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9 min
Espíritus Elementales
Amor |
15.09.15
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Sinopsis

Antes de cumplir los dieciocho, Diana decide escribir lo que ocurrió años atrás en un lugar extraño, al que llaman La Isla. Donde conoció a su nueva familia, a la vez de aprender habilidades que cualquier chico desearía, o no...

Cap. 3.

Estaba sentada en una de las sillas blancas de la terraza. Arrugaba el borde del vestido, evitando las miradas de los demás. Elisa no paraba de hablar con un grupo de chicas, dándole consejos de moda. El viento azotaba mi piel, comenzaba a refrescar.  Una chica se sentó a mi lado, ofreciéndome una chaqueta gris. La tomé con un gracias, y volví mi atención al vestido.

-Me llamo Marta.

-Diana.-Me presenté sin levantar la mirada.

-Hace fresco, ponte la rebeca. – Le hice caso y me la puse. Fue un alivio para mis brazos.- ¿Puedo preguntarte algo?

Me gire hacia ella y asentí.

-¿Qué edad tienes?-Enarcó una ceja.

-Acabo de cumplir doce años.- Sus ojos se abrieron como platos.- ¿Por qué?

-Porque eres muy pequeña para estar aquí. Siempre han presentado a chicos entre quince y diecisiete años.

-¿Para la ofrenda?

Marta me observó con cara de asombro. Sus ojos marrones se cerraron en un suspiro. 

-Más bien un sacrificio…

“Sacrificio”… Esa palabra fue como un puñetazo en la barriga. Por mi cabeza aparecían millones de muertes posibles para mí, para nosotros. Las lágrimas se asomaron por mis ojos.

-Este año tienen la esperanza de que aparezca el último elemento. Pero eso no ha evitado que John…- Marta miró el cielo con los ojos vidriosos.- Dejemos el tema. Dime de dónde eres.

- Soy de España. ¿Y tú?

- Nací en España también, pero vivo aquí desde muy pequeña. Básicamente todos somos de allí.

- Entonces, ¿dónde estamos? ¿Canarias, o Baleares?- Mi pequeña confusión la hizo reír.

-Es imposible que no conozcas La Isla, nadie sabe de su existencia. Solo nosotros.

Me quede mirando a Marta. Tenía a mi lado las respuestas a cada una de mis preguntas.

-Marta, ¿por qué estoy aquí?- Sus facciones se volvieron serias. Se apartó los rizos dorados de su cara.

-No te han contado nada, ¿verdad?- Negué con la cabeza.

Le supliqué que me contara lo que pasaba. No podía seguir siendo la niña pequeña inocente que no se entera de nada. Necesitaba respuestas.

-Diana esto no es una ofrenda cualquiera. No nos ponen flores en el pelo y le llevamos bandejas con comida a una estatua que representa a nuestro Dios.- Miro hacia los lados, evitando a personas entrometidas.- Vamos, cada rincón tiene orejas.

Salimos de la terraza. El calor del interior me obligó a quitarme la rebeca de Marta. Ella mientras vigilaba la puerta, esperando a que nadie nos siguiera.

Nos adentramos hasta unas escaleras, la bajamos y entramos en un cuarto de baño. Marta inspeccionó el lugar.

-Vale, no hay nadie.- Cerró la puerta con el pestillo, y pulsó el botón del secador de manos.- Las ofrendas comenzaron hace unos años. Están buscando algo, y ya han encontrado a tres. Pero falta el último.- Me costaba mucho entenderla, no la escuchaba bien.

-Marta no te entiendo.- Intente decir por encima del ruido del secador.

-Diana mucha gente muere por el capricho del gobierno de aquí. Matan a jóvenes para encontrarlos. Tienen la esperanza de encontrar al último para cesar las ofrendas. Y tu Diana, eres la favorita.

Me mire un segundo en el espejo. No podía entender como una niña iba a ser la preferida. En el grupo pude ver a chicos fuertes, capaces de superar cualquier prueba. Pero otra cosa rondaba en mi cabeza en ese instante. Me giré perpleja, clavando mis ojos en los de Marta.

-¿Por qué estás aquí?-  No podía ser posible que sabiendo el final de la ofrenda se encuentre aquí. Debía de ser una broma.

Marta se empapó las manos con agua, y se retocó los rizos rubios, que le llegaban a los hombros.

-Mi padre trabaja en la Central.-Continuó diciendo sin apartar la mirada del espejo.-Le han obligado a presentarme.

La observé con los ojos entrecerrados. Me estaba contando una historia demasiado dramática como para ser cierta.

-Lo siento, pero yo no soy una niña inocente.- Me atreví a decirle cuando el ruido del secador cesó. Aun así mantuve el tono alto.-No me vas a contar mentiras como si fuera tu hermanita pequeña.

La expresión de Marta era una mezcla entre confusión y rabia. En ese instante me arrepentí de haber abierto la boca. Lo mismo me paso la vez que conteste a mamá. Mi corazón bombeaba sobre mi pecho, con el miedo de su reacción.

De repente Marta se calmó, y me dio un abrazo largo y cálido. Me mantuve rígida como una roca. Me prometí que no haría nada, simplemente mantenerme quieta y calla. De esa manera todos estarán contentos.

Se apartó de mí y acarició mi pelo, ofreciéndome una sonrisa carnal. Como el de una hermana cuando la pequeña tiene miedo. Se apartó de mí con un beso en la frente.

-Vámonos Diana.-Abrió la puerta del baño, asomando un poco la cabeza para ver que nadie pasaba por allí.- No quiero que noten nuestra ausencia.

