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19 min
Etnografía nómada
Reales |
25.02.11
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Sinopsis

Diario de campo en torno a Alejandra.

 

Informante1 

 

No es que la conociese bien, pero sí que hablé unas cuantas veces con ella, y antes de eso ya me parecía algo extraña, no al principio, tan pequeña que no llamaba demasiado la atención, pero como todo animal pequeño, pongamos un insecto, cuando te acercas un poco, ya empiezas a ver que es un ser realmente raro, ¿has visto alguno con lupa? de pronto desaparece el animal de siempre y surge de la nada un alienígena; pues bien, ella era más bien una araña de plata, una criatura metálica, un poco robot, aunque se le veía latir el pulso a través de la piel, que no era blanca ni morena, sino más bien anaranjada, y decía que me recordaba a una araña porque se la veía como arrinconada, siempre en las esquinas, aunque nadie dudaba de que, llegado el momento, podía salir de allí como un relámpago, o ir saliendo un poco cada día, sólo para ir creando, o poniendo en orden, esa telaraña, esa red de geometrías disparatadas que salían de su boca, y que iban formando su reino, del que sólo salía, mejor dicho, saltaba, para crear uno nuevo.


Claro que si eras tú el que te acercabas demasiado, podías salir de allí con una picadura o un mordisco; habrá quien diga lo de las alimañas, que ellas te tienen mucho más miedo que tú a ellas, ya sabes, la defensa del que se sabe indefenso, detrás de todo antipático, suele haber un tímido, las máscaras de las presas, los colores chillones, los avisos de “no me comas que soy muy venenosa”, aunque yo más bien, la veo como un gato, que si no es él el que se acerca, ya no hay nada qué hacer, y a mí Alejandra nunca se me acercó.

Para mí, que dentro de ella guardaba algo feo, y era una pena porque estoy seguro de que, unos años antes o unos años después, tuvo que ser, o será, una chica linda, pero debía pasar una mala racha, quizá yo no la conocí en su mejor momento, aunque ¿hasta qué punto se puede conocer a alguien? y más en tan poco tiempo; otros me hablan de ella y yo no me lo creo, parece como si fuera una persona muy distinta. Será que yo a este tipo de gente no la entiendo bien del todo, como siempre alerta, girando la cabeza, como si en cualquier momento pudiera haber más de lo que hay, como si pararse a cada rato, y luego ir en dirección contraria, fuese algo lúcido, inteligentísimo. Vueltas y más vueltas es lo único que dan. Como Alejandra, que tenía una cara de mareada que yo no sé como se mantenía en pie.

 

 

Informante2

-
Yo la veía cojear, y le preguntaba si podía ayudarla, pero ella siempre decía que no era nada y seguía cojeando. A veces se sentaba en la acera, en la primera sombra que alcanzaba. Un día estaba ahí sentada, mirando como jugaba una pandilla de perros, cuando un coche atropelló a uno de ellos, pasó por encima de una de sus patas, le dio un fuerte golpe en la cabeza, y el perro consiguió alejarse unos metros, ladrando, casi como si no hubiera sucedido nada, hasta que se cayó de golpe, y los dos nos miramos. Los demás perros se alejaron. Giraban de vez en cuando la cabeza para aúllar al coche fantasma, pero poco a poco se alejaron. El otro pobre se quedó en el suelo. El caso es que Alejandra se levantó y se acercó muy despacio, miraba al perro y me miraba a mí, se agachó, lo acarició, sintió su respiración entrecortada, levantó la cabeza y me gritó: a este perro hay que rematarlo. Nos pasamos la noche buscando un veterinario, y barajando otras opciones, una pistola, una bolsa de plástico, una piedra. El perro murió, sin ayuda de nadie, a eso de las cuatro de la madrugada.

Después de eso hablamos mucho. Me contó que nunca había tenido perros, pero sí codornices, un búho y gusanos de seda, que de pequeña quería ser viuda, aunque entonces no sabía lo que era eso, que no era huérfana, pero como si lo fuera, que se había enamorado de todos los conserjes del colegio y hasta de la señora de la limpieza, aunque más que de ella, de lo que se enamoró fue del olor a lejía, que era algo que la excitaba mucho, aunque no estuviera bien decirlo, como casi nada, y que estaba harta, que a ella no le gustaba nada el silencio porque era cuando más voces escuchaba. Yo me reía y ella se reía, yo le decía que no podía creerla, y ella me decía: mucho mejor, así te puedo contar la verdad.

Cuando yo la hablaba de algo, se quedaba callada, pero yo no sé si me escuchaba, o por lo menos, no sé si siempre me escuchaba. Un día me dijo que nunca había sido niña y que por eso estaba aprendiendo a serlo ahora. La primera vez que me masturbé, lo hice pensando en Peter Pan, me dijo, y yo me reí, pero ella bajó la cabeza; después también se rió, pero poco, y me dijo que ojalá fuéramos dibujos, pero no animados, sino de tebeo malo, de esos feos, hechos con cuatro trazos, desgraciados pero simpáticos, desgraciados pero simpáticos, repitió, y yo ya no me reía tanto, entonces fue ella quien lanzó una carcajada, y me dijo, tú serías un buen ayudante del malo, de esos que en realidad son buenos y algo torpes, y tan ingenuos que nunca se dan cuenta de que van con el malo. Me enfadé un poco, porque me había llamado torpe y porque sentía que se estaba riendo de mí, pero no, sólo jugaba, una travesura, decía: segunda lección para aprender a ser niña, aunque aún me sale un poco forzado.

De esas cosas hablamos, hasta el día que se fue, cojeando un poco todavía, pero muchísimo menos. Después me escribió un par de veces, hasta que dejó de hacerlo. Hace ya demasiado tiempo.

 

 

Informante3

 

Y como lo único que venían eran borrachas pálidas y sudorosas y cada vez más tormentas y más idas de luz y el ventilador apagado y la gente que pasaba por el restaurante sólo me contaba historias de sangre o lágrimas y la cucaracha de mi baño cada vez era más gorda y más insolente y se acercaba a mí como si fuera un perro y me estuviera reprochando que la dejaba demasiado tiempo sola (y el día que se me acercó un poquito más de la cuenta la eché un chorrazo de spray antimosquitos y movió la antenas como preguntándose porqué, haciéndose la indignada, apenadísima por mi traición, y la verdad es que era la única con la que se podía hablar, aunque fuera para decirla bicho asqueroso hija de la gran puta y ella nunca me contestase) por todo esto decidí que era hora de salir de allí aunque todavía cojease, irme a la capital aunque supiese que allí iba a ser peor y pensaba este país es un tripi, peor aún, un mal viaje de tripi, y después irme a las montañas a un ashram de esos, a meditar, que para mí no era más que descansar el puto pie en un sitio barato con gente aún mas loca que yo y así sentirme un poco más cuerdo.

Y en eso estaba, cuando empezó a venir más gente al restaurante: esa chica que también tenía el pie jodido, y el otro chico, que al ver nuestra mala pata nos contó un chiste malísimo sobre dos astronautas cojos, y entonces nos miramos, señalándonos los pies y preguntándonos qué es lo que nos había pasado, y otros dos chicos más, que al parecer eran amigos, y hablaban todo el rato de un libro, sobre un jorobado cabrón, decía uno, pero el otro decía que no, que iba de una mujer triste y mala, que intentaba ser buena y no la dejaban, mientras que otro decía que era la historia de un un pueblo donde dejaban de vender whisky y al día siguiente no estallaba una revolución, y esa chica los escuchaba en silencio, y siempre parecía que tenía algo que decir, pero nunca lo decía, y luego estaba esa vieja, que contaba que dormía con una rata en la cama y se reía diciendo: si supieran mis hijos como vivo; y hablaba también mucho de los mormones que, según ella, creían en la existencia de muchos dioses, y que todos antes fueron hombres, y que cualquier hombre puede convertirse en Dios, y de los deístas, que afirmaban que Dios creó el mundo pero que dejó de interesarse en él hace ya muchísimo tiempo, y de los bogomilos, que atribuyen al Diablo la escritura de varios libros de la Biblia, y del Ku Klux Klan, que creen que Eva se tiró a Satanás, de donde nació Caín, de quien descienden todos los negros, y de la Famillia Manson, que anunciaban un Armageddon donde los negros matarían a todos los blancos salvo a los elegidos, y de la Iglesia de Sión, que defienden que la raza blanca no podrá acceder al cielo, para evitar que allí también tomen el poder , y de los Hijos de Afrodita, que celebran ceremonias sexuales nocturnas con la intención de despertar serpientes agazapadas en la memoria; y entonces esa chica se interesó, y preguntó ¿cómo es eso?, y la vieja siguió con su rollo de que buscaban la muerte mediante el sexo, y las experiencias sexuales a través de la muerte, algo que yo no entendí bien, pero que tampoco me importó demasiado, y ella siguó hablando de las prostitución sagrada y del exorcismo a través del vómito, mientras los otros chicos ya estaban hablando de otra cosa, de los muchos israelíes que se habían encontrado viajando, que alguien les había contado que después de tres años de servicio militar les daban una buena paga y solían dedicarla a conocer mundo, a desahogarse, y que muchos de ellos parecían caballos a los que les hubiese picado una avispa, que se hinchaban a drogas, que se perdían, y que existía una iglesia muy voluntariosa que se encargaba de encontrarlos por el mundo y llevarlos de una oreja a casa, y otro decía que de voluntariosa, nada, que lo que hacían era un secuestro en toda regla.

