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15 min
Fragmentos
Suspense |
02.06.15
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Sinopsis

La culpa es el Dios más implacable, ¿quiere que se lo repita?

             Fragmentos de la nota que El Coronel Víctor H. Grenwald  intento quemar con el resto de sus papeles, un par de horas antes de su muerte.

           (Ilegible)          …porque ella había decidido ir no ya a la India, que hubiera sido entendible por su carácter abrumador y su genio ingobernable, no. Se empeñó, explicándome con un plañir aniñado, que era la primera y quizás la única vez que llegaría, que vendríamos tan lejos y quería visitar el pueblo natal de Krishna, una villa a ciento cincuenta kilómetros al sur de Delhi, la ciudad de Mathura en la provincia sagrada de Braj-Bhoomi.  Callar fue mi perdición, lo entiendo ahora, demasiado tarde. Supongo que ella con sus oraciones le prometió al Dios una serie de conductas dignas, que finalmente alguien tendría que satisfacer. Y parece que el Dios interpreto sus imprecaciones al pie de la letra. Fue mí perdición. Yo no creía en nada, no creo en nada todavía, pero de cualquier manera parece que estuviera infectado, podrido, a palo (ilegible). Hay algo que se me retuerce en las tripas, va y viene, no para. Y siento como si fuera ahora, la estación de trenes de Delhi, en medio del gentío y la multitud. Una mano de uñas filosas que me hizo girar en pleno andén. Pudo ser cualquiera, sin embargo, el hedor de comida y especias que nos acompañaba desde que pisamos India, desapareció ante el toque delicado y atroz. Pude decirle a ella, amorosamente, no. Pero allá en Mathura recorrí los milenarios pasajes subterráneos hasta la corriente de agua sagrada y hundí los pies y la cabeza hasta casi ahogarme. Mi perdición. No fue ella, ni su obstinación, pude negarme. Pude hacerlo. La deidad me escarbo por dentro y no pude rechazar el examen. Como cuando se asa un cordero o un cerdo, me encontré abierto de par en par frente a ese Dios hijo de puta y me chorreaba el pus, podía sentirlo gotearme entre las piernas. Después todo se descompaginó y lo peor fue ella. Yo tenía que mantener cierta partitura, cierta música, es decir delicados silencios. Los fundamentos de lo que hacíamos los guardaba en la caja, esa es la verdad. Ella no tenía que saber, no podía saberlo….

                (Fragmento del testimonio de Bermúdez, camarada de Sus Piano)   

…Un tipo desagradable Grenwald, bien vestido y perfumado pero desagradable, quizá fuera ese talante de rasgos sin empatía con la raza humana. Lo que en otro era natural en él parecía forzado, fastidioso, estudiado. Como sea, las deudas traen eso ¿vio? se establecen casi siempre por lo indeseable del que nos fía. No era agradable estarle cerca. Más ahora, que ya no tenía ese halo que le diera el poder. Ahora era un viejo de mierda. Si no lo conocías podías pensar en un bancario o en un garca del ministerio, con el sobretodo y toda la mierda. En fin, era alguien con quien no te verías si no mediara una obligación. Que era la cuestión de Sus Piano esa mañana. Como casi todo en él, llego sin avisar, cuando el hombre menos lo esperaba le estaba golpeando la puerta de su pieza en la pensión. Por lo menos, parecía darle asco el lugar. No dio ni tres pasos dentro...

         -- Lord Byron, no. No, palabra que no --. dijo Piano

         -- …San Vicente. En todo caso hace combinación en Temperley. Es difícil perderse en un pueblo tan chico. Serán dos o tres cuadras de la estación, no se puede equivocar… aunque quiera.

         Los dedos de Sus tamborilearon sobre la mesa. Miró a Grenwald manteniendo la mueca irónica, que de inmediato se disolvió en un gesto de claridad. El viejo estaba fastidiado

         -- ¡No! Si no tengo miedo de perderme, escúcheme. Nunca me he perdido en la vida. Lo que pasa es que no me suena ¿vio? Lord Byron… es. ¿Qué seria, un marino Ingles, Norteam...

