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7 min
FELICIDAD CLANDESTINA
Amor |
05.06.22
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Sinopsis

La contraparte de Clarice Lispector.

Ella era alta, tez aceitunada, labios gruesos, flaca, de pelos sueltos.

Contrastaba con mi fisonomía de huesos grandes y abdomen flácido.

La escuchaba en el cuchicheo de los recreos con algunas compañeras. Envidiaba que mi padre fuese librero. ¡Qué frescas! ¿Acaso las envidiaba porque sus padres fueran chocolateros o joyeros?

Quedábamos en el mundo del reproche, a decir verdad, nadie lo aprovechaba. Menos yo, a quien nunca invitaban a ninguna fiesta de cumpleaños. Creo, por eso ideé mandarles postales. Aburridas, decoradas con palabras en desuso. Si no podía ir a sus casas, al menos llegaba hasta allí, para regalar algo que no sirviera y fastidiara.

Qué talento tenía para el ninguneo. El cometido era hacer sentir menos a las demás. Ese, era su poder.

Conmigo ejerció su sadismo con serena ferocidad. En mi ansiedad por acercarme, no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía. Si pedía algún consejo para planchar mi pelo, me encomendaba tareas que no me agradaban. Escribir sobre alguna compañera en el pizarrón. Mandar mensajes falsos en nombre de otras, cuyos destinatarios eran siempre varones.

Hasta que llegó el día de comenzar a infligirme una tortura china. Me informó que quería leer El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato. Debía conseguirlo y prestárselo.

Era un libro gordo, lo tenía en casa. Un libro para disfrutarlo como a copo de azúcar. ¡No! Como desayuno en la cama. Ese regalo de papá era el tesoro del Capitán Morgan. No sabía si lo deseaba de verdad o para presumir. Eso me afligía.

Me dijo pasaría a buscarlo. Esa noche no dormí. Tras seis años de concurrir a la escuela, una compañera vendría a casa. No cualquiera, “ella”, por la que sentía debilidad y simpatía. ¿O no se daba por persuadida que la seguía a distancia, por los patios, como perro a su amo?

Cuando hizo sonar el timbre, aún soñaba. Todo sería breve. Abriría la puerta. Sin gesto alguno extendería la mano. Libro en su poder, giraría sobre los talones y saldría corriendo con el botín apretado sobre el pecho y risa de hiena.

No, no dejaría que fuese así. No más humillación, obediencia, condescendencia, Si quería el libro, debía entregar algo a cambio. Algo concreto que me interesara. Su amistad, por ejemplo, bien que le abriría las puestas de la librería de par en par. A mí, cerrar las de la soledad.

Salí, encontré sus ojos negros. Se clavaban en mí, estudiaban mi ropa, mi pelo, mis zapatos, con descaro. Sin pensarlo, dije que al libro no lo habían devuelto, que volviera mañana. Me miró con desconfianza, se bajó del escalón y se marchó a grandes pasos. No sé de dónde saqué la ocurrencia, ni cómo me atreví a decirlo, me brotó:

—¿Hay rosas en tu jardín?  -pregunté a distancia-

—Si -respondió-

—Me encantan las rojas, ¿podrás traer una?

Quedó boquiabierta. Entré, cerré presurosa. En el zaguán, la alegría se apoderó de mi por completo. Comencé a hacer salticados, reírme a carcajadas. Hasta cruzarme con la mucama, seguí caminando apoyada contra la pared, haciendo señas para que no me delatara.

Al otro día en la escuela. Durante el recreo, me dediqué a dibujar con tizas en el piso. Sentía dos puñales en mi espalda. Por la tarde volvió a la carga. No contaba con que yo, ya no era la misma. Abrí la puerta y aplastó sobre mi pecho la rosa más despojada y triste que vi en mi vida.

La miré fijamente.

—El libro todavía no fue devuelto, con seguridad estará mañana. Con seguridad, desearé algo a cambio. Descuida, no quiero que te pongas en gastos. Debe ser algo que te surja dar.

