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10 min
Esplendor y crepúsculo
Amor |
07.12.17
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Sinopsis

Una joven disfruta en libertad sus vacaciones en la playa bajo la atenta mirada de un hombre maduro.

La observo desde hace ya varios días porque la muchacha es tremendamente atractiva, a pesar de no ser mi tipo de mujer (las prefiero algo más rellenas). Viene jugando o más bien flirteando (desde hace ya tres días) con unos chicos ingleses instalados en el camping oficial situado próximo a la playa. Los  tiene interesados y juega con los tres, pero al que presta mayor atención es al más joven y simpático. No me pierdo ninguno de sus juegos y picardías, me encantan sus gestos y la malicia que desprenden los movimientos de su cuerpo joven.

Ha jugado todo este tiempo manteniendo de forma sutil a los tres en vilo. Al final se sale con la suya, acaba interesando y mucho al que ella buscaba, que no es otro que el más alto y guapo (que al principio se mostraba como más distante con ella).

Cuando la joven ha entendido que el muchacho está ya en su punto exacto de cocción le ha tomado la temperatura de forma directa y ambos ya juegan en la orilla del mar, dejándose acariciar por las olas rompientes y espumosas.

Más tarde corretean juntos, están apartados los dos solos en la arena, en la distancia veo como el acercamiento se hace definición y los juegos se vuelven más directos y decididos. Los otros dos jóvenes parecen acomodados a la nueva situación y hasta intuyo que lo veían venir a pesar de la escenificación teatral llevada a cabo por la chica durante los días anteriores.

Cuando los veo por la tarde-noche los dos vienen abrazados y se hacen  carantoñas de estar en confianza, no me cabe duda de lo bien que han debido pasarlo antes.

Los tres jóvenes extranjeros ya se han marchado y la chica está sola tomando el sol mientras lee una revista de actualidad. Tan pronto unos chicos se acomodan próximos a ella, veo cómo se transforma y vuelven de nuevo esos movimientos suyos que ya conozco y que me resultan tremendamente interesantes. La operación de caza vuelve a empezar, ella no toma ninguna iniciativa, diría que al contrario se muestra algo distante y como perdida en sus reflexiones, pero no deja de moverse de un lado a otro con un encanto que ya sé que es estudiado. No tarda en acercársele el más simpático y abierto, que al igual que días antes no es el más atractivo. Percibo como ella vuelve a emplear de nuevo su táctica. Quedan, según les oigo, para el otro día y se despiden cuando ya están rotas las primeras barreras.

Al día siguiente tan pronto llegan los chicos abre sus fuentes de recursos y un abanico de gestos se abre a la audiencia, en la que ya sé que me tiene a mí incluido. Me percato de sus miradas casi de pasadas, de hecho no la veo tan controladora con los chicos como le es habitual, deduzco que mi presencia le resta desenvoltura, no sé si alegrarme o no por ello, porque quiero estar dentro de sus objetivos pero también me apasiona su habilidad de cazadora hacia los demás. 

Intento distanciarme para facilitar su movilidad táctica y cuando vengo a darme cuenta en varios días ya ha vuelto a levantar la presa codiciada, es el más apuesto de ellos, lo luce durante días en diversos puntos del pueblo y a él se le ve embelesado. Ella está morena renegrida pero guapa como ninguna otra.

Durante esos días los veo pasear juntos, se besan mientras andan por la orilla permitiendo que el agua les alcance en cada subida rítmica del oleaje suave y en calma.

Una tarde me sorprende encontrarla sentada en la terraza de un bar, a su lado un mocetón con aspecto de alemán lee el periódico, ella mientras, observa a su alrededor tras unas gafas de sol enormes que cubren parte de su preciosa cara. El camarero les sirve una y otra vez bebidas y pequeños platitos con fruslerías que ella va vaciando con aspecto lánguido y poco interesado. Cuando vuelvo a pasar a cierta distancia me hace un breve gesto con la mano a modo de saludo, le contesto levantando la gorra blanca con la que me protejo del sol. Me ha reconocido, pienso que es un buen síntoma, aunque debe considerarme como un asiduo de su zona de influencia.

Al día siguiente la veo por la noche en una pizzería con un chico fornido del lugar, ella come despreocupada, mientras tanto él está hinchado como un pavo real y presta su atención a todo lo que ocurre a su alrededor, se ve que no se ha visto en otra igual, la chica está realmente preciosa, luce una falda vaporosa y un polo sin mangas. 

Desde hace dos días no aparece por la playa y esto me preocupa, temo que haya marchado y siendo la única que mantiene mi interés por este lugar, esto sería dramático. 

Cuando al tercer día la veo aparecer a lo lejos y además sola se me acelera el pulso y se me abre inconsciente una sonrisa de felicidad. Trae un sombrerito o panameño con lazo rojo y luce un tanga que le cubre una zona mínima. Arrastra por la arena la cesta de mimbre en la que lleva la toalla, las cremas y alguna que otra cosilla. Viene con un abandono que presumo estudiado.

