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10 min
ESTADÍSTICA SOBRE LA ABSURDA NECESIDAD DE HUIR DE ELLA
Fantasía |
21.04.08
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Sinopsis

      En aquel momento juraría que el vagón estaba repleto de gente de lo más variopinta. Ancianos achacosos que visitaban el baño con demasiada frecuencia, madres ocupadas de sus revoltosos hijos que tramaban aquí y allá, parejas bebiéndose los labios como sedientos en un desierto... Apenas unos sitios vacíos que denotaban los viajeros apeados en algunas estaciones pasadas tal vez hace minutos, tal vez horas. Con el traqueteo del tren, esa cadencia rítmica oculta por la llama del siseo principal al deslizarse sobre las vías. Mientras el gran gusano arrastraba todo su metal con un destino finito y demarcado, las luces del día se mecían entre nubes grises que gritaban lluvia como perro ladrador. Y el Sol, cansado ya de vagar de un lado a otro, cruzando todo el planeta en su rutina diaria, ya se despedía haciendo mutis por el fondo, sin espectáculo y, sin embargo, con elegancia.

      Siempre juraría que el vagón hervía de gente prensada en los rígidos sillones, viendo la película cien veces repetida, leyendo o escuchando música enlatada. Pero ahora, ya mecido el vagón en el túnel de la noche, no había nadie excepto él. Las luces de la estancia parpadeaban con chisteo eléctrico. Se había quedado dormido. Miró el reloj para cerciorarse de que su parada aún estaba por llegar, a más de un par de horas aún. Se acomodó sobre el respaldo. Estiró las piernas. Bostezó y se limpió la baba molesta de su barbilla sin afeitar. Entornó los ojos y alzó los brazos al cielo como queriendo tocar el techo. Todo esto sin dejar de sentirse abrumado por la sensación de soledad. Se levantó para ir al servicio y allí el miedo se agarró a sus pelotas, encogiéndolas y recordándole que ni esas tenía en los momentos difíciles. Con la puerta del váter abierta, miró a uno y otro lado, pasillos a través. En el resto de los vagones no se veía tampoco movimiento alguno, ni los insidiosos auxiliares que suelen pulular por allí en busca de billetes perdidos. En su fuero interno desearían encontrar un “sin papeles” cada día para dar algo de color y aventura a su rutina, tan monótona y gris. Ni ellos estaban. Se preguntó si tal vez habría desaparecido también el conductor.

      Dejó el mear para más tarde y se dirigió a la zona de cafetería. Los camareros no cejaban en su empeño de servir que no proteger, pues de sus precios no se libraba ni el apuntador (claro, sin competencia es fácil cobrar lo que se quiera). No quiso seguir investigando y volvió apresurado a su lugar. Aguardaría las horas que le quedaban hasta su destino. Los sonidos comenzaron a obsesionarle, los ruidos, el paisaje cambiante y veloz, cada vez más oscuro tras las ventanillas. Los televisores dejaban que la nieve se balanceara con una línea repetitiva.

      Lo extraño vino después. Una música que reconoció a lo lejos se acercaba a él. Casi vio el violín antes que al ejecutor de sus tétricas notas. Un hombre delgado en extremo dejaba que el instrumento fluyera ladeado sobre su hombro con una curiosa versión de Tocata y Fuga en Re menor. Siempre había asociado aquella música a la muerte y se cuestionó si quizá aquello no era un preludio de la misma. De Bach le agradaban otras composiciones más alegres, con mayor colorido. Aquella en concreto, le ponía los pelos de punta. Apretó la espalda contra el asiento con todos los músculos en tensión. El hombre gris llevaba un traje oscuro y la cara medio tapada por un sombrero de ala ancha que apenas dejaba a la vista sus labios amoratados en una mueca jocosa. Sabía que con el destello de la primera mirada que le dedicase, al ralentizar los últimos compases y espaciar las notas, no volvería a ser espectador siquiera de la vida misma. Y no pudo más que dejar escapar una risa tonta, nerviosa. Él, que siempre había cuidado con dedicación sus pasos, evitando los males que el mundo reserva a los incautos. Él, que controlaba el espacio y el tiempo de su existencia. Ahora estaba atrapado en una jaula andante, un féretro tal vez. En un momento, como se suele decir y aunque suene a tópico, no fue su vida lo que pasó ante sus ojos, sino la rutina de los dos o tres días anteriores, esa que seguía a pies juntillas como si de un trastorno obsesivo compulsivo se tratase. Y quizá lo fuese.

