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8 min
Feliz Cumpleaños
Varios |
28.03.15
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Sinopsis

Una corta historia sobre la particular celebración del cumpleaños de un hombre desgastado por el tiempo y el silencio.

Hay muchas cosas que echo de menos, como la comida precocinada, la electricidad fácil y rápida, la televisión y su mala programación, las noticias... Pero sobre todo, echo mucho de menos el ruido. Antes todo era ruido, eran gritos, golpes, eran bocinas y mucho tráfico. Antes, todo el mundo se movía y la gente se movía con él, sin dejar tiempo al silencio. Ahora nadie dice nada. No hay gritos ni ruidos de los que no conozca la procedencia, no hay música alta, no hay risas ni llantos. Antes solo buscaba el silencio y la paz, y ahora aborrezco ambas cosas.
Cada paso que doy deja un crujir en el suelo, ya sea un cristal, un juguete, o un trozo de madera o de piedra, produciendo un sonido que retumba por todos lados, por toda la abandonada y ruinosa ciudad. Pronto se hará de noche, pero da igual en realidad, ya que nadie me asaltará ni robará, ni ningún animal me atacará. Tampoco me perderé, ya que me sé de memoria cada palmo de este lugar. Cada día lo recorro en busca de algo interesante que me entretenga lo suficiente como para que me entre el sueño y pueda acostarme, para levantarme el próximo día y empezar de nuevo.
—Ya empieza a refrescar, ¿eh? Seguro que pronto será invierno otra vez, espero que las navidades sean más animadas este año —digo con ánimo.
Mi comentario pasa desapercibido ante mi silencioso amigo, que va tras de mí, mirándome pasivo. Asiento y miro al frente. Él nunca dice nada, pero es mejor que estar solo.
Mientras paseamos, le voy comentando cada elemento que vemos, cada recuerdo que me viene a la mente de tiempos mejores. Él tan solo escucha en silencio mis insulsos y repetitivos relatos. Me gusta que sepa escuchar. En poco tiempo llegamos al supermercado, que, gracias a Dios, cierra tarde. No es necesario abrir las puertas puesto que siempre lo están, ya que los cristales que la protegían ahora solo son una mera ilusión producto de mis recurrentes recuerdos.
—Bien, ya hemos llegado. Si nos dividimos seguro que encontramos algo más rápidamente. Será mejor que nos demos prisa o llegaremos tarde a la fiesta.
El asiente forzosamente y yo sonrío complacido mientras me dirijo rápidamente hacia la sección de bollería. Los estantes, como siempre, permanecen vacíos. Pero, de vez en cuando, suelo darme alguna sorpresa encontrando algo que mis anteriores búsquedas no mostraron. Miro detenidamente cada estante, cubierto de polvo, mugre, y alguna que otra hoja reseca que use la balda de metal como tumba. Después de buscar en todos los estantes superiores, me tiro al suelo en busca de algo, que, cual tesoro pirata, permanezca oculto a la vista bajo los fríos y muertos estantes. Nada.
Suspiro y comienzo a rebuscar entre mis ropas y bolsas, hasta que finalmente encuentro algo. Una magdalena envuelta en plástico. Entonces, con sumo cuidado, la coloco en el estante. Me doy la vuelta y me marcho de allí, para, tranquilamente, volver al mismo punto dando la vuelta a todo el pasillo. Al ver de nuevo la magdalena, la tomo rápidamente y la alzo cual trofeo por encima de cabeza.
—¡Anda! ¡Una magdalena! Lo siento por el próximo que venga a por magdalenas, esta es mía.
Con una alegre sonrisa voy hacia las cajas. Tomo mi cartera, saco un billete de veinte algo arrugado y destrozado, y dirijo mi mirada hacia la silla vacía y mugrienta que está junto a la caja, a la cual le sonrío y le guiño un ojo.
—Perdóname corazón, no tenía suelto.
No hay respuesta, pero es igual. Dejo el billete, me acerco a la caja y tomo el cambio mientras salgo sonriente por la puerta, donde me espera mi silencioso compañero.
—Bien, en casa tengo velas de sobra. Creo que ya está todo. Si no nos damos prisa, seguro que el resto se enfada. Ya sabes que sin nosotros no se lo pasan bien.
Él tan solo me mira y yo suspiro, no es muy bromista pero es un buen tipo. Paseamos en silencio por las enormes calles, plagadas de lo que en su tiempo fueron coches, y que ahora no son más que trozos de metal oxidados. ¿Cuánto hace ya de aquello? ¿Diez años? ¿Quince años? Bueno, no creo que importe en realidad.
No tardamos demasiado en llegar a nuestro objetivo, un enorme edificio de catorce plantas con un hermoso ático, donde, por cierto, yo estoy alojado. Otra cosa que echo de menos son los ascensores. Con gran pesar, subo los sesenta y ocho metros de escalera, es un ejercicio diario que me mantiene en forma, junto al hecho de que ya apenas haya comida. Al llegar, por fin, a la última planta, suelto el equipaje en el suelo y me pongo a buscar la diminuta llave de mi puerta en el inmenso llavero que ocupa tres cuartos de mi mano. Noto la mirada de mi amigo en el cogote. Al mirarle, puedo ver el aburrimiento en su mirada por la espera.
—Espérate, tío. Son muchas llaves y todas muy parecidas. Desde luego…
Por fin doy con la llave y abro la dichosa puerta. Nada más hacerlo, se encienden un par de luces gracias a mi querido generador. El confeti sale disparado hacia el aire. Doy un bote y río animado. Sabía yo que mis amigos no se iban a olvidar de mi cumpleaños. Miro a mi compañero tras de mí y le señalo con el dedo.
—Tú sabías de esto, ¿a que sí?
No dice nada, pero su mirada me lo dice todo. Sonrío y los dos entramos. Nada más hacerlo, puedo ver a todos sentados alrededor de la mesa, esperándome, para así poder cantar cumpleaños feliz. Que gente.
Animado, me acerco rápidamente y abro las persianas del todo. La luz del atardecer ilumina por completo mi piso, el cual está repleto de todo tipo de cosas, de todos los lujos conocidos por el hombre, de todo el arte del que se pueda disfrutar. Pero nada comparable a mis queridos amigos. Es cierto que lucen algo desganados por la falta de carne, es cierto que sus pelos están algo estropeados, que sus huesos están un poco podridos y que la falta de piel y ojos les da un aspecto perturbador, pero aun así les quiero más que a cualquier otra cosa. Miro a mi amigo y sonrío. Le cojo y le completo colocando su cabeza en su cuerpo, que permanece sentado en su sitio de siempre, al lado mío. Sonrío al ver a todos tan felices.
—¡Bien chicos! ¡No perdamos tiempo! ¡El cumpleaños es solo una vez al año!
Hoy les veo pletóricos, sin duda alguna. Emocionado, sitúo la magdalena en el centro de la mesa y tomo una vela de un cajón cercano, colocándola en la misma magdalena. La sangre me hierve y el corazón me palpita. Rápidamente cierro las cortinas y tomo un mechero ya algo viejo. Enciendo la vela de la magdalena y me siento en mi sitio.
—Vale, ¡Todos a la de tres! ¡Una! ¡Dos! ¡Y tres!
Comienzo a cantar mi tan esperada canción de cumpleaños feliz. La canto de corazón, sonriendo tanto como soy capaz. Canto con una comida genial, rodeado de todo el lujo que alguien pueda obtener, junto mis mejores amigos. Debería de ser un momento maravilloso, un momento perfecto, pero… ¿Por qué estoy llorando entonces?
Mientras mi canto se extiende por toda la silenciosa ciudad, mi voz se va rompiendo a causa del inevitable caer de lágrimas. La luz de la vela se va consumiendo mientras que el único recuerdo de mi cumpleaños son mis gritos de desesperación, mi llanto inconsolable, y mi sonrisa interminable por la alegría y la tristeza de celebrar mi cumpleaños una vez más.

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