         --Poeta… poeta. En este caso es un nombre nada más. El nombre de una calle, una callecita…, es lo único que le tiene que importar.

        -- Me figuraba algo así –mintió Piano--. Mire usted. Y es grande Inglaterra, no tan, pero grandecita, sí señor. Ahora ¿digo yo, que hay en San Vicente?

         -- Se va a la dirección que le di. Entra en la casa. La llave la tiene ¿no?

         -- Si señor—contestó Piano –, aquí la tengo –dijo palmeándose el bolsillo de atrás del pantalón.

         -- Bien. Entra y me llama. Yo después le voy explicando. Va a encontrar todo enquilombado y sucio aquello, ya no vamos mas por ahí.

         Sus observaba a Grenwald de soslayo. Éste parecía reconcentrado en los poros abiertos de la madera de la mesa. No quería mirarlo. En realidad Piano hubiera deseado no haber entrado nunca bajo su influencia, pero cuando la soga viene con mierda hay que agarrarla con la boca. Grenwald permanecía  estólido junto a la puerta, y lo miraba. No dejó de verlo un solo instante. Y Sus transpiraba.

         -- Y lo llamo por teléfono – (¡Y sí!, acabala de una vez), casi se le escapa a Sus. Cuidado.

         --Allí termina casi todo para usted, en el sótano en un rincón están apiladas las cajas, se tiene que preocupar de la que dice Mathura en la tapa, lo demás no importa, déjelo -–Apartó los ojos de Sus con un suspiro condescendiente, y se acercó a la mesa--. La cuida con su vida…la caja… Ahí tiene lo suyo. -- dijo Grenwald.

        El envoltorio de papel de diario atado con hilo chanchero, golpeo la mesa y quedo al alcance de la mano izquierda de Sus Piano. Tiene el tamaño de media docena de huevos pensó involuntariamente, pero no eran huevos.

          -- Mire Piano, esto que le pido que haga es vital, no me falle, usted es hombre de mi confianza. Se la trae para acá nomás la caja, yo la vengo buscar.

          Cuidado se dijo Sus Piano. Y los dedos como de niño que le tocan la espalda. Viene. No lo puedo evitar parece. La estación está bastante colmada y el no puede moverse con comodidad, así que no sabe que o quien lo hurgo a la altura de las costillas. Es extraño el tiempo, ahora que lo veo, parece pintura. Están mesclados los colores sin orden ni medida. Como cayendo unos sobre otros y todos sobre uno.

         -- Si señor. Gracias Señor. Muchas gracias. 

         -- Ahora me voy – De improviso secó sus manos en las perneras del pantalón, metió luego la mano en el bolsillo del largo sobretodo negro, extrajo la pistola y la dejo sobre la mesa          --. Esto es, por si…usted sabe.

         -- Sí señor, ya me lo sé de memoria. Es por aquello. Sí señor—Sus tomó el arma y la calzó en su cintura —. Sí señor, es por aquello.

         Grenwald se acercó a la puerta y tanteó el picaporte. Se volteo hacia Piano.

         -- Yo. …Esto que hago, lo hago  por ella, que no sepa en las mierdas que andábamos por la patria. No puedo creer que esté todo dicho ¿me entiende? … Con estos políticos cabrones...

        Cuando se quedo solo, cuidado, Sus Piano se dirigió a la pequeña cocinita. Encendió el fuego de la hornalla y tiró sobre ella una plancha negra y grasosa. Sacó de su cintura el arma, una pistola Walter P38, casi sin uso, y la dejó en el estante forrado con papel de diario. Su mirada distraída pasó por el rectángulo del espejo, clavado sobre un maderaje contiguo a la cocinita. Y se vio. Detuvo la mirada en eso que lo escudriñaba a la vez. Cuidado.

