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7 min
Estacas bujeros y viceversa
Humor |
15.08.21
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Sinopsis

- No consigo entenderlo, Lia - me quejo arrugado la frente.

Me mira despegando el tubo de cerveza fría de su boca, traga el sorbo y deja el largo vaso sobre la mesa.

- Si es que los hombres se vuelven así de rancios, joder - me da la razón - Al principio muchas ganas de llevarnos a la cama pero con los años se van acomodando a no follar y dejan de cumplir con nuestras necesidades.

Su tono es de desagravio.

- Y encima pone mil excusas baratas, que si el trabajo me tiene amargado, que si me duele la cabeza, que si la niña nos va a oír, que si tengo la testiculación. Y claro, yo con un dolor de ovarios del calentón que llevo encima que no veas - me enfurruño.

- ¿El tuyo también le da por pasear por casa en tanga? - pregunta resoplando.

- Siiii - desorbito los ojos - y me desespera ver ese culito como salta a cada paso que da.

- Es que son muy cabrones... - rie tapándose la boca.

- Y lo que provocan por la calle con la ropa ajustada presumiendo de músculos...

- A mí los tíos así me dan asco.

- ¿Que te dan asco? - la interrogo sorprendida - ¿Qué te da asco?

Me contesta seria y sincera tras una breve pausa.

- Que se los folle otra.

Explotamos en carcajadas por la exagerada ocurrencia. Es nuestra tercera cerveza, y creo empieza a hacernos efecto.

- Te contaré un secreto - le digo casi sin aliento.

- Cuenta, cuenta.

Le indico que se acerque, no quiero que las demás personas sentadas alrededor nuestro, en el bar en que nos reunimos cada tarde, se enteren de mi vida privada.

- Raúl tenía un truco infalible para alargarme el orgasmo... -le digo bajando la voz.

- Querrás decir para cortarte el rollo, Julia - interpreta a su manera.

- Déjame terminar, boba, que cuando te pones a decir tonterías... - le riño - A ver, en plena faena, cuando estaba a punto de llegar, me soltaba una palabra que me bajaba la libido de golpe.

- ¡Ostras! ¿Que palabra? - borra su sonrisa y logro llamar su atención.

Miro a derecha e izquierda, llenando el momento de misterio y me acerco a su oído con la intención de...

- ¡Hipoteca! - le grito.

La hago saltar de la silla, asustada y sorprendida. Me parto de la risa.

- ¡Que cabrona eres, Julia! - me recrimina sonriendo - Joder con la palabrita, si que es buena, si. Pues yo creo que el mío me engaña con otra, porque nunca tiene ganas...

- Quita, quita, eso no es posible - la contradigo más seria - ¿Cómo va a estar con otra tía...?

Le poso mi mano en su antebrazo y me mira descorazonada.

- ... ¡Seguro que es la de siempre! - termino por descomponerla entre risotadas.

Ambas agachamos las cabezas con los ojos cerrados hasta topar con la frente en la mesa, riendo y llorando, sin poder resistir el aluvión de imágenes divertidas que pasa por nuestras mentes.

En ningún momento estoy dando por creíble aquella posibilidad. No tendría ningún sentido, puesto que desde hace muchas generaciones, el hombre pierde su deseo sexual cuando entra en la pitopausia. Una vez superan la barrera de los cuarenta se ponen realmente insoportables.

Entre cocinar, cuidar de los niños, lavar y planchar la ropa, creo que es normal que no se prodiguen en mimitos, aunque nosotras no tenemos la culpa de que la vida esté montada de ésta manera, pues también tenemos nuestras necesidades afectivas y sexuales.

Tras calmarnos me comenta en voz baja.

- Ahora les ha dado a los dos por apuntarse a un cursillo de pastelería casera...

- ¡Ves! ¡Si es que no nos los merecemos!

- No, si me parece genial pero es que está muy raro y apático conmigo últimamente, y tengo mis dudas.

- No te preocupes tanto, Lía, le das demasiadas vueltas a ese tema...

- Me tienes que hacer un favor - habla suplicante posando su mano en mi antebrazo.

Me 'aovaria" cuando se pone en ese plan.

- A ver, que estás maquinando...

- Necesito que me ayudes a demostrar su fidelidad - su petición me deja helada.

- Estás de broma... - musito incrédula.

Niega con la cabeza.

Pues aquí me veis, ataviada con unos jeans y una sudadera de mi hombre, subiendo por la escalera y dirigiéndome a la clase semanal para mejorar las dotes culinarias de los tíos.

Espero que Xesco no reconozca a la Julia que hay detrás de este mostacho y las Rayban, idea de Lía, por supuesto. Al principio me pareció una estupidez pero después, sin los efectos del alcohol, no lo encontré tan absurdo, y la verdad, me picó la curiosidad.

- Buenas tardes - me saluda el fornido y moreno anfitrión a la entrada del local. Lleva una bata blanca de pastelero profesional.

- Buenas tardes. Soy Julio - miento con masculinidad - y me apunté anteayer a vuestro curso de "cocina dulce con final feliz". Supongo que es aquí ¿verdad?

- Así es - corrobora con una estupenda sonrisa - Bienvenido.

Toma una prenda doblada bajo el mostrador y me la ofrece.

- Al girar, la primera puerta es el vestuario para que te cambies. La segunda es la sala de prácticas.

- Gracias - sale mi voz original sin querer y carraspeo reiterándome en mi agradecimiento.

Tengo que tener más cuidado si no quiero que me descubran... pero qué coño...

Veo salir a un hombre caucásico vestido con el delantal, que es lo más normal del mundo en un lugar como éste, pero... ¿solamente con el delantal?

Su espalda queda al descubierto, a conjunto de sus glúteos que se ondulan en cada zancada. Desaparece tras la otra puerta. Le sigo despacio y me asomo para comprobar el lugar de reunión.

¡La hostia! Un harén de lesbianos. El sueño de toda hembra. Esto va a ser divertido.

Regreso y entro en el cambiador para iniciar mi aventura en el país de las maravillas. Lia tenía razón y voy a descubrir a qué se dedican en éste antro.

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