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5 min
Flaco, sos una bestia !
Amor |
07.06.14
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Sinopsis

Ella...sumida en su deprimente panorama, calculaba cuánto más demoraría en llegar a su departamento si corría por Calle Corrientes hasta Salguero, entonces fijó la vista al otro lado de la calle. Desenmarañado cabello café claro, piloto negro y bolso a tono, un típico recién egresado de derecho o algún potencial DIF, que era como ella solía llamar a cualquier depresivo intelectual frustrado que se hace llamar escritor.

Quería llorar. Cada vez que miraba su deprimente estado de cuenta, quería llorar desconsoladamente. -Día de mierda, silencioso y melancólico, está para llorar como pendeja-. Arrugó el papel con rabia y luego lo soltó en un basurero tan colapsado de mierda como su cerebro. Se echó a andar por la avenida y en apenas unos minutos se largó a llover con alevosía. -¡Puta madre!, como si ya mi vida no estuviera lo suficientemente mal como para ahora estarme mojando; flaco (Dios), sos una bestia, la lluvia no es necesaria-.

Cruzó el puente por inercia y terminó al borde del abismo que separa la vereda de la calle, entonces una ráfaga de viento mezclada con agua le hizo caer en la cuenta, estaba frente a un semáforo en Bulnes. La señal de no avanzar le dio tiempo para hurgar en su bolso de lana por si encontraba algo con qué refugiarse de la lluvia, hasta que entendió que no habían más que boletos, tapas de cerveza y un número de teléfono borroso a nombre de “Federico”. Lo lógico habría sido intentar recordar, pero no hizo esfuerzo alguno por ello, porque eso sólo le decía una cosa: “te embriagaste anoche, te comportaste como una zorra y quedaste de salir con cualquier imbécil”; entonces dejó de hurgar. Miró nuevamente el enceguecedor rojo del semáforo y recordó que su madre iría a “almorzar” con ella. Almuerzo que era más bien una revisión como quien visita a un drogadicto rehabilitado en un loquero, tan fuera de lugar y exactamente igual de incómodo que mirar la lucecita del semáforo.

Sumida en su deprimente panorama, calculaba cuánto más demoraría en llegar a su departamento si corría por Calle Corrientes hasta Salguero, entonces fijó la vista al otro lado de la calle. Desenmarañado cabello café claro, piloto negro y bolso a tono, un típico recién egresado de derecho o algún potencial DIF, que era como ella solía llamar a cualquier depresivo intelectual frustrado que se hace llamar escritor. 

Sí, solía estereotipar todo aquello que no conocía y no conocería jamás, así como armar historias que no ocurrirían entre personas que nunca se toparían e imaginar musicales y accidentes en largos viajes en bus que no sucederían. “Es más un pasavida que un pasatiempo”, solía decir.  Y así, una vez más, se detuvo a observar.

Miró al tipo del otro lado de la calle. Estaba tan empapado como ella y ya había notado que le estaba mirando. Él bajó la mirada y sonrió. Desconcertada y un tanto molesta frunció el ceño. -De qué te ríes, no coqueteo con vos, pelotudo-, se dijo. Él volvió a sonreír y la miró fijamente al tiempo que una ensordecedora ambulancia bloqueó la comunicación como una barrera, la estela de la luz roja de la sirena le iluminó las facciones por un par de segundos y a ella le pareció simplemente hermoso. El tipo murmuró un par de cosas que ella no supo descifrar y el parpadeo de la luz la hizo cambiar irremediablemente.

95 segundos después de haberse parado frente a ese semáforo, de haber olvidado lo olvidado la noche anterior, de haber recordado el karma de su vida, por fin podía cruzar y correr a su departamento. Sin embargo, temía cruzar la calle junto a un tumulto de imprudentes peatones ausentes, temía cruzar la calle y acercarse a uno de aquellos tipos de los que había huido desde la última vez que le rompieron el corazón con una copa de vino, temía correr demasiado rápido y no alcanzar a amarlo lo suficiente en un par de segundos. Así que caminó. Caminó decidida a decir algo, cualquier cosa, pero algo para capturarlo en una foto imaginaria.

Uno, dos… Tras dos pasos se tuvieron uno frente al otro. No se detuvieron. Y antes de terminar de mirarse de soslayo se dijeron –te amo-. No, no hubo beso ni abrazo posterior, ni un grito desesperado, ni tampoco un susurro amante. Fue simplemente una declaración de amor entre dos desconocidos, una declaración de amor en su más pura e inocente versión o quizás un acuerdo inconsciente y fugaz.

16 segundos después, ella ya estaba al otro lado de calle. Entonces se echó a correr. No miró atrás y no pensó en la lluvia, corrió hasta que se encontró mojada de pies a cabeza fuera de su departamento. Impávida frente al #463 de la puerta, recién comprendió lo que había sucedido. Se lanzó de rodillas al suelo y vació su bolso. –No puede ser, no puede ser, no puede…¡Mierda, dónde está!-. No habían más que boletos, tapas de cerveza y un número de teléfono borroso a nombre de “Federico”. Sí, el chico de pelo café claro desenmarañado, de piloto negro y bolso a tono, con quien no recordaba haber dormido esa madrugada, con quién había quedado de salir algún día y a quien había amado por segunda vez en un día. El número telefónico estaba irreconocible –Puta lluvia Flaco, sos una bestia-.

Era un hecho, quería llorar, nuevamente. 

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Ciudadana del planeta, nacida en Chile al sur del mundo. Periodista. Me gusta reír fuerte y soy adicta a la brutal honestidad, tomo fotografías cuando algo me parece que debe ser recordado. No tengo memoria para las situaciones, pero recuerdo bien cada sensación.

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