cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

9 min
evoluZión (IV)
Fantasía |
23.03.20
  • 4
  • 1
  • 788
Sinopsis

Jenn ha estado durmiendo un par de horas. Abre los párpados y me deja ver el amanecer de sus dos soles, sentado desde la silla. Sonríe, atrevida y se despereza estirando los brazos.

- Nos quedaremos hasta que anochezca - la provengo - iremos a por provisiones.

Asiente y se incorpora poniendo los pies en el cementoso terreno. Su actitud de hembra provocadora sale a la luz. Se aproxima con paso lento, glamuroso, firme. La mirada iluminada. Diría que debe haber recargado la batería entre el desayuno y la siesta matutina. La dejo hacer para comprobar hasta donde quiere llegar.

Se insinúa. Posa sus manos en mis hombros y sienta sus delgado cuerpo sobre mis rodillas. No puedo dejar de mirarla. Es hipnótica.

- ¿Qué quieres de mí?

La joven coloca con delicadeza su dedo índice sobre mis labios como respuesta y me hace un gesto con la otra tocándose la barbilla con los dedos que interpreto o creo reconocer de agradecimiento por sacarla del aprieto con aquel zeta cuadrúpedo.

Sus brazos rodean mi cuello y su rostro acecha mi predisposición a saltarme mis reglas, reglas básicas de supervivencia. Está logrando que tenga una buena inflamación ahí abajo. Siento su aliento en mi oreja, bajar por la yugular, el dulce roce de su nariz en el vello, que consigue erizarlo. Luego sus labios toman posesión de mi piel, al tiempo que el calor empieza a tomar forma bajo ella.

Cierro los ojos y me dejo llevar, relajado por aquel maravilloso ser que el destino ha puesto en mi camino. Rodeo su juvenil cintura con mis brazos y un escalofrío me atraviesa. Sin embargo, se detiene. Recoge mi cara con ambas manos y me estampa un breve y tierno beso en mis labios.

Sabes a magia, maldita hechicera.

Luego se levanta y me da la espalda, volteando sus lisos cabellos, dejándome con un palmo de narices y otro de entrepierna. Ya veo que le gusta jugar con el deseo ajeno.

Así que no queda otra que arriar el velamen y dejar el tema para otro momento, quizás.

La población de zetas tiene conductas similares a nosotros de bebés. Comer, cagar y dormir. Esas son sus principales prioridades.

Se alimentan de todo lo que se mueve, desde humanos hasta animales, tanto domésticos como salvajes, y principalmente se beben nuestro plasma. Son como sanguijuelas enormes, casi vampiros.

Y son muy guarros también, pues todavía no he visto a ninguno de ellos bajarse los pantalones para defecar. Pero teniendo en cuenta su base alimenticia... tal vez no les hace falta. A ello deben su característico perfume a letrina.

Los zetas no se reproducen entre sí. Lo sé porque todavía no he visto a ninguna pareja fornicando.

Y sí. Duermen. Igual que nosotros, necesitan descansar.

Anochece. La noche añil se cierne sobre el cristal de la claraboya, pigmentando el horizonte de las últimas luces del ocaso. Hoy hay luna, perfecta para un abastecimiento rápido. Seguro que nos encontraremos con otros recolectores. Creo que Jenn me ayudará con sus otros sentidos. Llevo un par de linternas encima y saco una de ellas para iluminar el túnel de salida al exterior, también mi machete y mi ballesta enganchados a mi cinturón. Tengo mis dudas todavía con la recién conocida, aunque no puedo dejarla desprovista de al menos un arma blanca para que pueda salvaguardar su vida.

De llegada a la puerta de hierro la apago y quedamos al amparo de la grande y blanca Catalina, que nos guía en nuestro camino a través de la senda.

Me unto en la cara fango del fondo del estanque para intentar mimetizarme e invito a Jenn a imitarme. No le hace mucha gracia pero lo entiende.

Cruzamos el parque con sumo sigilo y pisamos las peligrosas calles infectadas de zetas, algunos sonámbulos, otros tirados en el asfalto y las aceras. Realmente son cien veces más que nosotros y tratar de entablar una contienda para aniquilarlos sería un verdadero suicidio.

Sorteamos juntos vehículos y farolas, evitando hacer cualquier ruido que los alerte. Las latas de refresco ruedan por la penumbra de algún callejón y el papel de periódico revolotea con la tenue brisa.

Ojos humanos nos observan. Los noto clavados en el lastre de mi sombra. Desde los pisos sin luz, las cortinas ondean al viento y alguna silueta se percibe. Las tiendas y los comercios de alimento han sido saqueados y vaciados hace tiempo, pero queda un lugar al que pocos humanos se atreven a ir. Es un paraíso donde la comida en conserva todavía abunda. El centro comercial Glorias.