         La barba crecida, el pelo en desorden y sucio. Sus ojos como de león, decía la Zulema. Mucho cuidado. Y la cicatriz. Cruzaba la mejilla izquierda. Profunda, palpitante. Perdiéndose en la comisura de la boca, torciendo unos milímetros el rictus. Forzándolo a una mueca. Confinando a sus gestos de por vida, a adaptarse al tajo morado. Por milímetros no tocaba el parpado inferior. Era una media luna carminada que cortando algunos nervios aquí, algún músculo allá, lo mantenían con la mitad del rostro tenso y lobuno.

         Apartó la vista del pequeño espejo. Cortó un trozo de grasa pálida del churrasco y la aplastó con el plano del cuchillo sobre el hierro humeante, que chirrió mientras se disolvía la grasa en un espeso tufo acre y dulzón que invadió el cuartucho, cuidado. Encima de la hornalla, una ventana de vidrios ennegrecidos, absorbía casi todo el humo. El aroma del cebo, mezcla rancia de grasa vieja y fresca recién disuelta, penetraba por la nariz de Sus y le recordaba que tenía hambre. Cuidado y la puta madre…Ahí estaba el gusto en la boca, justo cuando tiraba la grasa, siempre. El gusto del acero recalentado en sus dientes y el humo que le llenaba el corazón, no los pulmones. Todo en su cabeza era un torbellino de brazos piernas,  el sabor del balasto en el paladar y el rechinar de la rueda de acero en la boca. Y el dolor, la puta madre, el dolor.

         No había agregado nada. Había tenido máximo cuidado, le parecía que esta vez sentía más hambre, pero podía ser eso, un parecer y nada más. No analizar, solo moverse, no dejarse llevar. Por favor, por el alma de su madre, por su putísima alma. El solo hecho de percibirlo era malo, malísimo. Todo de nuevo. Él lo sabía y no había manera de pararlo. Grenwald y la puta madre que te pario.

         Grenwald bajó las escaleras del viejo edificio, casi en penumbras, tropezando con algún clavo torcido. La humedad y el olor de vegetales hervidos lo asqueaban. El solo hecho de estar allí lo descomponía. Bajó a grandes zancadas hasta el vestíbulo inundado y maloliente. La salida era una luz al fondo del interminable y oscuro pasillo, gigantescamente alto y negro. Se apretó el abrigo al cuerpo y se metió en el corredor. La oscuridad era absoluta. Grenwald era consciente del amortiguado fulgor al final de la negrura y de sus pasos en las baldosas encharcadas.

         Cuando lo vio era demasiado tarde. La punta encendida del cigarrillo se movió imperceptiblemente y Grenwald reaccionó, lamentablemente desde ayer, no tenía la pistola. Se detuvo en seco tratando de disolver la oscuridad con sus ojos, pero solo su oído reaccionaba a algún estímulo, unos pasos lejanos, el sonido reptante del agua colándose por las paredes blandas, un bocinazo a lo lejos, un subrepticio correr a kilómetros de él y sobre su cabeza. Y aquel cigarrillo encendido en la oscuridad. Grenwald temblaba. Su pelo prolijo y estirado hacia atrás, supuraba gruesas gotas de sudor. Su cuerpo hervía de improviso. Cada poro  exudaba sudor helado. Todo por el viejo Dios.

         La punta ígnea se avivó formando una corona fosforescente, mientras un aliento  de tabaco perfumado lo golpeaba en la cara. Aspiró contra su voluntad. Tosió.

         -- Por poco nos desencontramos Grenwald – la voz hería, suave y amistosa.

         -- No mienta. Usted me sigue.

         -- ¿Lo sigo? Usted no tiene porque saberlo, pero yo no sigo a nadie. Intuye usted que le ando cerca, pero no, no lo sigo.

         -- Voy a salir, me esperan en la puerta—la mano temblorosa y fría acarició el pelo del abrigo --. Si no salgo en cinco minutos, se van a poner nerviosos —la voz de Grenwald sonó pedregosa, parecía aceptar como una imposición del destino aquella aparición que le cerraba el paso--. Hágase a un lado. 

         -- Afuera ya no hay nadie. -- dijo la sombra permitiéndole pasar.

