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15 min
Fortuna y Chernobil
Terror |
22.01.15
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  • 513
Sinopsis

Lo ocurrido en Pripyat es uno de los incidentes que más marcaron el siglo XX. Tengo pensado hacer una novela ambientada en este lugar. Espero que guste.

                                                  Fortuna y Chernóbil

                                                           José León

Quizás la decisión de ir a pintar por los páramos radioactivos de Chernóbil la tomamos definitivamente en el bar cerca del centro comercial Los Arcos ubicado en Sevilla. Solíamos quedar para hablar y beber cervezas una vez por semana. Cada jueves entre las cincos y las seis de la tarde, formábamos un corillo alrededor del barril color depresión, en palabras textuales de Santiago, que marcaba el centro del salón principal soportando un candelabro desgarradoramente gótico. El tercio era, Cristina, Santiago, yo y Rubén. Todos quisimos con la moral disparada por el alcohol y el fulgor del fuego nostálgico de la chimenea encendida a destiempo y seguramente en una de las últimas veces del año, llegar hasta el centro mismo de la ciudad ucraniana que siempre llamó tanto nuestra atención y volver con buenos cuadros pintados in situ, pero la realidad fue bien distinta: Cristina unas semanas antes de la fecha de partida, en uno de esos quiebros casi involuntarios que terminan cambiando una vida, marchó a Barcelona a visitar a sus abuelos y consiguió una plaza en un instituto como maestra auxiliar en el departamento de bellas artes. Pocos días después, con el verano en pleno apogeo de turistas, algo que comenzó siendo una simple disputa por un pincel terminó convirtiéndose en una pelea a puñetazos en la que acabó Santiago tumbado sobre la acera con una brecha en la cabeza y varios dedos rotos asi como el labio inferior destrozado. Antes de caer seminconsciente al suelo, le hincó un cuchillo de cortar pan en el pulmón derecho a Rubén con tanta fuerza como pudo. El otro llevándose la mano a donde le había abierto la herida, gritó salivando mientras flexionaba el costado, echó a correr escupiendo sangre al suelo a por un taburete y una vez que lo hubo agarrado, en dirección a Santiago con la idea de destrozarle la cabeza contra el pavimento. La gente se abalanzó al unísono sobre él impidiendo que lo asesinara. Yo ese día afortunadamente no estaba en el bar. Aunque me enteré por la tarde en una llamada de la madre de Santiago de que los habían ingresado en el Hospital Virgen de Macarena. Los visite esa misma tarde. Estuve poco tiempo y en la práctica fue más un interrogatorio con aires paternales que otra cosa. Mi principal objetivo cuando fui era conseguir la palabra de Rubén para que intentara por todos los medios reconciliarse con Santiago que había quedado peor hasta el extremo de estar en la U.V.I. Salí del hospital con desanimo, hombros derrotados e inmensas ganas de volver a verlos en el estudio o en el bar. Pero también salí de allí con el compromiso de Rubén para que pusiera las cosas en su sitio con la familia de Santiago y con el propio Santiago, y con el compromiso conmigo mismo de llegar a Pripyat caballete y maletín en ristre y, delante del reactor, pintar siguiendo nuestras teorías modernas no lo que se observa sino lo que se siente estando en el lugar. Un sitio que debiendo ser el corazón enérgico de todo un país, la cabeza de la vanguardia de la tecnología, el futuro indiscutible muy superior a cualquier rival, no es más que una catástrofe sin nombre que costó la vida a docenas de miles de personas y por poco no destroza medio continente. Las fotografías que practicaron a algunos niños que en etapa fetal estaban en Prypiat hablan por sí mismas con mucha más contundencia que cualquier cuadro. Por razones asi en este tipo de lugares no tiene demasiado sentido pintar lo que aparece frente a los ojos. Llegado el momento hay que ser capaz de plasmar en el lienzo la emoción sentida y no la imagen como tal. Al principio la idea de los cuatro era pintar los cultivos en suelos toxico que, no obstante, dan vegetales que alimentan a los pocos aldeanos que quedan en el lugar sin provocarles la muerte, la central nuclear y la noria del parque de atracciones parada hace treinta y cinco años a unos cuantos quilómetros de distancia; cuando paseé solo por primera vez por el lugar tube la certeza de que ninguno lo hubiera hecho, al menos no sin demasiadas contradicciones. Debido a nuestra formaciones ideológica de izquierdas y al hecho de ser todos de pueblo, pondría la mano en el fuego por que cada cual hubiera pintado elementos mucho más modestos, cosas como los cultivos irracionales sembrados en las cercanías, alguna muñeca destartalada o a lo mejor uno de los muchos Gaz Chaika de mediados de los setenta desparramados por las calles, pero probablemente no un emblema como la noria ni mucho menos la central nuclear Lenin. Aunque todos en algún momento habíamos hecho al menos un bosquejo del reactor mirando imágenes por internet, simplemente el silencio cegador y el aire estancado en Chernóbil, cada bocanada era como fumarse varios cigarrillos sin filtro de golpe, eran elementos suficientes para dejarlo estar en la lejanía sin más. A pesar de todo llegué casi al reactor con el equipo para pintar y una de las obras que hizo Santiago en Sevilla bajo el brazo. Insistió mucho en que me la llevara cuando fuera. Según me comentó, quería que el cuadro viniera con la radioactividad, energía arcaica utilizando su lenguaje, presente como en ningún otro sitio ahí. Por lo visto quería en el salón de su casa un cuadro hecho por el mismo que pudiese provocar cáncer. Evidentemente cualquiera que yo fuese a pintar en Chernóbil tendría los mismos efectos, pero aunque solo fuera por haberlos terminados en tan remoto y, ¿por qué no decirlo?, en este sentido rentable lugar, merecía la pena trabajar expuesto a altos niveles de roentgens. Pude notar por primera vez que los niveles de radiactividad eran muy en serio perjudiciales cuando llegué al parque de atracciones presidido por la sombra ovalada y caprichosamente enrevesada de la noria en el suelo envenenado. Desplegué ahí el equipo con la intención de pintar unos bancos con periódicos de poco antes del accidente en un estado de conservación increíble. Los periódicos descansaban mojados por las lluvias sobre los bancos como si alguien que momentáneamente hubiera ido a por café los hubiera dejado sobre el respaldo con sumo cuidado. Estuve unas dos horas pintándolos. Luego me dirijí al antiguo edificio de la piscina. Coloqué los materiales en el interior del hueco vacío a excepción de unos cuantos restos de muñecas y multitud de cristales, algunos con signos evidentes de haber sido quemados. Pinté entonces con dificultades respiratorias la cristalera medio derruida que dejaba filtrar una luz esponjosa de tonos anaranjados. Cuando la radiación hizo demasiado daño en mí organismo, salí del lugar e ingerí comida y algo de vodka ruso. Luego volví al trabajo con parsimonia. Este cuadro lo tuve terminado en unas siete horas. En el fondo de la imagen se podía apreciar mi recuerdo de la noria del parque de atracciones que, sin haberme atrevido a pintar en el lugar, no pude menos que reflejarla estando metido en faena en el hoyo de la piscina. La noria la pinté flotando entre las nubes de naranjas oníricos y plomos imposibles en cualquier cielo verdadero que sin embargo vi de verdad. En la escena también reflejé unas pequeñas huertas con cereal que rodeaban casi todas las casas habitadas de las inmediaciones de Pripyat y por último la cristalera de la piscina en la pared de azulejos mohosos que la soportaba. Con el título, “Fortuna y Chernóbil” precinté el cuadro y lo guardé en un maletín de plomo junto al resto de obras que hice en la zona. Nada más cerciorarme de que lo tenía todo hecho ya, me apresuré a deshacer el camino. Regresé a España en doce horas hábiles. El viaje de vuelta transcurrió apacible y rápido a una altura constante de 15.000 pies. Estando ya aquí, una vez que llegué después de la travesía, pude disfrutar de un baño y una cena cara a cara con el cuadro. Como con cualquier pintura que terminaba, la puse en los reposabrazos de una silla justo enfrente de mí en el otro extremo de la mesa. Entre medio un florero con tres soportes para velas siempre prendidas. Esa noche en particular cené espaguetis con salsa boloñesa y tomé vino barato del Duero. Casi no hice otra cosa que no fuese mirar el cuadro divagando como cuando era un estudiante entre las pinceladas que le daban relieve y que yo mismo había trazado sobre el lienzo. Conocía perfectamente que tanto la pintura como la tela, estaban envenenadas con lo que asfixiaba todo en Chernóbil. Sentía un calor muy peculiar proveniente del cuadro acompañado de cierta luminosidad, una neblina ominosa, que se desprendía sobre todo del lado izquierdo del lienzo. Apagué la luz y pude comprobar que no eran locuras. La tela verdaderamente brillaba en la negritud y si uno se acercaba a ella, la calidez que emanaba llegaba a provocar sudor. Nunca antes me había levantado de la mesa en ese tipo de veladas sin terminarme la botella entera de vino. Pero aquella noche sentí necesidad de vomitar y mareos provocados por el cuadro. Salí nada más que pude a respirar en el balcón y por poco un tropiezo no termina matándome. Me senté en un pequeña silla que siempre he tenido en el balcón agarrándome con una mano de la baranda más mareado todavía con el cuadro en mente. Sabía que era una pieza genuinamente cara, pero no obstante conocía de igual modo que no era ni mucho menos inteligente tratar con la pintura a menos que tomara medidas de seguridad contra la radiación. Lo que hice fue devolver el lienzo a su maletín de plomo. Luego me dispuse a hacer bocetos con carboncillos en papel encerado de como deberían ser los soportes para el cuadro. Terminé pintando una suerte de cofre con una de las paredes de cristal blindado. Al día siguiente mi primera faena fue ir a por