Un espacio custodiado por incontables chupopteros. Quizás haya más centros repartidos por la ciudad, pero mientras pueda continuar sacando provisiones de ahí, no cambiaré de supermercado.

Pasamos el emblemático edificio en forma de falo gigante cuyas luces callan y llegamos a las puertas cortafuegos del almacén de víveres.

Permanecen cerradas y no se detecta movimiento alrededor. Suelen rondar por dentro, ya que saben lo que nos gusta la comida enlatada. Es su señuelo para conseguir víctimas desesperadas.

Miro a Jenn y le digo en voz baja que primero espere y después entre cuando dispare la alarma antiincendios con los aspersores de agua. Luego tendremos que salir corriendo con el mayor número de productos que podamos llevarnos en las mochilas.

He creado el caos en muchas otras ocasiones entre la marabunta de zetas que alberga aquel centro y de momento siempre les gano a la carrera.

Me coloco las gafas de visión nocturna, tomadas de un zeta abatido del ejército. Sin ellas estaría muerto. Retiro el candado que ata la cadena y la dejo suelta. Abro la puerta muy despacio. La tengo apañada para acceder desde fuera. Me cuelo en la boca del lobo y logro no llamar la atención. Está plagado de seres fétidos. Es nauseabundo caminar entre los muertos, por ello llevo un pañuelo a modo de mascarilla cuando salgo de compras.

Veo la escalera de ruedas y subo por ella, pero un zeta que deambula sin poder ver, parece que me huela. Mantengo el equilibrio a una cierta altura, quieto, esperando que se marche. No quiero que detecte el fuego del mechero.

Cuando por fin da media vuelta, arrimo la llama al detector de humos y tras un par de segundos, el agua comienza a regar todo lo que pilla debajo de los aspersores. El estruendo de la alarma de emergencias hace que se desorienten, choquen entre ellos y rujan como si los estuvieran matando. Ahora no pueden ver nada.

Es nuestro turno, disponemos de unos dos o tres minutos hasta que el sistema antiincendios se detenga. Guardo el mechero y bajo de un salto para tirar del brazo de Jenn y me ayude a recolectar todo lo pueda dentro de las mochilas.

Corremos por los pasillos de la mano, sorteando zetas, algunos nos tapan los destinos pero los quito de en medio a patadas y arrasamos con lo poco que queda de las conservas. El almacén está ya bajo mínimos. Jenn se adelanta y me señala la sección íntima de mujer. Pasaremos por allí y saldremos por patas después.

¡Un momento! ¿Cómo puede haber visto eso? ¡Si las gafas nocturnas solo las tengo yo! Mejor se lo pregunto luego.

Coje dos paquetes de compresas y tapones y al girarse levanta una pierna para patear el estómago de una zeta que venía directa a por mí por la espalda. Cae de espaldas llevándose a otro que intentaba levantarse.

El agua y las pertenencias acumuladas de los zetas conforman un terreno resbaladizo, donde la mayoría de las sanguijuelas luchan por mantenerse en pie, sin conseguirlo. Ahora debemos salir sin caer. Queda poco tiempo y estamos empapados. Los segundos de la cuenta atrás suenan dentro de mí cabeza. Con las mochilas a la espalda y apretando los dientes vemos las puertas de la salida. La lluvia y la alarma cesan.

Brincamos pisoteando cuerpos putrefactos que reptan por el fangoso suelo hasta alcanzarlas y cruzarlas. Respiramos afanosamente al bloquearlas con la cadena. Cierro el candado justo antes de que algún bicho al otro lado las embista. El estruendo nos espanta y echa hacia atrás, de culo, pero nos levantamos inmediatamente y nos ponemos a correr en dirección al parque, como almas que lleva el diablo, sin hacer demasiado ruido, y rogando que no nos encontremos a ningún zeta sonámbulo en el trayecto.

Salimos de campo abierto y al llegar a las desérticas calles aminoramos el paso, vigilando cada movimiento. Jenn va oteando la luna de vez en cuando y creo ver una sombra lejana y nocturna. Ella me sonríe.

Doblamos una esquina y la resplandeciente hoja de un largo cuchillo aparece frente a mis ojos. Alguien fuerte me abraza del cuello, tira de mí y me da una orden. Su socio copia la acción con mi compañera.

- ¡Las mochilas! - susurra intimidando - Dámelas y no os pasará nada.

El arma afilada apunta a mi ojo.

¡Mierda! ¡Sólo faltaban ahora los carroñeros!

Miro de reojo a Jenn y veo su cara de preocupación, aunque luego me regala un guiño.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 165
  • 4.56
  • 14

Comparto lo que siempre quise ser, lo que soy, lo que nunca seré.

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta