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7 min
Ésta no es otra típica historia de amor
Varios |
12.01.14
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Sinopsis

La curiosa visión del amor de Tío Alberto.

Tío Alberto solía decir que el amor era como una casa de cuatro plantas. Todo empezaba en la azotea, donde los sentimientos eran tan fuertes, que sentías que casi podías rozar el cielo o volar cerca de las nubes. Era el mejor lugar donde se podía estar. Aquí todo se magnificaba: el primer beso significaba que habías encontrado a tu media naranja, la persona con la que estarías el resto de tu vida. Cada segundo que no estuvieras con ella te parecería eterno y cuando lo estuvieras, creerías que el reloj avanzaba fugazmente. Tu mente no se iría de aquí aunque tu cuerpo fuera de un lado a otro.

A continuación, le tocaba el turno al lugar donde no todos tenían la suerte de llegar y, si lo hacían, podían tardar meses incluso – y éstas serían las mejores, decía Tío Alberto –, años. Aunque él nunca duró tanto con ninguna mujer. Era la planta de los dormitorios. Uno no podía permitirse bajar aquí sin antes haber hecho un buen trabajo: <<ganarse la confianza de una mujer no es algo fácil de conseguir>>, decía el tío, <<y si no lo consigues, olvídate de pisar  esta planta. Y créeme que con el paso de los años, es cada vez más difícil>>. Según él, con la edad, lo más probable era quedarte estancado en la siguiente planta.

El salón, la cocina, la televisión…todo lo que significaba rutina y aburrimiento se encontraba en el piso inferior. Según Tío Alberto, las mujeres intentaban conducirte aquí lo antes posible y, sobre todo, con su edad. La vida en pareja era bonita al principio pero no solía acabar bien, al menos en su caso. Vivió con varias mujeres y jamás fue feliz con ninguna. A estas alturas, normalmente ya estabas casado. Pero los comentarios de mi tío sobre el matrimonio los reservaré para otra ocasión.

Por último, el lugar que tan bien conocía mi tío y donde acababan la mayoría de relaciones: el sótano. Un sitio oscuro, solitario, a veces triste, donde te invaden los recuerdos, sobre todo al principio y donde los ahogas para dejar que se pierdan en algún lugar de la mente. Aquí, la gente solía pasar demasiado tiempo, sin saber que había una puerta cerca que, al abrirla, invadiría de luz el lugar. El tío era así de poético cuando quería. Sin embargo, pocas veces era capaz de encontrar esa puerta.

Puede que el dedicarse a vender ataúdes tuviera algo que ver en esa visión pesimista del amor. Desde luego, a él nunca le fue bien en ese ámbito aunque desbordaba talento en otros, como en la pintura o en la venta. Personalmente, siempre lo envidié por su labia y creo que ese era su secreto para encontrar a tantas mujeres que quisieran estar con él, aunque sólo fuera por unas semanas.

No es que fuera feo, no, pero tampoco puede decirse que fuera muy agraciado. Para que se hagan una idea, piensen en Bruce Willis: ahora añádanle un poco de pelo canoso y rizado por los laterales de la cabeza; quítenle los abdominales y sustitúyanlo por una considerable barriga cervecera y algo de tetitas caídas, con algunos remolinos de pelo negro por el pecho. ¿Lo visualizan? Ya tienen a Tío Alberto en mente.

¿Quién iba a imaginarse que una mujer, de la que él presumía saberlo todo, sería la responsable de su final? ¡Y qué final! Pero no quiero adelantarme, empezaré por el principio, como no podría ser de otra forma.