alguien que pudiera construirla por un precio lógico. La caja, que finalmente se construyó de acero inoxidable, estuvo terminada el Jueves de la semana siguiente, costó setecientos euros, presentaba la clase de un trabajo bien hecho a manos de profesionales y junto con el cuadro, pude venderla en menos de quince días a una vieja coleccionista amiga de Rubén. Le devolví a Santiago su cuadro después del fugaz periplo por Ucrania cuando abandonó su habitación, un mes después de que lo hiciera el otro con unos tres quilos más, falta absoluta de simpatía por el mundo, ningunas ganas de volver a pintar, algo que a todos nos pareció transitorio pero que mantendría durante varios años, la misma apatía por su familia, especialmente por su hermano mayor e inmensas ganas de volver a encontrar a Rubén para saldar cuentas, por no decir directamente para matarlo aun teniendo en cuenta las disculpas de este. Afortunadamente debo decir que no llegó la sangre de ninguno de ellos al rio. Y, aunque nuestra relación nunca volvió a ser la misma, sí que pasado el tiempo se reconciliaron e incluso fuimos capaces de volver al bar, en algunas ocasiones hasta regresó Cristina al tercio, para disfrutar de las copas que se encartaran, sin la misma complicidad ni el mismo trato fraternal, pero con idéntica atmosfera de querer hacer mucho y marcar historia aunque ahora dispusiésemos de menos tiempo. En estas conversaciones de bar siempre tocábamos los mismos temas. Con singular inclinación me repetía en los temas a tratar yo mismo. La razón sencillamente es que nunca pude superar lo ocurrido con "Fortuna y Chernóbil”. Se trataba de un cuadro que pinte en condiciones muy especiales con una historia única detrás. Muy pocas semanas después de que fuese vendido, la marchante que lo adquirió, que como he dicho era una señora amiga de Rubén, lo encajó en el marco especial anti radiación para colgarlo en el salón de su casa. Lo expuso encima de una ventana con acceso a Menéndez Pelayo, avenida que cualquier sevillano debe conocer bien. Enfrente de la ventana, todas las tardes se ponía a coser a estilo punto de cruz. Fue una profesora de universidad ahora jubilada que había perdido a su marido, en su día también cercano al mundo del arte y amigo de Rubén, en un accidente de moto baste turbio y aciago: tuvo que estar Elisa paciente a los pies de la cama de su marido durante seis agónicos meses para al final verlo morir sin oxígeno en lugar de caminar con una sonrisa. Disfrutaba de buena pensión y capital acumulado durante variopintos años de actividad profesional en la universidad. Mientras transcurría esta última etapa de su vida, su rutina era sencillamente pintar cuándo se veía inspirada y coser a diario exactamente ahí, en frente de la ventana con vistas a Menéndez Pelayo. Ella notó que tenía algo muy especial nada más verlo, pero, y no hay más que tener en cuenta que pagó 3.200 euros por todo, ni de lejos pudo prever lo que le terminaría ocurriendo con mí cuadro. Primero se quitó de hacer punto de cruz, luego empezó a comer cada vez menos, a relacionarse menos, a aislarse más en sí misma. Se pasaba las horas y las horas en el salón de su casa, sentada sobre su mecedora mirando alternativamente entre la ventana y el cuadro colgado encima. Al trascurrir  un mes y medio o dos meses volvió a coser otra vez, pero en esta ocasión no tejió nada parecido a una camiseta o a un Jersey, sino que empezó con su primera y última escultura de lana. Copió con tanta exactitud como pudo la noria del cuadro en un boceto y a partir de él comenzó a levantar la escultura con hilo blanco y algún resto desgastado de amarillo. Valiéndose de los conocimientos que había adquirido durante toda su vida académica, hizo con precariedad, eran sencillos restos de periódicos encolados, pero con extremo tacto en las formas, la noria de mi cuadro. Una vez que la tuvo terminada, comenzó a tejer las formas que luego pegaría en la maqueta. Terminó la noria una semana después de haberla empezado en un día increíblemente soleado de Mayo. Desde el momento en que la terminó, o al menos esto dicen los médicos que la están tratando, en la práctica no hace otra cosa que no sea hacerla girar. Con movimientos taciturnos y decididos, gira la noria una y otra y otra vez. Cuando la visité por último en el área de enfermedades psiquiátricas del Hospital Virgen del Rocío no pude verla. Al preguntarle a los psiquiatras que donde estaba, me comentaron que había tenido que recibir medicación y medidas correctoras. En particular ese día desde que se despertó hasta que tuvieron que darle unos calmantes, no había hecho otra cosa que no fuese girar la noria, pero esta vez con colillas que había ido metiéndose en el bolsillo de la bata durante los últimos meses rebozando en cada cabina. Al entrar el doctor en su habitación y preguntarle por su estado, se levantó corriendo de la butaca en la que tenía la noria en el regazo y apagó el televisor arrancando el cable de un estirón gritando que esperaba que vinieran cosechas mejores. 