Se marcha pronto y mi mirada la acompaña hasta que desaparece al fondo con los desniveles de arena, una calma total me inunda durante los minutos que restan hasta que los primeros bañistas inoportunos siembran de imágenes el paraíso que ella ha creado a mí alrededor.

A la misma hora vuelvo al lugar de ayer, con la esperanza perdida y loca por verla aparecer de nuevo, los minutos se eternizan y la arena forma dunas infinitas a mi alrededor a las que quiero poner a mi favor en la conjura de su venida. Ardo en mis propias ansias y dejo mi mente centrada únicamente en el recuerdo de su cuerpo apasionado y libre.

Antes de ver su figura ya la presiento en la línea nubosa de arena en el horizonte, se enmarca tomando cuerpo único en todo mi objetivo ocular y en su aproximación trae una aureola de mágico relieve fruto de la fijeza de mi mirada.

No viene hacia donde estoy como ansío, se dirige perpendicular hasta alcanzar la orilla de la playa, no hay más de veinte metros de distancia, se sumerge y nada mar adentro con brazadas largas y rítmicas. Cuando ya sólo es una cabecita minúscula en la densidad del mar se vuelve y siento que me mira, que me quiere decir algo. Me abandono hacia atrás sin perderla de vista y percibo como ella inicia la salida de una forma rápida y sin concesiones. Se me para el mundo y sólo ella vive para mí. La veo volver a la orilla pero ésta vez está frente por frente. Cierro incluso los ojos porque no tengo fuerzas para mirarla más. Se me acerca, corta con su imagen y la proximidad los rayos de sol y me pregunta con encanto y cierto descaro - ¿Tienes algo de beber?, olvidé traer…  

Se sienta a mi lado, le ofrezco cuanto tengo, mira sorprendida mi pequeña nevera que viene surtida de caprichos variados, me encanta disfrutar de los pequeños placeres pero también es un arma prevista de seducción. Su expresión es de deliciosa complacencia, adivino que lo quiere todo, hace giros graciosos con los labios a modo de querer caer en la tentación. Durante más de una hora está conmigo. Hablamos de todo y la veo interesada, siento que coquetea y se me envalentona el hombre joven que aún queda en mí. Disfruta de mis viandas caprichosas con manifiesto deleite. Me siento feliz.  

Desde bien temprano la espero en la playa echado en la hamaca, provisto de todo aquello que pienso que puede complacerla. La espera se me hace eterna, desespero, me armo de paciencia, leo sin poder concentrarme, miro una y otra vez hacia el lugar por donde debe aparecer y el tiempo queda colgado moviendo con una lentitud hiriente las manecillas del reloj. Cuando pienso que ya no vendrá su silueta se enmarca en el horizonte provocándome una aceleración en mi ritmo cardiaco. Cierro los ojos y apoyo la cabeza hacia atrás intentando conseguir calmar mis ansias de ella, me controlo para no dar rienda suelta a los sentimientos que me afloran con vehemencia juvenil.

Cuando la presumo a corta distancia la miro y observo, su andar es pausado y cadencioso, cubre su cabeza con una gorra naranja con visera y su melena se levanta en rizos dorados. Está tan cerca que puedo definir sus rasgos, sus ojos están perdidos en la lejanía y sus labios gordezuelos se muestran contraídos. Me apercibo, que sus pasos no la dirigen hacia mí, sino que la llevan directamente hacia la orilla. Allí se descalza y sigue andando con un gesto de placer que asocio al suave oleaje que rompe a sus pies. Espero su mirada y que esboce ese gesto suyo entre pícaro y zalamero que tanto me gusta. 

Está a mi altura y aún no me ha mirado, pienso que quiere sorprenderme, pero prosigue su marcha imperturbable, no se da por enterada de mi presencia. Me conciencio de que me obvia de forma manifiesta. Su cabeza erguida es como una provocación, anda marcando cada paso con poderío, se sabe por encima de mí, se me encoge el alma, la sensación es dolorosa.

Quedo perplejo, sufro el desconcierto de lo inesperado, toda la ilusión acumulada se esfuma, se me queda sólo un vacío que no controlo, el don Juan de cartón piedra que me he construido se rompe en añicos. 

Tengo cincuenta años, una larga experiencia en relaciones con otras personas, pero no he adquirido aún el antídoto a este veneno nuevo que, si bien, no puede acabar con mi vida me produce un escozor profundo y persistente.

Aún me queda por sufrir algo más, ya que al rato aparece acompañada por un hombre alto y delgado, le sigue a medio metro de distancia, cuando llega a mi altura me dirige una mirada ausente. Siento como la misma pasa a través de mí y se pierde en la lejanía. En esta ocasión, sin embargo, percibo en ella una tristeza, que no puedo evitar hacer mía, la sigo con la vista hipnotizado, mientras, la desesperanza me muerde las entrañas. 

Al día siguiente hago las maletas y emprendo el viaje de vuelta, me quedan aún cinco días más de vacaciones pero no quiero lamerme las heridas en estas playas, prefiero volver a mi escondrijo urbano, leer hasta la extenuación, comer el menú diario de mi amigo Federico e intentar olvidar que existen hembras así.    

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