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7 min
Estornino
Varios |
30.05.14
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Sinopsis

            En los sueños, todo se revela ante ti como por obra de la inspiración divina. No sabes cómo ni por qué, solo sabes que las cosas son así y no de otra manera. Así me enteré de que el pájaro con el que yo soñaba era un estornino. En toda mi vida jamás había visto uno. Es más, puede que no fuera un estornino. Podía haber sido un pingüino, pero como en el sueño se me revelaba como un estornino, entonces era un estornino.

 

Se trataba de un sueño recurrente desde hacía una semana. En medio de la nada, en un fondo totalmente blanco, un estornino se encontraba enjaulado. El pájaro revoloteaba de un lado a otro de su prisión sin poder salir. Claro que a simple vista el animal no mostraba ninguna emoción, pero —y nuevamente por inspiración divina— yo era capaz de percibir la angustia que al ave le producía el hecho de estar atrapado. Había sido el mismo sueño una vez tras otra por los últimos siete días. Pero esa noche el sueño cambió. Como por intervención de una mano invisible, la puertecilla de la jaula se abrió. El estornino no lo pensó dos veces, escapó de la jaula y voló sin cesar hasta perderse en la lejanía.

Paz. Eso fue lo que sentí al ver la jaula vacía en esa blanca inmensidad. Era como si la jaula tuviera vida propia, como si ella nunca hubiera querido retener al estornino, y ahora que el pájaro había volado lejos —y en irónica contraposición a su naturaleza aprisionadora— se sintiera liberada.

 

- ¡Despierta! —exclamó el guardia al tiempo que golpeaba su porra contra los barrotes de mi celda— Levántate y prepárate. Pronto será la hora de tu visita.

 

            La señora Reichenberg me visitaba ese día. Después de tanta insistencia de mi parte, ella por fin había decidido escucharme, aunque ciertamente no puedo decir qué le llevó a aceptar mi petición.

 

            Había venido pensando en lo que le diría desde hacía mucho; incluso lo practicaba frente al espejo. Me lo repetía a mí mismo mientras comía, mientras me duchaba, al cepillarme los dientes, a la hora de dormir. Me lo repetía esa misma mañana mientras me preparaba para recibir su visita, pero toda esa preparación fue en vano. No era lo mismo imaginarlo, que tener a la señora Reichenberg ya frente a mí. Ella no dijo nada. Se limitó a sentarse en su silla y esperar a que yo hablara. Su rostro representaba la viva imagen de la indignación. Al verla me sentí como un animalillo indefenso que sabe que una bestia depredadora le acecha ferozmente. Una bestia que no le dará ni la más mínima oportunidad de escapar. Era agobiante. Incluso más agobiante que el momento en que escuché mi sentencia de pena de muerte.

 

            Tenía que decírselo. Tenía que decirle a la señora Reichenberg que lo que sucedió con su hija no fue intencional. Tenía que decirle que había momentos en los que yo no era yo mismo, y comenzaba a actuar bajo quién sabe qué principios. Tenía que decirle que mis alucinaciones a veces eran despiadadas, y había ido empeorando con el tiempo debido a que nunca había sido tratado por ningún médico.  Tenía que decirle que el demonio me poseía muchas veces, y me hacía cometer actos barbáricos. Tenía que decirle que yo nunca quise arrebatarle la vida a su hija. Tenía que pedirle que me perdonara…

 

            Pero ninguna de esas palabras salió de mi boca. Le temía más a la señora Reichenberg que a la camilla con las letales inyecciones. Yo quería hablar, pero las palabras se traducían en jadeos sin sonidos. Era como si cada vez que intentaba decir algo, el aire de mis pulmones se escapaba, y no había forma de recuperarlo. Me estaba asfixiando. Mi silencio desesperaba a la señora Reichenberg, y finalmente fue ella la que habló antes que yo.

 

-Tú… —dijo en voz baja, como si quisiera que solo yo la escuchara— Tú mataste a mi hija…

 

            Al escucharle decir eso mi mente se bloqueó. No podía pensar en nada más que huir desesperadamente de la sala de visitas, pero mi cuerpo estaba paralizado.

 

-¡Tú mataste a mi hija! —me gritó la señora Reichenberg, luego se lanzó sobre mí y comenzó a golpearme sin control. Gritaba de tal manera que parecía que se desgarraría la garganta— ¡Mataste a mi hija! ¡Tú, maldito! ¡Maldito! ¡Espero que te condenes en el infierno! ¡Maldito! ¡Infeliz! ¡Devuélveme a mi hija!

 

            Los guardias que permanecían al otro lado de la puerta entraron a la sala y me quitaron de encima a la desquiciada mujer. La tomaron de los brazos y se la llevaron a rastras. Sus gritos aun se escuchaban a lo largo del pasillo. Pero más que en el pasillo, sus gritos resonaban en mis oídos, en mi mente, en mi alma, en mi corazón…

 

-Lo siento… —logré decir al fin, cuando ya nadie me escuchaba.

 

            Esa noche a penas pude dormir. Pero en el poco tiempo que logré conciliar el sueño, volví a soñar con el estornino. Y como si se tratara del presagio de algo, el sueño volvió a ser el mismo de siempre. La jaula no se abrió y el estornino no escapó.

 

- ¡Arriba! —me despertó el mismo guardia del día anterior— Te llegó la hora.

 

            Mi destino estaba decidido desde hacía mucho tiempo, pero creía que al pedirle perdón a la señora Reichenberg, al menos algo en mi interior cambiaría. Mas sin embargo olvidé que las cosas casi nunca salen como uno las espera. Lo único que me quedaba por esperar era la llegada de la hora de mi ejecución.

Me habían explicado que las inyecciones paralizarían mi corazón y mis pulmones. Eso me haría sufrir mucho, ya que para ese momento mi cerebro aun seguiría funcionando. Mi cerebro percibiría cómo mis órganos dejan de funcionar, provocando un estado de alerta crítico sin solución. Claro, todo eso sucedería de no ser porque la primera inyección de todas era de anestesia total. Pero después de todo el dolor que le causé a aquella chica, no me parecía justo que mi muerte fuera tan plácida como una siesta.

Pedí que la anestesia fuera retirada del proceso de mi ejecución, pero las leyes no lo permitían.

 

            Antes de posarme sobre la camilla de la sala en la que moriría, reconocí la presencia de la señora Reichenberg detrás del cristal. Me miraba con odio, pero también con desesperanza y triste resignación. Ella sabía que aunque yo muriera, su hija no volvería.

 

            Me acomodé sobre mi lecho mortuorio con la ingenua esperanza de que al menos el piquetazo de la aguja en mi brazo me provocara algo de dolor, mas no fue así. Y eso me indignó. Me sentía apunto de llorar de rabia, pero pocos segundos después de que la aguja pinchara la vena, me sumí de golpe en un profundo sueño del que no desperté jamás.

Suele decirse que bajo los efectos de la anestesia es imposible que una persona sueñe. Pero yo lo recuerdo muy bien. El día que dormí para siempre, soñé eternamente con el estornino enjaulado. Y por la eternidad, la mano invisible que abría la jaula nunca hizo acto de presencia.

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