Su último amorío, al menos el último que yo conocí en persona – mi tío siempre me las presentaba, ya fuera para darme envidia o para entrenarme y creo que era por esto último, – era una morena bastante guapa, de ojos rasgados de un color azul grisáceo muy llamativo y facciones delicadas. Tendría unos treinta y algo, delgada y un poco más alta que él. En definitiva, un bombón que parecía sacado de alguna pasarela de moda. La relación duró un par de semanas, el tiempo necesario para que ella abriera los ojos y encontrara a un jovencito musculoso. Tío Alberto me contó que en varias ocasiones estuvo <<a puntito>> de llegar a las manos con él; creo que me mintió o, digamos, que exageró un poco la realidad. De haber sido así me hubiera quedado sin tío antes de tiempo.

En esta ocasión vi a mi tío más afectado de lo habitual; o más bien, durante más tiempo. Eso sólo podía significar una cosa: que se había enamorado, por primera vez. Tras aquello juró por activa y por pasiva que jamás volvería a salir con ninguna chica. Mi familia en cambio, le recomendó que probara a salir con gente de su edad, pero él no relacionaba sus fracasos con la diferencia de edad o de físico, sino con el hecho de que no había mujeres <<en condiciones>>. Fuera lo que fuese, tardó bastante más que en otras ocasiones anteriores en encontrar a otra mujer: exactamente un mes.

Nadie la vio jamás. Guardaba su identidad como si fuera un tesoro y al final el tesoro lo acabaría llevando a la tumba. Pero una cosa sí conseguí descubrir: el nombre. Fue en una ocasión mientras ojeaba su antiguo ordenador, meses después de su pérdida, antes de mandarlo a la basura. El nombre en cuestión era sweet_princess. Vale, un nombre un tanto extraño, pero un nombre al fin y al cabo. Lo primero que pensé cuando vi aquello fue el grave error que habíamos cometido al regalarle un ordenador a mi tío. En cierta forma, era como ser cómplice de asesinato. Pero la verdadera culpable estaría – y seguramente aún lo esté – chateando con multitud de hombres mientras Tío Alberto era devorado por gusanos, a varios metros bajo tierra. Y eso nunca lo podré perdonar. De hecho, todavía me dan un poco de miedo las mujeres.

Fue la policía la que encontró el cadáver de mi tío en su propia casa. Vivía sólo y no le gustaban mucho las visitas, a no ser que fuera una mujer <<en condiciones>>. Según pude averiguar tras escuchar varias versiones de distintas fuentes – si hay algo que gusta en mi familia es el chismorreo –, mi tío perdió la vida por un infarto mientras la princesita dulce le hacía un strip-tease. Al parecer, cuando la policía llegó, la mujer todavía se contoneaba de manera sensual. Habría que ver el cachondeo que tendrían los agentes. Pobre tío.

Y ésta es la historia de amor de tío Alberto. No es la más romántica y emocionante que se haya leído, pero yo aprendí bastantes cosas. Lo primero, que nunca debes llegar al sótano: hay mil formas para evitar bajar hasta allí. Cambiar de aires o de mujer, o bien luchar porque la relación no se venga abajo. Pero si se acaba bajando, y únicamente es perdonable si la compañera ha merecido la pena, hay que saber encontrar la puerta para salir lo antes posible. Segundo, el evitar la tercera planta, la de la cocina y el televisor, excepto si se trata de una mujer <<en condiciones>>. Tercero, permanecer en la planta de los dormitorios cuanto más tiempo mejor. Y cuarto y más importante: siempre que sea posible, vivir en la azotea.

Hay una cosa que está clara en todo esto: siempre hay que intentar subir escalones, aunque sea más difícil que bajarlos.

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  • Gran sabiduría la de tío Alberto y muy buenos tus consejos, casi casi tanto como la narración.
    Una original metáfora de la vida dividida en plantas y del final del pobre tío Alberto, pobre por decir algo, por qué tuvo una vida y una muerte nada aburridas, un saludo.
  • Breve reflexión sobre las relaciones personales actuales

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    La curiosa visión del amor de Tío Alberto.

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    Inspirado en algo que me contó mi abuelo hace ya algunos años. A él le dedico esta historia.

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