Y cuando me fui de allí, ya sólo quedaban la vieja y esa chica, que me desearon suerte, que me dijeron que ya nos veríamos, lo de siempre, y recuerdo que pensé: estas dos están liadas; que supongo que no, pero aún así lo pensé, y me dio un poco de pena irme, pero ya había comprado el billete, y ya no había vuelta atrás.


 

Informante4

 

“Yo de cada ciudad sólo conozco una calle, pero intento conocerla bien”. Así decía la niña coja. Y otro: “todas las ciudades son una mierda, pero para conocer un poco el mundo hay que conocer todas sus calles”. Y ella: “tienes razón, pero me duele el puto pie”; y en voz más baja: “y si afilas bien los ojos, con una calle basta”. Y otro más: “todas las ciudades son la misma”. “Eso no te lo crees ni tú” dijo el primero. Y yo les decía: “¿y qué más da?” Y él: “Igual da todo, Milagros, pero no es lo mismo”. “¿El qué?”, decía la coja. Y él: “Morir de drogas, por ejemplo, no es lo mismo que morir de cáncer”. “¿Porqué?”, decía ella. Y otra vez él: “Porque quedas encerrado en ese universo”. Y el tercero: “¿Y tú qué sabes?”. Y él: “yo muy poco, pero Fernando Noy lo sabía todo, y solía decir que no temía a la muerte porque ya se había muerto muchas veces”. “¿Quién?”, preguntaba ella. “Un loco argentino” respondía el otro. “¿Y cómo era ella?” preguntaba la coja; “¿Quién?” decíamos todos. “La muerte ¿cómo era?”.

“Como una rusa fría con pieles negras” respondió él. Y ella: “¿y qué hicieron?” Y él: “nada, ¿y qué iban a hacer? Fernando Noy era maricón”. Y yo: “os voy a lavar esa puta boca con estropajo”. “¿Y tú que opinas, Milagros?” decía ella. Y yo: “¿y qué quereis qué opine? yo de eso no tengo ni idea”. “Ni nosotros” decía ella, pero igual habla. “¿Y para qué?” decía yo. Y ninguno contestaba. “El silencio es muy puto” dijo ella. Y jugaba con las manos. Y nos miraba ratona. Y se mordía un dedo hasta hacerse sangre. Y mirábamos al suelo.

Y seguíamos hablando.

 

Informante5

 

Todo es una ilusión, decía la mujer de cabeza rapada, y los que la escuchábamos no podíamos evitar tocarnos. Hay que comprender el vacío, decía. Domar nuestro mono loco. Atarse a la respiración. Volverse dioses. O mejor aún: Nada.

Todos éramos fantasmas hambrientos. Y sólo nos veíamos los unos a los otros. Afuera granizaba y cuando salía el sol, volvían los escorpiones, las sonrisas y los cigarros. De noche, el silencio se volvía viscoso, y los yonquis de las palabras surgían como setas aisladas. El silencio era obligado, por eso nos lo saltábamos. Se reunían -nos reuníamos- a gritar en voz baja; como si no estuviese ya todo dicho; como si cada sonido, y cada significado, tuviese un brillo distinto.

- Habría que usar el vacío como si fuese un martillo.
Aunque para eso habría que agarrarlo y éste nunca se deja.
Por ejemplo, tú que eres matarife

- Yo no soy matarife.

- Bueno, tú que trabajas en un matadero. Ves el mundo a través de un vidrio de sangre. Yo en cambio lo veo fragmentado, como a cuadritos, igual que los tebeos en los que trabajo. Para mí el universo no es más que una onomatopeya de colores eléctricos. Habría que romper con eso.

- Yo trabajo en un matadero, pero en realidad soy poeta. No tengo nada que ver con ese vidrio del que me hablas. Cuando entro y me pongo el uniforme, dejo de ser Enrique y me convierto en una máquina. Y cuando salgo, no quiero saber nada de lo que ésta hizo. Es un trabajo muy mecánico, y mientras esa máquina está cortando cabezas, la mía crea, compone versos, se va a la sala de partos, donde da a luz imágenes nuevas. De vez en cuando, se cuela algún grito o el llanto de un ternero. O me interrumpe de pronto una coz en los cojones. Es como si me despertase y no supiese dónde estoy ¿Y qué es lo que están haciendo mis manos? Siempre me sorprendo. Pero vuelvo a encender “la máquina” y todo sigue fluyendo. En ningún momento hay vacío, ni nada que se le parezca.

