cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

4 min
Feria de Pueblo
Drama |
12.05.15
  • 0
  • 0
  • 751
Sinopsis

El despertar a la realidad social desde el espacio que ocupa un feria de pueblo.

 Una vez al año y una sola tarde para ella.


 No cuesta mucho entender la alegría que le causaba saber que la feria había llegado al pueblo y que un día, posiblemente sábado o domingo, su padre la llevaría  después de mucho ahorrar.


 Para esa niña el día de feria era el día reservado para su felicidad y no era mucho lo que pedía para estar más que contenta: una vuelta en la tacitas giratorias, el carrusel de caballitos de colores brillantes, tirar unas argollas a las botellas vacías de vino tinto y probar una suerte que no llegaba sin importarle mucho.


 Era emocionante hacer una fila con forma de gusano gigante y luego montarse en las tazas que se parecían a aquellas de los dibujos del libro de Alicia en el País de las Maravillas. Dentro de ellas y con la máquina impulsando la vajilla de fantasía, sus trenzas volaban al aire, su sonrisa se desprendía de los labios y si bien al bajar aún sentía su mundo girar, estaba más que lista para continuar en el carrusel.


 Su caballo preferido era el azul y si a su corta edad ya sabía que en la vida real no existían caballos de ese color, sentía predilección especial por ese equino que alguna vez la visitó en sueños y con quien galopó sobre nubes de algodón en noches de invierno. Todos los caballos participaban en una carrera sin ganadores acompasada con una música de organillo monótona para los adultos pero de melodía alegre para niños y niñas dispuestos a correr en círculos sin fin.

 Luego, pasando delante de la Casa del Horror y sin animarse a voltear los ojos hacia ese lugar de sustos prohibido para ella, encontraba las botellas verdes y las argollas de ligero metal. Sabía que la moneda de cincuenta céntimos era suficiente para pagar el derecho de arrojar cinco argollas y probar  a la esquiva suerte. Cinco argollas ajustadas a los cuerpos de las botellas y ganaba un oso de felpa, cuatro por una muñeca morena de vestido amarillo, tres para un perrito pequeño de ojos de botón, dos para una flor de plástico y una para un caramelo de menta. Su mejor tiro pegó la panza de una botella y lo hizo tan fuerte que la dejó tambaleando.


 Sin decir palabra y cuando caía el tibio sol de la última hora de la tarde, miraba a los ojos de su padre con la esperanza de al menos tener una moneda más para otro juego. Hasta donde recordaba, la economía de su familia siempre estaba tan ajustada como las ligas que sujetaban su negra melena. Su padre no decía nada y ella bien comprendía sin que eso fuera motivo para disminuir su alegría.

 Sin embargo, ese año fue especial y su madre logró vender dos terneros y varias gallinas ponedoras a muy buen precio y con lo que obtuvo pagó por tres chapas usadas de metal para reparar el techo de su vivienda, dos platos de porcelana para las sopas de diario y dos metros de tela floreada para los que serían vestidos que le obsequiaría a la niña en Navidad.
Como buena administradora, la madre reservó tres pesos para las emergencias de salud que nunca faltan y una moneda de cincuenta céntimos para la feria del pueblo y fue con esa moneda que en esa mágica tarde casi noche, del mes más templado del año, luego de tantos giros y música de organillo, pudo comprar una manzana con caramelo para su niña bonita.

 Al salir del predio la feria la niña iba contenta con el contorno de la boca tenido en rojo caramelo, feliz por ese día que sólo sucedía una vez al año. El resto de días antes de la próxima feria ya se amontonaban frente a la casa que los tres ocupaban y ansiosos abrían sus bocas para comerse todas las monedas posibles sin importar lo flaco de las carnes de los ocupantes.

 Apenas pasaron dos ferias más en el calendario y la niña tuvo que comenzar a vender flores en las calles y darse cuenta que con los años, los niños pobres entienden que una moneda les paga la comida del día y que los padres se van y que las madres se enferman y que los caballitos no son azules. 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta