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5 min
ESTRATEGIA
Amor |
14.06.15
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Sinopsis

Hay veces en que para conseguir hay que ser atrevido o, simplemente, regalar y soportar la adversidad.

Se acabó! ¡Hasta aquí habíamos llegado! ¡De hoy no pasaba! Miren me gustaba. Me gustaba con locura hasta el punto de que, con solo estar cerca de ella, me provocaba una erección. Una cosa así no me pasaba desde los años, casi infantiles, en que descubrí la razón de porqué los niños y las niñas eran diferentes. A Miren tampoco yo le pasaba desapercibido. Ni a ella ni a la gente con la que ambos nos movíamos y que ya empezaban a intercambiar miraditas y sonrisas. Algunos hasta preguntaban: -¿Qué... qué tal con Miren? Y también a ella. Lo se. Pero no había ningún "con" Miren en mi vida. Le había dado dos besos al saludarla cuando nos la presentaron y, a partir de ahí, cada vez que intentaba acercarme o hablarle, ella se alejaba o se giraba para hablar con alguien. Así que estaba decidido: ¡Hoy no sucedería! La reunión era a las ocho y se esperaban unas cien personas. La gente, cuando está sola, tiene mucha necesidad de gente a su alrededor aunque, a pesar de ello, siga sola. Bueno, a lo que voy... Había decidido llegar media hora tarde para evitar los saludos metódicos de quienes, poco a poco, van llegando. Media hora. Sin contar el pinchazo, la grúa, y varias cosas más. Llegué a las diez menos cuarto que era cuando la masa formaba los grupitos para cenar. Giré la esquina y allí estaban, en la puerta del bar, ocupando toda la acera. Mientras me acercaba, vi a Miren. Estaba en un grupito hablando alegremente. Varias personas me saludaron pero no les presté atención. Iba muy decidido. Me acerqué a ella, la cogí del brazo y, girándola hacia mi, le di un apasionado beso en los labios. La bofetada que me dio fue tan sonora que cayó a casi todo el grupo. -¡Hola! -le dije frotándome la mejilla. Su gesto era furioso pero sus ojos brillaban. Ane, una buena amiga, acudió a mi rescate. -¡Josu! ¿Qué tal? Ven, que estamos haciendo grupo para cenar. Miré a Miren. Le di otro beso en los labios, esta vez muy ligero, y me fui antes de que saliese del "impasse". -¿Qué ha sido eso? -me preguntó Ane. -Nada, no te preocupes. Técnica de acercamiento. -¿Tecnica de acercamiento? ¡Pues menuda hostia te ha dado! Sonreí. Nos fuimos a cenar y, casualmente, el grupo de Miren acabó en el mismo bar. Cuando me vio, puso cara de enfado y se sonrojó. Lo correcto seria decir " roja de ira". Sus ojos reían. Al final, como era de esperar, los grupos se mezclaron, aunque no del todo porque la chica seguía rehuyendo me. La verdad es que había una cierta tensión ya que la gente más cercana a mi y a ella, no sabían como íbamos a reaccionar. Pero no pasó nada. No me daba opción. Vi que iba al baño con Karmele. Cuando regresaba a la sala le corté el paso y le di otro apasionado beso en la boca. Ella, otra sonora bofetada. -Uno a uno -dije. -O dos a dos -contestó- Serás... Me dolía la cara pero me lo estaba pasando genial. Más que nada, viendo al resto de gente que, para nada, sabían como reaccionar. Volví a mi sitio. Miren al suyo. Mi cara sonreía. La suya, enfadada. Mis ojos bailaban, los suyos reían. Sin embargo, nos habíamos metido en una vorágine de la que era difícil salir. En la discoteca no hice nada por acercarme a ella. Lo cierto es que no le había dejado otra salida. Lo sabía pero no encontraba el modo de arreglarlo. A pesar de estar divirtiéndome, mi cabeza no dejaba de darl vueltas. A ella le pasaba lo mismo. La noche iba avanzando y la gente se había ido marchando. Ahora mismo había un grupo preparándose para ir a coger el ultimo metro. La vi sentada en una mesa. Sola. -Si me quedo, ¿me llevas a casa? -me preguntó Ane. Le di un ligero beso en los labios. -No. Hoy no. -Vale. Me devolvió el beso y se integró en el grupo. Cogí dos copas y con ellas en la mano, me acerqué a la mesa de Miren. Dejé las copas e hice el ademán de darle un beso. Movió su mano. Se lo di. Cálido, suave, tierno. Posó la mano en mi mejilla en un roce, una suave caricia. Acabamos las copas despacio, escuchando la música, hablando de cosas insustanciales. Luego, caminamos por las calles vacías y esas calles fueron testigos del abrazo, de las risas, de las caricias, de los besos cálidos, húmedos, apasionados, correspondidos... La noche se alargó. Me olvidé del coche. Ya iría a recogerlo el lunes al depósito municipal. ¡El amor es así!
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