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  • Gracias por tus palabras, Ricardo. Tengo muy en cuenta tus críticas.
    Está muy bien narrado, escribes bien. Pero hay algunas cosas que no veo muy lógicas, como que una persona se arriesgue a ir allí para pintar un cuadro sin protección ni nada de seguridad. También lo que siempre te digo: recomendaría que lo dividieras en párrafos, pues el ver ese tocho echa para atrás; yo mismo dudé si leerlo, pero siento mucho interés y curiosidad por Chernóbil y siempre trato de leer y ver todas las historias que hablen de ello. Saludos.
  • Un grupo en busca de tecnología especial

    El trabajo de Maringá es un relato que habla por si mismo

    Lo ocurrido en Pripyat es uno de los incidentes que más marcaron el siglo XX. Tengo pensado hacer una novela ambientada en este lugar. Espero que guste.

    Algunos tienen desgracias; otros obsesiones. ¿Quienes son más dignos de lástima?, Del inconveniente de habar nacido, Emil Cioran.

    Un filósofo alemán describió la locura como la rotura del hilo de los recuerdos. Humildemente encuentro esa definición perfecta.

    He querido hacer critica social, sin perder el estilo en el quiero especializarme, del momento presente.

    He estado en una tienda muy parecida a la que aparece en el relato. No me encontré nada tan irónico, pero si una profunda sensación de extrañeza en ese lugar. Humildemente estoy muy satisfecho con el resultado, y quisiera intercambiar opiniones cuando lo valoren.

    Este relato lo publiqué hace algún tiempo bajo un seudónimo. Lo hago público ahora con mi nombre auténtico, pero manteniendo el sentido original; que sea como un chispazo. El titulo, Paréntesis creativo, apunta ya en esta dirección. Espero que guste.

    No recuerdo quien dijo que para hacer una buena historia, debe parecer más real que si hubiera sucedido en realidad; esta era mi intención cuando escribí Infierno.

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Soy un estudiante de bachillerato de vida agitada y vocación literaria inquebrantable.

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