 

Después tomamos una merienda inglesa. Estuve en una mesita redonda, con las sillas azul cielo a juego, con Marta y a veces pasaba Elisa para robarnos unas pastas. Tomamos té rojo en unas tazas con dibujos extraños. Marta me contó que son artesanales de La Isla.

Al finalizar la merienda, nos llevaron a unas habitaciones por separado. Cuando uno de los ayudantes de Elisa me invitó a entrar en la mía me aferré al brazo de Marta.

-Diana, tienes que prepararte. Yo estaré muy cerca.-Me besó de nuevo la frente.- ¡Luego te veo!

El ayudante era el hombre con el cabello amarillo. Con su huesudo dedo me señaló la ducha. Intenté resistirme pero no quería enfadar a alguien de nuevo. Ayudó a desvestirme. Le pedí que saliera del baño pero insistió en quedarse, no pude poner pegas. Maldije la promesa que hice horas antes.

Al acabar, me tapó con un albornoz rosa palo, que era demasiado grande para mí. Me senté en una silla al lado de la cama, enfrente de un gran espejo, que él tapó.

-La próxima vez que te veas será al final.-Me explicó con excitación.

Suspiré, cerré los ojos y me relajé con el sonido del secador.

-¿Cómo te llamas?-Pregunté para combatir con el aburrimiento.

- Carl. –Ignoró mis suspiros de aburrimiento y siguió buscando el maquillaje en una bolsa.

-Carl.-Levantó la mirada atento a mí, por primera vez desde que entré.- ¿Por qué me peinas y maquillas ahora?

-Una cena que hay siempre para vosotros, el día antes de la ofrenda.-Continuó buscando en la bolsa.

-¿Celebramos que vamos a morir?-Dije sin querer. En el momento me arrepentí.

Carl soltó la tabla de maquillaje que tanto buscaba, derramando todas las pinturas rosas por la moqueta. Mientras, él tenía cara de espanto.

-Vamos a ver niña.-Se apoyó en los posa brazos de la silla. Su picuda nariz casi rozaba la mía.- Deberías pensar las cosas dos o tres veces antes de decirlas. Comentarios así pueden buscarte serios problemas. Trágate esa puta lengua y quédate callada.-Se incorporó dejándome petrificada.- Así estarás más guapa.

Volvió a buscar otra tabla, mientras yo pestañeaba para ocultar las lágrimas. Durante todo el proceso mantuve la boca cerrada, y los ojos, a no ser que él me pidiera que los abriera. Al acabar me incorporé para ponerme otro vestido. Este era rosa chicle y muy ajustado. Carl pasó varias veces alrededor mía, buscando una aprobación que no encontraba. Levantó la sabana que ocultaba el espejo. Al verme asqueé.

-Lo siento, he hecho lo que he podido.

Parecía un chicle. El vestido de tubo marcaba perfectamente mi sedentarismo, y terminaba dos palmos antes de mis rodillas. Mi pelo completamente rizado rozaba mi nuca y mi barbilla. Y casi había formado un antifaz rosa en mis ojos. Le mire con una ceja enarcada. Carl se encogió de hombros y me dio una palmada en la barriga.

-Como comas o bebas algo, el vestido revienta.

Aparte la vista de mi reflejo, y le vi sacar unos tacones rosas bastantes altos para mí.

-Yo nunca…

-¿Nunca te has puesto tacones?-Dijo extrañado.-Pues hay que ocultar tu “altura”.-Dijo marcando las comillas con los dedos.

Mientras Carl fue a buscar a Elisa yo practicaba con los tacones por la habitación. Era algo muy incómodo. Sentía punzadas en los tobillos de tanto tropezar.

-¡Diana!-La voz de Elisa me sorprendió y volví a caer.- ¡Pareces una gominola!

Me ayudó a sentarme en la cama. Masajeé los tobillos, que ayudaba un poco. Ella se apartó y buscó mis zapatos de antes. Los dejo al lado mía. Se llevó una mano a la barbilla, pensando cómo arreglar el estropicio que formó Carl conmigo. Chasqueó los dedos cuando le vino la inspiración. Cogió la bolsa de Carl y empezó a hacer magia, como ella dice.

Al rato me levantó de la cama. Su mirada era de aprobación. Cuando fue a por el cepillo de pelo vi mi reflejo. El antifaz desapareció, en su lugar había unas ligeras sombras rosas y negras. Me cepilló el pelo para que los rizos se bajaran. El resultado final fue mejor de lo que esperaba. El pelo quedó algo alborotado, según ella era la moda. Le di mi aprobación de todos modos. El problema seguía siendo el vestido.

-Diana cariño, no tengo otro para ti.-Se disculpó.-Además así estas muy bien.-Intentó auto convencerse. Se fijó en el reloj cuco que había al lado del espejo.- ¡Que tarde es! Y yo con estas pintas.- Me dio dos besos en las mejillas y se fue.- ¡En la cena nos vemos!

Me puse las bailarinas doradas, fue un alivio para mis pies. Me fijé en los tacones de aguja y les di una patada en venganza del daño que me hicieron en poco tiempo. La puerta se abrió. Era Marta, que soltó una carcajada al verme.

-¿Qué?- Pregunté llevándome los nudillos a la cadera.

-Nada nada.

Mientras que yo parecía sacada de un kiosco ella estaba espectacular. Llevaba una blusa plateada de tirantas y unos pantalones caídos negros. Y, por supuesto, llevaba unos tacones brillantes muy altos. Su pelo, ahora liso, le llegaba casi al pecho.

-¿Lista?

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