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7 min
Fernando
Drama |
27.12.21
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Sinopsis

Mientras sostenía el equilibrio y el ansía de fumar en la sala de embarques del aeropuerto español, recordé la última conversación que tuvimos  cara a cara con Fernando.

-Debemos liberarnos de  toda contaminación sospechosa y corrupta. –me dijo y agregó.

-Fomentar una conciencia colectiva y fraterna ¿Sí todos quieren huir y no hacer nada? ¡que se vayan todos!. Exclamó dándome la espalda.

En ese momento sentí que sus palabras no fueron solo para la clase política, sino que apuntaban hacia mi persona también. Ya que por entonces yo no quería tanta discrepancia, tanto malestar y tanta exigencia, asique habilité una puerta trasera y me fui al viejo continente sin mirar atrás.

Al llegar a la madre patria, en los primeros meses del 2002, tuve que comenzar desde cero y entre miedos y dudas me preguntaba cuáles serían mis primeras contrataciones para ganar dinero, ya que estaba en pampa y la vía. Por esa época el contacto era fluido con él, yo seguía saltando de trabajo en trabajo mostrando  mis capacidades y esperando que lloviesen las oportunidades. Con el pasar de los años dejó de ser constante la comunicación con Fernando, primero por el cambio de horario y en segundo lugar porque me topé con el amor.

Nos  conocimos en una reunión de trabajo. Ella, detrás del escritorio marrón ébano, se presentó como Maru y me entrevistó. Le comenté quién era, de dónde venía y que antecedentes laborales tenía; además porque había entregado mi curriculum vitae para el puesto de community manager.

-Necesitamos a alguien que realice reporte, métrica e indicadores para análisis. -me comentó amablemente.

Diez años pasaron de ese día creando propuestas de comunicación, planes de acción en marketing y soluciones publicitarias. Pero también diez años de amor y celos intensos, de separaciones escandalosas y de peleas rabiosas. En definitiva, diez años creciendo y acompañándonos en la vida.

Hasta que hace dos días, y después de veinte años, Silvia me llamó y me dijo que Fernando murió tras una afección en la vejiga. Fue durante la operación donde le realizaban una angioplastia.

-Se complicó el cuadro y sufrió un problema cardiovascular. -me explicó con la voz entrecortada. No dudé, compré el primer boleto de vuelo que salía de Barajas a Córdoba con un sentimiento de extrañeza y sin Maru.

Ahora, los parlantes anuncian la salida del vuelo, me coloco la mascarilla y tránsito por el pasillo hacia el avión, me siento y ahogo el llanto acelerando mi ritmo cardiaco, después de veinte años vuelvo a la docta con un silencio doloroso.

Fernando era mi padre y solo lo podía llamar por su nombre de pila, no sé por qué, supongo que por respeto y tradición. Él era alto con una postura erguida y siempre se mostraba intimidante; decía lo que pensaba y más de una vez eso le traía problemas. Sus manos eran callosas y grandes ya que era carpintero y estaba todo el día en el taller. Fumaba y tomaba mate sin pausa, le gustaba mucho trabajar la madera, el aroma, la textura y la nobleza natural del material; eso lo apasionaba.

Aterrizamos en el Taravella de Córdoba y tomé un taxi hacia la casa de sepelios, transitábamos por la costanera a orilla del río Suquía separados por espinillos, algarrobos y sauces. El viento se estrellaba sobre mi rostro y el olor a peperina mezclada con smog me trasladaba  a la carpintería, le indiqué al chofer que pasara por Castro Barro y Chaco en donde estaba el taller. Cruzar por el frente me hizo sentir que estaba en casa.

 Llegué al sepelio y Silvia estaba en la puerta, la abracé y le di un beso en la frente, ella era la pareja de Fernando desde hacía quince años, era la primera vez que la veía en persona. Silvia vivía de luto constante, su único hijo había muerto seis años atrás. También su hermana y sus sobrinas en un accidente de auto, años después. Por tal motivo, me parecía que su vida era una tortura diaria desde un tiempo a esta parte.

