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5 min
Experiencia paranormal (caso real)
Terror |
29.07.19
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Sinopsis

Me sucedió hace unos meses y me impactó a tal grado que me vi obligado a escribirlo

Experiencia paranormal (caso real)

Esto me sucedió a mí hace un par de meses. En ese momento no pude escribirlo ni hablarlo con nadie, solo quería sacarlo de mi memoria. Ahora, más tranquilo, puedo relatarlo.
Desde pequeño he sido un ferviente fanático del género de terror. Era de esos niños que compraban la revista OVNI, veía películas de susto el fin de semana y tenía frecuentes pesadillas (lo que me obligaba a dormir en cama de mis padres).
Ahora, a mis 34 años, soy un hombre racional que todavía disfruta de todo lo relativo a lo oscuro. La universidad me cambió, hizo que dejara de creer en la religión y en mis supersticiones. Lo adoro todavía, pero lo veo como arte; no como una posibilidad.
Es necesario que describa mi casa: soy mexicano y vivo en Japón desde hace 10 años. Entiendo y hablo el idioma, no a la perfección. La casa es muy grande y alrededor hay un espacio angosto con plantas y pasto, pero no se le puede llamar jardín. Ocupo ese espacio para colgar la ropa, la bicicleta y mucha basura. Mi casa se encuentra a la mitad de un callejón, frente a una oficina y entre dos bodegas. Es una calle tranquila porque hay pocas casas, no hay ruido ni gente. Este país es de los más seguros en el mundo, ni siquiera las mujeres tienen miedo de salir solas por la noche.
Esto sucedió en invierno, hacía un frío tremendo con un viento que amenazaba con acompañarse de un diluvio. El sol terminaba de ocultarse, por eso pude ver con claridad al final de la calle. Mientras me ponía la chamarra y decidía entre regresar a casa por un paraguas o correr a la estación, a lo lejos vi algo que me erizó la piel. Me detuve a rectificar que no estuviese soñando y caminé con timidez. Era una silueta humana con ropa veraniega. Los shorts mostraban unas largas piernas huesudas y sus brazos eran del mismo grosor. Nada de carne, eran solo huesos cubiertos con pellejo. Traía una blusa rosa y el pelo a la altura de la oreja, era una especie de mujer sin edad. Su cara era grande, o era que el escuálido cuerpo resaltaba la cabeza. Sus ojos eran enormes, gigantes, también el hocico. Era una especie de rana, entre los ojos cabía más de una mano; unos siete dedos.
Nuestras miradas se amarraron. Ella estaba fascinada conmigo y yo impactado con ella. Mi parte racional buscó explicaciones para todo lo que mi mente procesaba. Tenía anorexia y no tenía frío. Sufría alguna discapacidad y estaba perdida, talvez necesitaba ayuda. No podía decidirme entre esta teoría y la otra, una más tétrica. Caminé y me orillé a la derecha para que ella pasara por mi izquierda. Ella caminó hacia mí y extendió su brazo. De inmediato me avalancé a la izquierda, ella también. Abrió la boca y sus ojos crecieron, parecía no tener parpados. Seguimos caminando y a esa distancia pude ver que su nariz era diminuta, como si hubiera nacido deforme o el resultado de una cirugía fallida.
No pude soportarlo y agaché la cabeza. Pese a que me temblaban las piernas y me dolía el pecho, avancé. A unos metros de chocar, oí su voz.
-Oye, hey… oye, oye.

La miré. Tenía los brazos extendidos, como para abrazarme. No había escapatoria, me iba a bloquear el camino. Me detuve y di unos pasos hacia atrás sin perderla de vista.
-Dime -respondí fingiendo que no le tenía miedo.
-Oye, oye, ¿a dónde vas?- Pregunto acelerando el paso y trató de agarrarme.

Ya no me importó ser evidente, le di la espalda y regresé a casa a zancadas veloces.
-Perón, tengo prisa; me tengo que ir –contesté buscando las llaves en mis bolsillos.
-¿Por qué? ¡A dónde!- levantó la voz y escuché que corría. Corrí yo también.

El horror se apoderó de mí. Corrí como si mi vida dependiera de ello y llegué a la entrada. Saqué las llaves y una garra helada me impidió abrir la puerta.
-Oye, oye; espera. ¿A dónde vas?- Más que pregunta era una orden.

Traté de liberarme con sutileza pero me apretó. Me solté con un movimiento brusco que la hizo enojar. Forcejeamos. Gané yo por ser más alto y pesado. Abrí la puerta y al entrar la cerré de un azotón. Ella golpeaba la puerta y gritaba. Cuando se cansó, golpeó la ventana de la cocina y casi la rompe. Rodeo la casa y me gritaba que saliera. Seguí su voz y la escuché en jardín de atrás. En la sala hay dos ventanales que dan al jardín, estaban cerrados pero tenía las cortinas abiertas. La vi abrirse paso entre mi ropa colgada. Estaba furiosa, fruncía el ceño y apretaba los dientes.
-¡Oye!- Gritaba al patear los ventanales.

Cerré las cortinas y llamé a la policía, fueron los quince minutos más largos de mi vida. Golpeaba y pateaba alrededor de la casa. Me sentía como un a presa indefensa y atrapada. Justo cuando dejó de golpear llegaron dos oficiales. Busqué al final de la calle y les dije que probablemente estaba en la parte de atrás. Me pidieron que me quedara detrás de ellos, sacaron sus lámparas y la buscamos. Me hicieron varias preguntas y me pidieron que volviera a llamar si regresaba.

No la he vuelto a ver, pero pensar que sabe dónde vivo me quita el sueño.


 

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Mexicano viviendo en Japón, gozando de mis dulces 16 (por segunda vez), godin deprimido, rapero frustrado, comediante serio, escritor (bastante malo [maligno, no mediocre]{creo})

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