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7 min
EXAMEN DE MAGIA
Fantasía |
13.10.12
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Sinopsis

EXAMEN EN LA ESCUELA DE MAGIA. ULABOY SE ACERCO EL DEDO INDICE A LA BOCA Y SILENCIO LA CLASE.

La cuchara de Ulaboy se dobló considerablemente: la cabeza, la parte ancha quedó a pocos centímetros del mango de madera y con un pequeño golpe de muñeca esta volvió a su posición original. Alguien dijo que la cuchara ahora obedecería sus órdenes y antojos. Otros rumiaban que aquello ya estaba muy visto. Ella siquiera miraba, sólo golpeaba nerviosamente la mesa con rítmicos puntapiés. En un folio dibujaba algo y en la distancia pude vislumbrar una enorme “I”. Ulaboy estaba exhausto  aunque lo disimulaba con una leve sonrisa socarrona. Por su mano y brazo aparecieron pequeños puntos brillantes que segundos después formaron goterones de sudor. Lo estaba consiguiendo. De su boca apareció un extraño ruido demasiado ronco para su aspecto débil y demacrado. El sonido aparentaba el rugir de una avioneta aunque por el final alguien dijo que era un hechizo antiguo cantado en algún dialecto desaparecido. Ulaboy aparto un segundo la mirada de la cuchara para dirigirla hacia nosotros y cuando se hubo cerciorado de que la gente ahora le miraba a él y no a su milagro, abrió los párpados hasta casi dejar libres las orbitas de los ojos, volviendo estos hacia arriba y dejando en blanco su apariencia de muerto viviente. Ella gimió pasando la mano por su cara, apretando con fuerza sus ojos, plasmando aquella energía sobre el folio. En la distancia, a través de sus brazos,  pude vislumbrar una enorme “L”. Un suspiro de veinte alientos se escucho en la clase; tres dejaron escapar alguna arcada. El hechizo o el dialecto desaparecido o el camelo subió de tono hasta lo insoportable para de repente cortarlo en seco, (toda la clase dio un brinco en sus asientos) giró lentamente la cabeza hasta el brazo que en alto sujetaba la cuchara y la moldeable aleación comenzó a abrirse y rasgarse en metálicos jirones para lentamente ir formando una flor. La clase, estupefacta, rompió en aplausos pero Ulaboy se acerco un dedo a la boca y la silencio. Todos callaron. Con fuertes pasos, resonando estrepitosamente los tacones contra las baldosas se acerco a la profesora que asustada hizo un ademán de apartarse. Él acerco la brillante flor a su nariz, respiro sonoramente y la ofreció a la mujer, que cariacontecida la recogió con  ciertos remilgos. Alejándose un par de pasos Ulaboy dio una fuerte palmada y simulando invitarnos a algo inexistente con las dos manos, señalo la flor a la incredulidad. Y de la nada, mágicamente (al menos de eso se trata) una abeja argenta apareció zumbando del interior de lo que antes había sido una vulgar cuchara. Los destellos del insecto al sobrevolar la flor, la profesora, la clase y el mundo iluminaron de regocijo aquel increíble acto. La abeja, pesada en su volar se dirigió aleteando entre chasquidos hacia la ventana, posándose en el alféizar, estimulándose las alas con esmero aun el torpe movimiento y de nuevo emprendió su camino, desapareciendo de la misma forma que había aparecido, para siempre en el recuerdo. Ella vivía inquieta en su espacio, dudando de lo que no veía, sin querer mirar para no caer en el hechizo y poder desconfiar de él en su cruel intimidad. Sus movimientos aparentaron espasmódicos y reflejaba sonrisas cuando creía ser descubierta, le resultaba imposible mantener oculto su sentimiento. En la distancia, en uno de aquellos terribles espasmos y a través de su pelo pude vislumbrar una enorme “O”. Ulaboy había ganado. Poco a poco se escucharon perdidos aplausos entre los suspiros de admiración que animaron a los desencantados y perdedores hacia el elogio, hasta que convencidos de la justa derrota se unieron al clamor popular. Más calmado y engrandecido Ulaboy recogió la flor de la amarmolada profesora, dejándola en el primer pupitre para que todo el mundo pudiese observar de primera mano el resultado de su hazaña y cruzando los brazos en su pecho se dirigió altivamente hacia su asiento...

 

Las piernas de Coneygirl daban patadas al soporte de la mesa, estaba intranquila por no saberse a la altura del supuesto ganador. Observaba sólo de vez en cuando y con el rabillo del ojo el acto mágico de Ulaboy. Nunca se habían llevado bien a pesar de los continuos y antiguos rumores de noviazgo, y este tipo de competiciones sólo acrecentaba su odio. Dos semanas de espera, cuando la profesora impuso este examen, suponían demasiado tiempo para la tranquilidad espiritual que aparentemente debía reinar en la clase. Todos habíamos percibido una especie de tregua por ambas partes, pero la verdad siempre queda oculta, allá dónde el rencor se muestra en total esplendor, donde la personalidad de cada uno revienta mil veces la falsedad que se observa a simple vista. La sonrisa era equivalente al resentimiento. Lo único que pactaron fue una batalla sin reglas, encarnizada, una competición invisible para el resto que no decantaría ganador o perdedor, sino un alma sumisa y ridiculizada. Cuando Ulaboy paso por su lado para regresar a su asiento Coneygirl se levanto del suyo y con decisión marcho hasta el atril, delante de la clase, detrás de la sospecha, lejos de la victoria tanto como sentía cercana la derrota. La profesora tuvo que mandar silencio después de que Coneygirl le hiciera un gesto despectivo colocando los brazos en jarra. Sabía que la actuación anterior mermaría su situación en la escuela si no lograba estar a la misma altura. Y sabía que el milagro que tenía preparado, aquel que durante dos semanas le había producido tantos quebraderos de cabeza, no lo estaba. Es decir, ella no lo estaría y eso sólo significaba derrota y sacrificio y burla y vergüenza y sometimiento. A pesar de la animadversión hacia Ulaboy y aunque nunca se pronunció, se sintió triste al comprobar que realmente la había sorprendido. Nunca espero tanto progreso aunque sus cualidades siempre estuvieron allí. Definitivamente se sentía perdida. Y saberse y sentirse derrotada le revolvía el estómago y hervía su sangre y apretaba los dientes y los puños y los ojos le refulgían y querían salir de la carne fría que la envolvía y le hacía temblar de arriba abajo y convulsionaba su cara que temblaba de furia y gritaba sin sentidos en otro idioma desconocido y volvimos a brincar de la silla asustados al comprobar como paulatinamente primero y rápidamente después Coneygirl cambiaba de color rojo al azul y después a un verde claro y luego a un verde oscuro y su cuerpo pungido se estremecía de dolor y odio y comenzaba a agrandarse y a hincharse y a hincharse más y más hasta que sus brazos y piernas desaparecieron en una inmensa pelota enfermiza y odiosa y envidiosa que rozaba el techo y las paredes para explotar en mil pedazos, reventando ventanas y puertas allende la onda expansiva y desapareciendo por completo y para siempre como había aparecido, entre el más vil rencor. Más que un milagro, dijo alguien por detrás, aquello fue un acto de fé. De un pupitre, zarandeado por la explosión, un folio planeo desganado hasta el suelo mostrando a veces sí, a veces no, la palabra ILUSIONISTA escrita con enormes letras.

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