Al día siguiente. Allí estaba, con una sonrisa tonta.

—Dime que te gustaría -dijo-

Escuché trompetas de triunfo. Abrí la puerta de par en par y la tiré del brazo hacia adentro. Tomemos té en el patio -dije- La vi dudar. Apareció una sonrisa real cuando me colgué de su brazo. Poco se imaginaba que existía un robusto plan, inexpugnable para su mente.

Y así seguimos. Venía todos los días. Comenzó a hablarme en los recreos. No frecuentaba tanto “a las lindas”. Dibujábamos, compartíamos alguna bebida, jugábamos a la rayuela. Conocí las mieles de tener cerca a los muchachos. Me hablaron. Me di cuenta que era efímero, que era soportada por acompañar a la presa. Magnífica oportunidad para que me conocieran. Habilidad mía, convencerlos de lo interesante de mi presencia.

Novedad fue cuando a la salida la acompañé a su casa. Muy bonita, por cierto. Contó que su mamá, había sido una hermosa madre soltera. Había soportado todos tipo de acosos. Se encontraba enferma. Su padre, un expatrón que le llevaba muchos años. Empaté la partida contando que mis padres eran grandes, su relación, fría. Tenía motivos para pensar que era adoptada.

 Me preguntó: ¿Cuánto va a demorar la otra niña en terminar con el libro? Mi respuesta fue un alegato cargado de vaguedad.

Volvimos a mi hogar. Jugamos a la oca, al tuti fruti. En el jardín del fondo, nos hamacamos buscando altura, saltamos al vacío, caímos sobre el césped y rodamos entre chillidos y risas. Se cortaban cuando veíamos correrse la cortina de la ventana.

¿Esto era felicidad? ¿Esto era tener alguien que apuntale la soledad de hija única y padres con edad de abuelos? ¡Genial! ¡Lo quiero! ¡Por siempre!

Un día, apareció mi madre. Debía de extrañarle la presencia cotidiana de esa muchachita. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo confusión silenciosa. Le resultaba extraño no entender que hacía alguien tan distinta a su hija allí.

Hasta que, el abracadabra salió de su boca:

—Somos amigas, nos gusta pasar tiempo juntas. Ella sirve té, yo leo algún cuento. Disfrutamos los juegos que no podemos ensayar en otros sitios.  Miré a madre, vi la desilusión columpiando en sus pestañas. La cara estirada por la incredulidad. Ya no podría decirme: “a quien habrás salido”, o “te irás sola como tu tía”. Otra deliciosa victoria comenzaba a paladear. Me sonrojé de alegría. Las emociones viajaban de la cabeza al corazón. Éste las hacía circular por todo el cuerpo a velocidad de montaña rusa.

Ella siguió hablando y hablando hasta que mencionó el empréstito del libro. Hecho que llamó la atención de madre. Preguntó de que libro se trataba.

—El reinado de Naricita, una niña lo ha llevado y no lo regresa -contestó-

—Tienes ese libro en la biblioteca, lo has terminado de leer o ni te interesa- clavó sus ojos madre en mí-

—¡Oh! No importa, señora, a decir verdad, los primeros tiempos venía por él. Luego supimos descubrirnos, conversar, hallar momentos. Hace un mes, ruego íntimamente no lo devuelva.

Segura de mí misma, lancé una estocada, antes que madre pueda meter uno de sus hirientes bocadillos. —Ven a leerlo aquí, durante todo el tiempo que quieras. -Menudo anzuelo-

Comenzaban los días donde el invierno se retiraba. Las tardes resultaban interminables. Ella leía sentada en la hamaca. Yo hacía mi tarea. En las pausas, la veía suspirar, cerrar el libro, salir a caminar como si nada existiera.

Éramos habitantes de una especie de felicidad clandestina. Nos semejábamos. Hermanas comunicadas por férreos puentes. Yo contaba con su amistad. Ella tenía su libro.

Dejé de ser el patito feo, me refundé en mujercita interesante.

“Ella”, dejo de ser una mujer con un libro, era una mujer y su amante

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