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9 min
Espíritus Elementales
Amor |
16.09.15
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Sinopsis

Antes de cumplir los dieciocho, Diana decide escribir lo que ocurrió años atrás en un lugar extraño, al que llaman La Isla. Donde conoció a su nueva familia, a la vez de aprender habilidades que cualquier chico desearía, o no...

Cap. 4

El pasillo estaba frío, mis brazos desnudos no paraban de temblar. Miré a Marta en busca de la rebeca gris. Ella, en cambio, me dedico una sonrisa tímida pasando su brazo por mis hombros. Su cálida mano acariciaba mi brazo.

-Estas calentita, eh.

-Pues tengo frío.-Intentaba no chasquear los dientes para que no notara que estaba helada.

Cuando estábamos a punto de subir unas escaleras la puerta de una habitación se abrió. De ella salió uno de los chicos de la terraza. Vestía con ropa negra y unas botas con cadenas. Apenas podía diferenciar el color del pelo, ya que estaba rapado casi al cero. Sus ojos azules desprendían odio. No me quitaba ojo.  Un escalofrío recorrió mi espalda. Verlo vestido entero de negro me recordó a mis noches en la bodega, y al hombre que me encerró allí.

-Hola Al.

-¿Cómo estás Marta?-Se acercaba con pasos lentos a nosotras.

-Preparándome para disfrutar de todo lo que de mi cuerpo esta noche.-Le guiñó un ojo.

- Os veré luego.-Con una sonrisa se adentró en el pasillo.

Volvimos a la terraza, que era irreconocible. Las puertas abiertas de par en par, con unas pequeñas luces blancas por el marco. Podíamos ver una larga mesa con 14 sillas. Y un gran espacio, para bailar me dijo Marta. Me fijé en las luciérnagas que brillaban por los matorrales. El cielo estaba negro, ni una estrella deslumbraba. Marta se alejó de mi lado para reunirse con otras chicas. Me acerqué a una de las sillas en el lado de la rectangular mesa. Me senté mientras jugaba con el fino tenedor de plata. Coloqué la servilleta morada en el regazo, recordé las normas que aplicaban las monjas en el comedor de mi colegio. La espalda erguida, metiendo algo de barriga para no reventar el vestido rosa. Mantenía largas respiraciones recordando mis días en el comedor escolar. El potaje de Sor Ángela que me daba náuseas solo de recordarlo. Una fría mano me hizo volver de mis pensamientos. Reconocí esos ojos azules. Era Nilo.

-Qué noche tan placida, ¿no crees?- Me dedicó una gran sonrisa mientras tomaba de nuevo mi mano. Produjo una mueca al notar mi fría mano.

-Para alguien que tiene una chaqueta sí.

-Como pica ¿eh?-Se burló una chica que estaba a su lado.

No reparé en ella hasta que abrió la boca. Me imaginé que sería Maggie, la única que fue capaz de robarle el corazón a Nilo. Su piel morena hacia contraste con un vestido verde hoja, al igual que sus ojos.

-No le hagas caso Diana.-Se rio con ella. –Por cierto, es Anthea.

-Ann.-Corrigió.

Nilo puso los ojos en blanco, y le repitió que no tenía que coger cariño a los chicos antes de la ofrenda. Por la expresión de Ann me imaginé que surgió una amistad que acabo el día de la ofrenda. Sentí punzadas en el pecho al recordar que esa sería mi última noche. No volvería a despertarme con el olor a café recién hecho de mi padre. Ni esas meriendas interminables en casa de mi abuela mientras ella me cuenta su historia de amor con mi abuelo. Un amor que yo nunca tendré.

-Diana, ¿estás bien?-Nilo se agacho para fijarse bien en mi rostro.

-Sí.-Mentí.

Antes de que pudiera decir palabra alguna Elisa apareció de la nada.

-Diana venga siéntate con los demás y deja a Nilo tranquilo, ¿eh, cariño?

Me senté al lado de Marta, que no reparo en mi presencia. Estaba concentrada en una conversación sobre zapatos. Volqué mi atención en Elisa y Nilo. Él parecía disgustado mientras ella le regañaba. Me imaginé que sería duro pasar por esto cada año. Conocer a gente maravillosa y al día siguiente acudir a su funeral.

Mi barriga comenzó a gruñir al ver a los camareros con bandejas sin fin de comida. A mi lado Marta no paraba de coger los risottos de nueces y miel. A veces nos cambiábamos los platos para intentar probarlo todo. Marcus, presidiendo la mesa entre Elisa, Nilo, Anthea y un sitio vacío, sonreía al vernos tan animados en la cena. Los miedos desaparecieron en ese momento. Algunos contaban chistes, otros anécdotas de su instituto. Todos estas animados menos Al. Se encontraba en frente mía. Su mirada era fría, y no dejaba de jugar con el cuchillo de la carne. Me inquietaba y Marta lo notaba. Susurraba que no le mirara, y de ese modo dejaría de intimidarme. A sí lo hice.

Al traer los postres yo no podía respirar. El vestido crujía por cada movimiento que hacía. Mientras todos probaban los manjares yo mantenía el vestido en una pieza. Al terminar Marcus tomo la palabra.

-Muchachos, muchachas. Espero que hayáis disfrutado de esta cena de la junta de gobierno.-Fue interrumpido por aplausos y silbidos.-Habéis pasado una semana, muy intensa, conociendo La Isla, y al resto de compañeros, y si hay suerte, a vuestros futuros hermanos.-Miró a Nilo y Ann.- Aunque falte uno… Bueno, ahora el momento que muchos estabais esperando-Miró a Nilo.- Que comience el guateque.

-La fiesta, Marcus-Corrigió Elisa.

En ese momento todos se levantaron y se dirigieron a la barra que había detrás de mí. En ella servían unos vasos muy finos y alargados, parecían tubos de colores. Me acerque a la barra entre empujones y codazos, y conseguí coger un vaso de color verde. Lo acerqué a la nariz para adivinar de qué bebida se trataba. Tenía olor a manzana.

-¿Qué haces?-Se acercó Marta corriendo y me retiró el vaso.- Eres muy pequeña para beber alcohol.

-¡Tú tampoco! No tienes dieciocho años, eres menor aún.-Comenzó a reírse de mí.

-Aquí puedes ser “mayor de edad” a partir de los quince años. Te hacen unos test cada año para ver tu madurez, yo lo pasé el año pasado, a los quince.-Me explicó antes de que sonara su canción favorita y se fuera a la pista a bailar.- ¡No bebas!-Me advirtió.

Esperé unos minutos. Cuando advertí de que se olvidó de mi volví a coger un vaso. Esta vez era blanco, y olía a colonia. Al principio asqueé del olor. Pero la curiosidad de probarlo y demostrar que yo también tenía una pequeña ráfaga de madurez ganó a la presentación de la bebida. Tomé un pequeño sorbo que escupí enseguida. El olor advertía de su saber. Era colonia. La garganta empezó a arderme. Miré al camarero con náuseas y le di el vaso. Él a cambio me dio otro. Lo acerque a mi nariz sin quitarle el ojo al hombre de la barra. Era agua. Le di un gran sorbo. El agua fría quitó gran parte del ardor de mi garganta.

-Has empezado fuerte ¿eh? Era anís.

Anís, lo que bebía mi abuelo cada fin de año. Aún con la cara asqueada me alejé de la barra, viendo como los demás bebían de un trago esa asquerosa bebida. Seguía en babia cuando noté un golpe en mi cabeza.

Al recobrar el conocimiento estaba en los cuartos de baño de hombre. Tirada en el suelo con un pequeño charco de sangre al lado. Me incorporé con la cabeza dándome vueltas. La luz parpadeante no ayudaba a evitar las náuseas. Mis brazos fallaban y tarde varios intentos en sentarme. Con temor toqué la zona de mi oreja derecha. Sentí punzadas y tenía la mano teñida de rojo. Me habían hecho una brecha. Poco a poco recuperé la vista y pude distinguir a Al en la puerta del baño. De pie y con aire autoritario empezó a decir algo. No podía oírlo. Cuando reparó en que no podía oír nada me levantó del brazo. Solté un chillido agudo de dolor. Él me tapó la boca.

-Como chilles te corto la lengua. -Su mano pasó de mi boca a mi garganta.- Que fácil sería acabar contigo ahora. Me darías un gustazo niña.-Su olor a alcohol me llegaba a la sien. Era repugnante estar a centímetros de él.- Pero no quiero disgustar al grupo con otro muerto.-La mano que rodeaba mi cuello la apretaba cada vez más, hasta el punto en que no podía respirar.- Nadie puede sustituir a John, ¿sabes? Y menos una niñata como tú.- Sentía los latidos de mi corazón en mi cabeza, bombeando cada vez más lento.

Al se relamió los labios y me soltó. Caí de bruces contra el suelo. La rodilla dañada por las caídas con los tacones empezó a sangrar. No paraba de hiperventilar. Me agarró de los pelos y tumbó mi torso boca abajo sobre los lavabos.

-Bueno, Diana, veamos que tienes por aquí.

Recé en mi mente para que alguien me sacara de allí. No podía chillar, solo balbucear. Notaba presión en mi cabeza mientras una mano subía por mi muslo. Al llegar al borde del vestido la puerta se abrió. Alguien lo arrojó al suelo, y a mí también. Pude ver a alguien darle puñetazos a Al. Él intentaba chillar pero tenía la boca ocupada escupiendo un líquido escarlata. Mi salvador era un chico. Solo diferenciaba su brazo al darle puñetazos a Al, y su voz maldiciéndole. Estaba en muy buena forma.

Me encontraba a cuatro patas intentando incorporarme sin éxito. Después de rendirme me ayudo el chico. Apenas podía verle u oírle. La brecha iba a más, y la sangre salía con más facilidad. Lo único que recuerdo eran unos ojos verdes. 

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