Yo no sabía lo que era velar a nadie, ya que cuando mi madre murió yo era un bebé. Ver el cuerpo de Fernando en un ataúd me generó una sensación de vacío en el corazón y me temblaron las piernas, pues supe que ya no iba a estar entre nosotros y que en aquél 2002 fue nuestro último abrazo.

Luego del entierro, regresé a la carpintería. Al ingresar se me hizo un nudo en el alma y mis lágrimas comenzaron a rodar sobre mis mejillas. Lo recorrí silenciosamente mientras que con la manga del pullover me refregaba los mocos de tanto en tanto, el silencio del lugar me rompía en pedazos.

Entre la garlopa, el cincel, el serrucho, la sierra caladora y demás cosas encontré la caja de tornillos y clavos que él acumulaba, dentro de ella se encontraba un viejo lecor y la mitad de la entrada al último show de los Redondos. Veinte años de polvo y aserrín me transportó aquel diciembre del 2000 donde el futuro había llegado hace rato.

Estábamos en el nuevo siglo y cuatro meses antes de que el verano comenzara a hervir la sangre de todo el país. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota realizaban su última misa en el Chateau Carreras. Por esos días uno se había acostumbrado a pagar todo con bonos provinciales, a los conciertos al aire libre de los cacerolazos, a las marchas diarias y a las eternas colas en bancos y cajeros.

Recuerdo, una noche reunido frente al televisor, mientras las grandes superficies eran acosadas por hordas de hambrientos encabezadas por Atila, Fernando decía, “que ni se nos ocurriera pensar que viene Papa Noel este año, él ya está anoticiado de que si pone un pie por estos pagos sus renos iban a ser carneados”. Las bromas que hacía eran forzadas, ya que hasta la risa tenían esa mueca tensa con la mirada de preocupación.

Ya habían pasado los dos días de tronar plomo a todas horas y volvía a rugir el sonido de las cacerolas en cada esquina. Estábamos acéfalos y la temperatura no descendía. Pero, el 27 de diciembre y después de 35 años, “la academia” Racing Club, salía campeón con el paso a paso de “Mostaza” Merlo.  Fernando quedó en el suelo llorando todo el día, Nunca lo había visto tan feliz como esas últimas horas del 2000.

Cerré la caja de tornillos y me vino a la memoria una de las primeras charlas que tuvimos por teléfono cuando llegué a España, él me dijo, “No olvides de cerrar ciclos y poner puntos finales aunque seas tú el único que quede. Comienza a vivir de nuevo sin arruinar el futuro cargando el pasado, ya que este no existe más”. Sí hubiese tenido la mentalidad de hoy…

Salía a la vereda y miré el cielo, en mi mente retumbaba ya la última charla por mensaje de voz que mantuvimos el año pasado en plena cuarentena, me doy cuenta ahora que fue un consejo final de despedida por su parte, “Tienes que dar vuelta esa página e iniciar en la otra, aunque cueste y duela y no tengas idea de cómo, no te preocupes porque siempre hay un ángel para tu soledad”.

Sonreí, exhale el aire de angustia que cargaba en los pulmones y con el celular le tomé una foto a la fachada de la carpintería. Se la envié a Maru, diciéndole que en dos días volvía a Madrid.

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Actualmente un dandy sin vermú, que en el despertar de su adolescencia y luego de oír las incisivas opiniones de George C...! mientras se ojeaba la 13/20, nippur, el eternauta, el diario o madhouse lo tentó el 4 poder. En la juventud luego de hacer mucho head bange! la melena se fue, la panza apareció y la militancia llegó, militar por el asado, la cerveza, la lectura e Internet. El viejo se harto y lo mando a laburar! y aunque los años pasan nunca perdió el espirito púber punkero.

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