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4 min
Filósofo
Varios |
09.07.15
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Sinopsis

Relato incluido en "Nebulosa de un hombre que sueña".

 

La biblioteca de Filósofo es enorme. Dada su manía por el orden y el rigor, ha clasificado los estantes por género, autor, título, edición y calidad literaria. Los lugares superiores están destinados a libros no-tan-buenos, ya que es menos fácil llegar a ellos. Las obras que Filósofo siempre relee están sobre la mesa, cerca de los cigarrillos.

Sobre esa mesa Filósofo ha desarrollado la ideología literaria más importante del siglo. 

Podemos verlo ahora, si gustan, sentado en el alto sillón, grisáceo y viejo, mientras fuma tabaco y lee; su barba gris y sus grandes anteojos le dan un aura irreal: como de viejo búho pensador.

La vida de Filósofo es un lugar común.

Afuera llueve.

Mientras inhala el sagrado respirar de los dioses ―como alguna vez escribió― Filósofo piensa y analiza las palabras que acaba de leer.

Filósofo lee a Basho.

 

La tempestad de invierno

se escondió entre los bambúes,

y amainó en silencio.

 

Filósofo sabe de qué está hablando Basho; pero en el fondo lo sé, se dice a sí mismo, ya que exteriormente el sino de la poesía no puede ser revelado; la enorme y larga literalidad del poeta se encoleriza y sufre. El invierno japonés es cruel, pero el de mi país es rapaz: llueve durante días seguidos y toda la basura ―la literal y la literaria y aun la humana― flota por las calles estrechas, como las sendas de Oku.

Después de reflexionar de manera tan compleja, Filósofo se siente satisfecho.

Acaba el cigarrillo y enciende otro.

Filósofo se pasa el día así: lee, reflexiona, lee más, fuma, duerme y vuelve a leer. Ahora, la pregunta que cualquier lector despreocupado se hace no tiene más que una respuesta: no, Filósofo no ha escrito una sola línea en años.

No necesita hacerlo; su poética es importante, más que cualquier otra. Filósofo cree, como Herbert Quian, que la literatura crece y se multiplica en cualquier lado, incluso hasta en los libros.

Por eso lee, pero nunca escribe.

Kandinsky (no confundir con el pintor) viene a veces y charlan sobre música y literatura.

Blas Kandinsky teme que Filósofo amanezca un día muerto, soterrado bajo El llano en llamas o la edición del Teatro completo de Brecht. Además, cuando eso pase, Blas vaciará silenciosamente la biblioteca de su amigo. Ambos lo saben y cada día es una pugna por ver quién gana.

Hasta ahora Blas se ha llevado a casa los libros que Filósofo aborrece.

Hay otro detalle: Kandinsky escribe y, hasta donde sé, Filósofo es su primer y único lector.

A Filósofo le parece bien que un joven con un apellido singular escriba. También cree que Blas es bueno y opina que sus ejercicios narrativos alguna vez serán novelas extensas y complicadas, pero no le parece correcto decírselo; eso sería alimentar el ego de Kandinsky.

Kandinsky lo sabe y eso engrandece su ego.

 

Un par de semanas después de Año Nuevo, Filósofo y Kandinsky se reunieron por última vez. La casa de Filósofo estaba totalmente a oscuras; el viejo dormía. Blas abrió la puerta y contempló el busto de Tiberio, que aterrorizaba a los chicos; y en lo más alto de la repisa, el cuervo disecado que evocaba a Noé y a Poe; detrás de la pared estaba la daga islandesa que Filósofo se había robado del Metropolitan, y el Spagnoletto, sombrío y cruel, regalo de Jean Baquetoir. Blas admiraba ambos tesoros; tomó la daga, rasgó el cuadro y se dirigió a la habitación del viejo, que despertó sobresaltado.

Tal y como Kandinsky imaginó, Filósofo, antes de sentir el frío óxido del arma homicida, no pudo comprender cómo el joven escritor había relatado con tanta gracia su vida y obsesiones, y su posterior y futuro asesinato.

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Editor de Revista Mandrágora. Autor de "Nebulosa de un hombre que sueña" (2014). Columnista de Casi Literal y colaborador en la sección Ficciones de Murray Magazine.

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