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11 min
Espíritus Elementales
Amor |
22.09.15
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Sinopsis

Antes de cumplir los dieciocho, Diana decide escribir lo que ocurrió años atrás en un lugar extraño, al que llaman La Isla. Donde conoció a su nueva familia, a la vez de aprender habilidades que cualquier chico desearía, o no...

Cap. 5

Escuchaba una voz desconocida, de una mujer. Era calculadora y fría. Portadora de noticas que no contentaban a Elisa. No sabía de qué hablaban, así que volví recostarme en la almohada.

Abrí los ojos. Todo estaba oscuro. Levanté la cabeza pero una punzada de dolor me lo impedía. Con una mano palpé la zona donde procedía el dolor. En ella tenía una gasa. Poco a poco recordé lo sucedido horas antes. Y comencé a sollozar.

Al rato me levanté de la cama como pude. Vi mi vestido en una silla, llevaba puesto una camiseta blanca que me llegaba a las rodillas. Sentía la boca pastosa, me dirigí al baño y bebí un poco de agua, lo que mi garganta permitió.

Me dirigí al pasillo, en busca de alguien. El reloj marcaba las cinco de la mañana. No había nadie. Aturdida, evité pasar por la habitación de mi agresor. Y cuando no podía más me senté apoyada en la pared. Cerré los ojos.

Una mano me tocó el hombro, de un brinco me levanté. No escuché sus pasos, y lo peor aún, no podía verle el rostro. Con una voz suave me dijo que me calmara. Se inclinó para verme la rodilla.

-¿Te duele?

-No…

Se inclinó hacia mí, y reconocí sus redondas gafas. Tendiéndome la mano me invito a tomar chocolate caliente en su despacho. Acepté.

Permanecimos en silencio un rato. Su despacho era amplio y cálido. Removí varias veces la taza hasta que le di el primer sorbo. El chocolate pasó sin hacer daño alguno a mi garganta. Poco a poco entre en calor.

-Siento mucho lo ocurrido antes.-Decía mientras se sentaba en su silla.-Aunque no lo creas suele ocurrir los días previos a la ofrenda.

Mi muestra de desconcierto lo animó a seguir hablando.

-Tu madre no te habló de mí, ¿cierto?-Negué con la cabeza.-Lastima. -Dio una pausa mientras de limpiaba las gafas.-Pero bueno, ya me conoces.- Una leve sonrisa salió de sus finos labios.

Se pasó la mano por su cabello canoso. Y me miró fijamente durante unos minutos. Mientras, saboreaba lo que quedaba en mi taza.

-Me recuerdas mucho a ella, a tu madre.-Su sonrisa se esfumó.-Ese cabello rojo…Por cierto, ¿sigue tocando el piano?

-¿Mi madre sabe tocar el piano?

-Le enseñé yo.-Me señaló un precioso piano detrás de mí.-Con ese mismo.

Recordé las veces que mi madre evitaba conversar sobre su vida. Me crio una extraña.

-Disculpe… ¿Cómo conoció a mi madre?

Volvió a ajustarse las gafas antes de contestar.

-Es una historia algo larga y complicada Diana. Estás agotada, algún día te la contaré. Te lo prometo.

-¿Y tú quién eres?

-Soy Basilio. Y prácticamente el que manda aquí.

Un aire de furia me vino a la cabeza.

-¡Y vas a matarme!

Con una risotada Basilio me calló.

-¿Crees que estarías aquí si no estuviera convencido de que eres el último elemento?

-¿El qué?

Volvió a acomodarse en su silla, entrecruzó los dedos y apoyó su mejilla en ellos.

-Te explicaré lo más breve para que lo entiendas. La ofrenda es para descubrir que persona posee la capacidad de hacer ciertas cosas. Dependiendo de la persona y del suero, claro. Y tú pequeña, eres una de ellos. Pongo las manos en el fuego y no me las quemo. Aunque eso dependerá de ti.-Terminó con una risa.

Escalofríos recorrían cada vertebra de mi espalda. Notaba la sangre bombear por la cabeza. Su imagen se volvía cada vez más borrosa. Me sentí flotando en el aire de aquel despacho.

Basilio se inclinó hacia mí.

-¿Sabes por qué estás aquí?

Deje la taza en la mesa y le conteste que no.

-Porque el que ocupaba tu lugar se puso una pistola en la boca.  

 

Volví a despertarme, pero esta vez en una habitación blanca sin ventanas, solo un gran espejo enfrente de la camilla. No había nadie a mí alrededor. Intenté incorporarme pero unas cintas me lo impedían. Al cabo de unos minutos empecé a sentir las ataduras en mis muñecas, tobillos, rodillas y tronco. Tenía dos goteros, uno en cada brazo. Hablé, grité. Sin respuesta alguna. Frustrada cerré los ojos e intenté relajarme.

Un ardor en mi brazo derecho me hizo despertar con un grito ahogado. Esta vez solo tenía el gotero de mi derecha. Podía ver como lentamente el líquido gris entraba en mi cuerpo. El ardor aumentaba hasta ser un dolor constante. Mis brazos y piernas intentaban liberarse. Y yo no podía hacer nada, solo gritar.

Sentía un fluido espeso en mi cabeza, mi vista se volvió gris. Me estaba quedando ciega. Daba cabezazos contra el borde de la camilla. Haría cualquier cosa para que cesara el dolor. Eran agresivas punzadas por cada fibra de mi cuerpo.  Una mano hacía presión sobre mi frente para evitar los golpes. Suplicaba, lloraba, gritaba. No podía hacer otra cosa.

Al cabo de una hora dejé de convulsionar. Deje de pensar en el dolor. Me veía a mí misma con mis padres, en el Museo de las Ciencias de Granada. Un regalo de cumpleaños. Veía las exposiciones de los dinosaurios. Veía a mis padres explicándome como hacer un trasplante de riñón en la zona del cuerpo humano. La imagen cambió. Me encontraba con mis amigos huyendo de la regla de Sor Ángela cuando nos comíamos las hostias de la misa. Abriendo los regalos de reyes en casa de mi abuela. Y todo se volvió oscuro. Una rata, un hombre de negro con gafas gruesas, una Isla, y sangre. Un último cabezazo.

Una luz me molestaba los ojos. Al abrirlos, los rayos del sol dañaban mi visión. Todo estaba tranquilo. No había dolor. Entonces sentí caricias en mi mano. Elisa.

-Diana, cariño.

Su dulce voz me hizo sonreír.

-Estaba muy asustada por ti. Has pasado dos días dormida.- Se incorporó y me ahueco la almohada. Su pelo morado me hizo cosquillas en la nariz.- ¿Cómo te encuentras?

-Bien.

-Normal. Llevas todo este tiempo sedada.-Me acarició las mejillas.-Lo siento… Debemos prepararte para la ofrenda. No he podido aplazarlo más. ¡Pero has pasado la primera prueba!

-¿Qué prueba?

-¿Qué te crees pequeña? ¿Qué las habilidades que buscamos las tienes ya? No, no, no. Eso hay que despertarlo y para eso está el…-Chasqueó los dedos.- No recuerdo el nombre, pero es como una vacuna.

El líquido gris. Me lleve la mano a la cabeza. Estaba llena de vendas, como pude imaginar. En la muñeca vi una pulsera grabada en la piel morada. Pasé mis dedos por ella, pero empezaba a dar punzadas. En la otra muñeca también la tenía.

-El normal poner resistencia, es muy doloroso. O eso dicen.-Me cogió la mano.-No te preocupes, los moratones se irán en unas semanas.

-¿Cómo están los demás?

Pensé en Marta. Seguro de que ella hubiera soportado mejor la vacuna.

-Bueno…-La mirada de Elisa se nubló.-No todos superan esta prueba. Un año nadie la superó. Que decepción pasó Basilio. Ahora quedáis seis.

-¡Marta! ¿Está bien?

-Si si. Ella la superó…

-Y…

-Él también.

Me leyó la mente. Sabía de quién me preocupé. Alguien a quien no deseaba ver más. Al.

 

Después del almuerzo en el hospital. Elisa me visitó con Carl. Entre los dos traían un traje en una percha tapada con un forro negro. Tres maletines de mi tamaño y una mochila.

-Diana, tenemos mucha prisa. Ven conmigo.-Elisa sacó una silla de ruedas del minúsculo cuarto de baño de la habitación.- Las enfermeras nos dejan su fabuloso baño para que te duches. ¡Corre!

Carl me cogió en brazos y me colocó con dulzura en la silla. Elisa, por el contrario, al salir estuvo a punto de tirarme por las escaleras. “¡Más moratones no!” Decía cada vez que pasábamos por una puerta.

