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2 min
Éxodo (III)
Reflexiones |
10.12.14
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Sinopsis

Fantasías tan vagas y arrogantes como las mismas palabras, que arrastraban a su paso a aquel sepulcro de huesos, celda de su alma; deseos impuros, fangosos y escalofriantes llenaban su cabeza. No eran más que ideas para el pseudo bien estar de su conciencia, así pues, imploraba por un murmullo de perdón por el mero hecho de existir.

Su corazón latía inconsciente, movido por los innegables sentimientos de supervivencia, escondidos precavidamente tras el mismo músculo coronario. Mas era coronario de su cuerpo. Esencia de su ansia.

Así pues,  Ella retornaba cada crepúsculo al cementerio de cadáveres, en la procura de alguna enérgica alma por los alrededores con la que llenar las grietas sanguinolentas de su espíritu, ya profanado, por las dulces palabras de aquella niña curiosa que, con voz tan tenue, cuestionaba la razón de su desgracia.

Mas no quería hacer daño. Ella se ocultaba en la retina de su mente acechando de cuando en cuando, perpetuando su recuerdo en cuanto veía una oportunidad de desahogarla, arrancándole la soga de la muerte para adjuntarle la de la esclavitud; su mente sabría desde aquel momento cual sería su heroína.

Y a medida que pasaba el tiempo lo fue creyendo con aún más intensidad, aunque no eran las solas palabras las que la reconfortaban de aquella niña, era el sentimiento, la pasión, o agonía que las acompañaban. Pues aquella personalidad,  que Ella iba ensesando, no hacía más que la ilustre imagen de su amor platónico, y nunca mejor dicho fuera, ya que sólo existía en la breve sustancia que contenía su cráneo:

Permanecía de pié, fumando un cigarro, con rostro de indiferencia, mas de gestos atentos. Sin mantener en demasía sus ojos en un mismo punto del paisaje; delataba la nerviosidad a la que se enfrentaba en tal situación , como queriendo huir corriendo a cada lugar donde se posaba su oscura mirada. Mas permanecía quieta a su lado preguntando: -¿Quién está aquí enterrado?-.

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