- Pues “esa máquina” también habría que apagarla. Habría que apagar todas las luces para poder ver algo.

- Vaya solución.
(¿Fue Alejandra quien dijo esto? No lo sé. No perdimos el tiempo en decirnos los nombres)
A oscuras es peor: se ven chiribitas, imágenes y recuerdos, se oyen voces como la nuestra, se viven sueños: muchas veces con nuestro rostro; pero a menudo con los pies de otro.
Si pudiéramos apagarnos, sería mucho mejor. Y reiniciar de nuevo. O explotar. O morirnos, qué diablos. Regresar zombis, en ayunas, y devorar nuestro propio cerebro; y después de éste, a nosotros mismos. Y volver de nuevo como no muertos. Vampiros aburridos que ya saben que cada momento se volverá a repetir (casi) idéntico cada mil o cada cien mil años. Y que intentan agarrar “eso” que hay entre dos segundos. No para usarlo como un martillo, como tú dices, sino por el mero placer de agarrarlo. Y despertar después, una noche cualquiera, sabiendo que todo ha sido en vano.

- Y sin embargo, me parece que hay algo valioso en eso. Tanto transformarse, ya sea en monstruos o en dioses, debe dejar su huella.

- Cicatrices ¿pero para qué sirven? Aunque veces quedan bien. Pura estética.

- Claro que sirven. Como asidero. Dibujos palpables de lo que somos. Una cosa es intentar comprender el vacío y otra muy distinta caer en él como bichos idiotas.

- No hay asideros, todo es una ilusión. Ya escuchásteis a la vieja: ni en Australia ni en Nigeria ni en la India, vivimos EN NUESTRA MENTE. Lo demás son cuentos chinos.
(Esto lo dije yo, por decir algo, por meterme en la conversación. Otro cosa es lo que pensara, que podría ser eso, o lo contrario, o más bien nada. 
Y fue ahí cuando empecé a darme cuenta de que todos hablábamos de forma muy parecida. No sé si decíamos, o al menos queríamos decir, cosas muy distintas, pero la verdad es que lo decíamos como si fuéramos clones, no sé de quién, o de qué; o tal vez sea yo quien lo disuelva todo en el recuerdo. Y es que ya lo decía ella, vivimos en nuestra...)

- O sea que según esa señora, somos unos putos caracoles. Siempre con la casa a cuestas.
Y se señaló la cabeza como apretándose un tornillo.
(¿Y no pudiera ser ésta Alejandra, y no la otra? Cualquiera de las dos encajan con tu descripción. Aunque ninguna cojeaba. Incluso hay otra que bien pudiera ser ella. Una que en realidad no hablaba nunca; pero su rostro, cuando se cruzaba con otros, se transformaba de tal forma, que yo diría que era la mayor violadora de la ley del silencio. Su rostro, más que un libro abierto, era una ópera dodecáfonica de siete horas y media. Era tal el espectáculo, que yo intentaba cruzarme con ella varias veces al día, y cada vez era una ópera distinta. Sin embargo, cuando no se cruzaba con nadie, le caía un persianazo negro de golpe, como una guillotina, y su rostro volvía a ser una pizarra vacía. Si fuese ésta la chica de la que me hablas, también te podría contar que hubo una noche en la que se empezaron a escuchar explosiones, un helicóptero, altavoces, disparos. Todos nos sobresaltamos. Algunos dijeron que eran maniobras militares, otros, que batallas en la frontera, o una revolución, o una fuerte represión, o incluso la tercera guerra mundial. Como estabamos aislados, sin posiblidad de acceder a ningún medio de comunicación, no teníamos modo de saberlo. 
Uno dijo: “ya casi me olvidaba de que hay mundo allá fuera, y que es tan frenético como el que tenemos dentro”. Fue a señalarse la cabeza y terminó apuntando al corazón. 
Se dejaron de escuchar las explosiones y todo tipo de ruido. “Al menos fuera, hay descanso; no por mucho tiempo, pero lo hay” dijo otro.
Y esa chica nos miró un poquito a todos, se fue a por su mochila y se marchó. 
Cuando volvimos al pueblo, preguntamos por las explosiones, buscamos en Internet, hablamos con mucha gente. Pero nadie nos supo responder.
Y ahora que lo pienso, desde que se fue esa chica, ya no volvimos a hablar igual, como si su mera presencia tiñera nuestras voces con el mismo color, como si todos fuéramos un poco actores y ella la directora inconsciente; o nosotros muñecos, y ella ventrilocua; o más bien como si ella fuese un imán que atrae ciertas cosas, sin saberlo, sin quererlo siquiera, sin hacer ningún esfuerzo, cosas negras y brillantes, si es que eso puede existir ¿Y ves? ya empiezo otra vez a hablar igual).

 

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