El baño de las enfermeras no tenía nada de fabuloso. Era gris y sin ventanas. Pero al menos tenía una bañera. Así consolaba a Elisa cuando refunfuñaba por la falta de color en los hospitales.

Con la ayuda de una enfermera me lavaron la cabeza sin causar más daño a la herida, que fue más grave después de los cabezazos en la prueba. La enfermera le explico a Elisa que era urgente operarme, pero Marcus se opuso. “¿Para que gastar tiempo y dinero para una niña que va a morir?” “Y si sobrevive ya habrá alguna solución” Fueron las palabras de Marcus.

Al secarme no evité ver las marcas en mi barriga y piernas. Estuve a punto de desmayarme. Si no fuera por la enfermera. Me tumbó con los pies en alto en el helado suelo hasta que se me pasó.

Limpia y con un albornoz nuevo Elisa me llevó de vuelta a la habitación. Carl lo tenía todo preparado para prepararme lo antes posible.

-Tenemos una hora y media para que estés con tus compañeros. ¡Rápido!

Elisa se encargó del pelo, y Carl de taparme los moratones. Una bandada de enfermeras acechaban en la puerta. Hacían apuestas sobre quien iba a ganar. La mayoría decía que tenía que ser chica. Los médicos estaban en contra, que iba a ser un chico. Unos decían que este año no estaba entre nosotros el elegido. Pero nadie apostaba por mí. Excepto una joven enfermera.

-Ella es la única inteligente aquí.-Me susurró Elisa.

-No la ilusiones-Replicaba Carl.

Pero ya era tarde. Una parte de mí sabía que iba a ganar. Que no iba a morir. Que volvería a ver a mis padres. Todo mi alrededor estaba alterado, por la ofrenda, por el poco tiempo que tenía para estar presentable. Mi mente se encerró en una burbuja. Mis sentimientos estaban difusos. No sabía de donde procedía, ni que sería de mí al día siguiente.

El dolor se concentró en mi cabeza. Rápidamente apareció una mujer con una jeringuilla. Una mueca salió cuando apretó la aguja sobre mi brazo.

Cuando ya estaba lista me pusieron el vestido, con toda la delicadeza que podían. Era muy cómodo. De color vainilla. Muy parecido al que llevaba cuando llegue a la Isla.

Elisa y Carl empezaron a cuchichear. Los moratones seguían ahí. Carl sacó de su mochila unas pulseras de flores, como las hawaianas. Después comenzó una pelea con los médicos, para quitarme las vendas de la cabeza. Pero no cedieron. Elisa se quitó su pañuelo del cuello. Lo extendió en el aire, lo dobló dos veces y lo colocó en mi cabeza. Todos lo aprobaron. Me miré en el espejo. Parecía una pirata.

-Cariño los pañuelos son tendencia ahora.

Carl y Elisa chocaron sus palmas por el buen trabajo. Y en tiempo record. Solo teníamos tiempo de ir a la plaza principal.

Salimos de la habitación corriendo. Carl se quedó a guardar las cosas. Médicos y pacientes salieron de las habitaciones para verme. Algunos me hacían fotos con el móvil. Me enrojecí. Jamás había tenido tanta atención como ahora.

Una enfermera me cogió del brazo y me dio un último pinchazo. “Por si las moscas” decía. Elisa de lo agradeció.

-No querrás que te llegue el dolor en medio de la ceremonia, ¿verdad?

Asentí. No podía rechistar. El pinchazo ya me lo había llevado.

Un mercedes negro nos esperaba en la salida. Gritos y silbidos salían del hospital. “Mucha suerte” llegue a entender.

Durante el camino, las pulseras me hacían daño. Me las quitaba y volvía a ponérmelas.

-Diana, tranquila.

Era en vano. Millones de hormigas correteaban por mi cuerpo. Llegando al centro de la ciudad la gente se amontonaba, mientras bailaban al son de la música.  

Cuando el coche se paró no podía mover las piernas. No estaba concienciada para lo que iba a ocurrir.

-¿Preparada?

Negué con la cabeza.

-Solo sonríe, posa para las cámaras y piensa en algo bonito.

-No puedo…

-Sí puedes.

Elisa me besó en la cabeza con cuidado. Me obligó a respirar profundamente varias veces. Inspirar y expirar.

La puerta del coche se abrió.

 

 

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