      Cada mañana salía de casa a las seis y media para coger el coche y dirigirse al trabajo. Entraba cerca de las nueve. Sin embargo, lo hacía así porque tenía que recorrer un gran parque hasta el parking donde dejaba el coche y, según las estadísticas, el sesenta y ocho por ciento de los robos a vehículos durante la noche acontecen hasta las siete de la mañana y los parques, igualmente, están libres de asalto en un noventa y uno por ciento hasta que despunta el alba con sus primeros rayos. De ese modo, antes de salir de su apartamento, desayunaba tres cucharadas de cereales y medio vaso de café con leche, porque era según el IECT (Instituto de Estadística del Ciudadano Trabajador) lo ideal para no contraer el setenta por ciento de enfermedades asociadas a la mala alimentación o al ayuno. Al abandonar su hogar, cerraba con tres vueltas cada una de las tres cerraduras, concienzudamente. Hombre precavido vale por dos, se decía una y otra vez. Además de dejar el coche bajo el techo de un aparcamiento vigilado, por eso de la seguridad, así se aseguraba una ración mínima de deporte para estimular la circulación y favorecer su salud que, bien sabía, si erradicaba la posibilidad de enfermedad cardiaca, el cáncer y la diabetes, la expectativa de vida del hombre sería de unos noventa y nueve años y él pensaba vivirlos todos. Según el INE (Instituto Nacional de Estadística), la mortalidad por enfermedades cardiovasculares contemplaba el treinta y cuatro coma cinco por ciento del total de defunciones, nada que pudiera tomarse a broma. También el tráfico era importante para él, pues en carretera se contemplaban las estadísticas más escalofriantes y prefería omitir ese dato al igual que el tráfico que aumentaba las cifras de muertos por despiste ajeno, alto contenido de alcohol en sangre o cualquiera de las decenas de motivos mortales.

      No fumaba por no alentar las posibilidades de sufrir cáncer. No bebía por no castigar el hígado. No iba con mujeres por no entrar dentro del porcentaje de venéreas contraídas en encuentros esporádicos. Llevaba especial cuidado si iba a algún lugar público, los gérmenes podían jugarle una mala pasada que le hacían temblar durante días bajo las sábanas impolutas de su cama de látex para evitar desviaciones de columna y posiciones perniciosas para la correcta ejecución del sueño. A veces, cuando salía del trabajo y, como si de un Jackson decadente se tratase, se colocaba una mascarilla tapando nariz y boca, impidiendo entrara la polución a su organismo. Era una suerte que se hubiese prohibido fumar en el centro de trabajo, sumaba puntos de esperanza de vida. No obstante, en cuanto supo que investigadores de la Queensland University of Technology habían descubierto que las impresoras láser emitían unas partículas microscópicas que flotaban, invisibles a la vista, en el aire, y que éstas eran incluso tan perniciosas como los cigarrillos o las emisiones de los automóviles, pidió le cambiaran de mesa para estar lo más alejado de ellas.

      Y al igual que éstas, otras cifras abrumaban al chico y limitaban su vida de forma extrema. En su cartera llevaba una nota que había ido confeccionando para recordarse lo benigno de sus pautas de comportamiento, aquellas que le iban a preservar la vida por muchos años. Así, replegado en el asiento del tren, mientras el siniestro hombre se acercaba desgranando las notas de Bach, extrajo la hoja de papel y la desplegó tembloroso. Era una lista de muertes por año: cuatrocientas treinta y cinco mil muertes por tabaco; cuatrocientas mil por dieta pobre e inactividad física; ochenta y cinco mil por consumo de alcohol; setenta y cinco mil por los microbios; cincuenta y cinco mil a causa de agentes tóxicos; cuarenta y tres mil por accidentes de tráfico; veintinueve mil por incidentes con armas de fuego; veinte mil relacionadas con hábitos sexuales; diecisiete mil por uso ilícito de drogas; mil novecientas por ataque de tiburón; ochenta por caídas de altura; y, ahora, al menos, una por violinista fantasmagórico en tren de largo recorrido.

      El parpadeo de las luces del vagón cesó. La música precedió al silencio repentino. Todo pareció detenerse en ese instante. Cerró los ojos. Arrugó la nota apretando bien fuerte el puño. Los dientes rechinaron. Esperó una navaja en la nuca. Él era así, resignado a pesar de las trampas que trataba de ponerle al destino. Pero no hubo corte ni caída de guadaña ni ninguna hoja que se le hundiese en la carne o sajase su pellejo. En cambio, alentado por la ausencia de tragedia, tras una larga pausa, decidió abrir de nuevo los ojos. Y la gente estaba allí de nuevo. La televisión con su película de siempre. Las ancianas y los niños y las parejas y los que leían y los que dormían, como él. ¿Había sido tal vez un sueño? ¿Un aviso? Miró hacia abajo y vio la hoja de papel estrujada en el suelo. La mano le dolía, sangraba. Se había clavado las uñas. Al subir a ese tren era un muchacho de paso medido. Al bajar, sin duda, sería un hombre libre. Y habiéndole visto los dientes al lobo, que el destino le viniese a buscar cuando le pareciese. Esta vez disfrutaría a placer rompiendo las reglas que hasta ahora se había impuesto.
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