los comensales. Mi interior gritaba qué era la ofrenda. En un momento abrí la boca para preguntar, pero me trague las palabras a tiempo. Tenía miedo de su reacción ante mis preguntas.

Al terminar el almuerzo, después de una mousse de chocolate, unos sirvientes recogieron rápidamente la mesa. Y, por primera vez en toda la tarde Elisa me dedicó unos minutos.

-¿Cómo fue la charla con Marcus? Es muy atractivo, ¿eh?- Sus ayudantes comenzaron a reír con ella. Se pasaron un buen rato hablando del atractivo de Marcus.

Pasé ese rato mirando mis manos temblorosas. Tenía miedo, mucho miedo. Mi estómago me daba vueltas, al igual que la cabeza. Sentía unas manos en mi cuello que me impedían respirar, pero no había nadie. Solo escuchaba las voces de mis acompañantes. Necesitaba salir de ahí.

Me levanté de un salto y me dirigí corriendo hacia la puerta. Giré a la derecha por el pasillo. Mi carrera no duró mucho. A los pocos metros me choqué con un hombre, más o menos de la edad de mi padre. Del impacto caí las suelo. El frio suelo me calmó un poco, aunque los mareos no cesaron. Sentía punzadas en la mano y en la rodilla donde había caído. Poco a poco notaba las manos calientes del hombre. “Por favor, Marcus no”, me decía a mí misma. Giré la cabeza para verle.

No era Marcus, un suspiro salió de mis labios. El hombre me estudió a través de sus gafas redondas y gruesas. Se paró al ver mi rodilla. Se agachó para ver la rozadura.

-Agua con alcohol, por alguna infección.- Me dedicó una leve sonrisa y siguió por su camino.

Me apoyé en la pared hasta que unos pasos me sobresaltaron.

-¡Diana!

-¿Qué pasa?

-¡No puedes salir así!- Elisa estaba muy cabreada.- ¡Favorita y maleducada!- Comenzó a gritar dando vueltas con las manos en alto.- ¡No sé qué hacer contigo si eres la elegida! ¡Como pases la prueba tendremos que hacer muchas cosas!

-¿Qué prueba? ¿Hablas de la ofrenda?

Elisa se llevó una mano a la boca, mientras la otra hacia señales de negación en el aire. La seguí preguntando por la prueba, sin respuesta alguna.

Por el pasillo, podíamos ver venir a un chico. Sus ondas rubias rozaban sus orejas. Al cruzarse con nosotras, los ojos azules se posaron sobre Elisa.

-Hola Eli, ¿qué tal todo?

Elisa con un aire divino se acercó a él para darle dos besos.

-Exhausta, por la ofrenda de mañana.

- Ojalá este año estemos al completo.- Una maravillosa sonrisa no desaparecía de su rostro. Estuve embobada mirándole. Hasta que él se percató de mi presencia.

-¿Y tú quién eres?-Antes de decir palabra, Elisa se adelantó.

-Nilo, ella es Diana.

Con un gesto muy educado me pidió mi mano. Se la di, y me la besó suavemente. Notaba un calor en mis mejillas. Los dos al notar mi rubor se rieron.

-El grupo te está esperando.-Se volvió a Elisa, después a mi.-Bueno, a vosotras dos.

Los ojos de Elisa se abrieron como platos.

-¡El grupo me está esperando! ¡Pobrecitos mis pequeños!-Se giró y empezó a correr.- ¡Diana rauda!

Volví a mirar a Nilo, nuestras manos seguían unidas.

-Encantado de conocerte Diana, espero volver a verte.-Me giré y seguí los pasos de Elisa.- ¡Mucha suerte mañana!- La voz de Nilo se perdía por el largo pasillo.

Al alcanzar a Elisa me apresure a preguntarle por Nilo. Ella me contó que fue el que pasó la prueba, el elegido en su rango. También me contó que a sus dieciséis años ya tenía locas a todas las chicas de La Isla. Pero que solo una era correspondida. Su amor de toda la vida. Maggie.

Al hablar de Maggie mi ilusión por un futuro juntos se rompió.

-Aún no has conocido a Hugo. Puf si yo tuviera diez años menos.- Fingió derretirse por ese chico.

Con doce años recién cumplidos, aún no había tenido tiempo de pensar en los chicos. Unas hormigas recorrían mi estómago deseando conocer a Nilo. Era la segunda persona que me trataba bien en mi nuevo hogar, por ahora.

Continuamos a paso rápido, subimos unas cuantas escaleras, hasta llegar a una terraza. Allí estaban ellos. Un grupo de chicos y chicas que podían ser unos años mayores que yo. Algunos mostraban tristeza y miedo, al igual que yo. Aunque, en algunos rostros veía furia y rencor.

Marcaba cada respiración que daba. Bajé la mirada al suelo, mis nervios recorrían cada molécula de mi ser.

-Chicos y chicas, ella es Diana. 

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