         Grenwald sintió ingresar las palabras en su cerebro, como producidas por un artefacto. Una maquina. Algo a lo que no podía oponérsele la razón de las explicaciones. Afuera ya no hay nadie. Y el mundo había desaparecido. El universo. Un cosmos, como a él le gustaba llamarlo. Su orden, se desmaterializaba de improviso por imperio de aquella frase escueta, pronunciada con la entonación neutra de un alegato científico incuestionable.

         -- Entonces.

         -- Estamos usted y yo. Y nada más.

         En aquella última sílaba Grenwald creyó percibir por un instante algo de emoción contenida. Una lejana y solapada perseverancia triunfante. El estertor de algún sueño a punto de concretarse.

         -- ¿Entonces?

         Repitió, ahora interrogando, imponiendo de a poco su imperio. Absorbiendo en pocos segundos al extraño que se acercaba peligrosamente a la órbita de su galaxia. Palabras medidas, gestos justos y una entonación imperativa. Los espectros aborrecen el orden. Sin embargo, lamentó haberle entregado el arma a Piano.

         La brasa del cigarrillo se esfumo. Un siseo a sus pies. Y de pronto había desparecido. A partir de ahora, escucharía a la oscuridad.

         -- Vengo a matarlo Grenwald—la entonación se mantuvo firme y monocorde.

         -- Matarme –rió Grenwald, aunque concluyo sin aire la carcajada--. Usted no puede matarme a mí. Nadie puede.

         -- Se equivoca, …y se equivoca de nuevo.—dijo ¿cansado, hastiado?

          La oscuridad absoluta produjo un instante de vacío.  El silencio se derramó  pesadamente sobre el cuerpo flaco y desfalleciente, como un tegumento mucilaginoso y frío. Lo cubrió completamente y se solidificó a su alrededor. Una música muy lejana llegaba a sus oídos ávidos. Un bandoneón achacoso, un son monocorde y enloquecedor. Una melodía lánguida y patética, que penetraba cada célula de su cuerpo.

         -- Sé que le gusta esa música ¿no? —Silencio— Es engañoso y taimado, repugnante, que tamaño turro tenga esa sensibilidad. Me lo repito cada vez y no lo puedo aceptar, me cuesta quiero decir. A usted lo concibo inapelable y brutal, una especie de cocodrilo. Qué cosa, siempre me llama la atención ese detalle humano en usted.

         Para Grenwald la esfera perfecta de “su cosmos” comenzó a desmoronarse lentamente. Asistía como espectador al evento de su eliminación. Primero había sido una mancha de humedad en el azul profundo. Luego el vulgar entramado de yeso dejo caer un trozo húmedo y podrido en medio de sus ojos. Ahora la intangibilidad de su universo se hallaba contenida en una pared musgosa y descascarada que comenzaba a desmoronarse, producto del deterioro y el tiempo.

         -- Haga lo que tenga que hacer o váyase—escupió maquinalmente.

         -- Deme un momento. No se impaciente… Tenemos la eternidad.

          A  pocos pasos de él, Grenwald percibía su temblor. Le llegaba el aliento de nicotina en estertores templados. Podía sentir sus ojos pesados, clavados en él, en el bulto mojado que era él. Trató de enderezarse. Apoyó ambas manos en la pared mojada y tosió sin poderlo evitar.

         -- No se esfuerce demasiado Coronel, no se agite.

         -- Nada de lo que haga cambiará las cosas. Váyase, hágase un favor. Afuera me esperan, lo van a matar y no quiero más muertos. Usted no puede lastimarme. Váyase.

         --Escuche, el sargento  Piano no llego a cumplir su encargo. Tuvo un accidente. Dicen que trató de sujetar a un carterista y cayó a las vías en la estación de Temperley, lo paso por arriba un tren que pasaba.  Lo identificaron por el documento.  Por orden superior mandaron requisar su casa de San Vicente, encontraron cosas, les llamo la atención el contenido de una caja, Mathura creo que tenía escrito en la tapa. Su esposa tuvo que estar presente…

         Otra vez no…no…no…. Lord Byron, no palabra que no, y que sería… Un militar o algo así   – Dijo Sus Piano. San Vicente, se oyó decir a sí mismo. Es difícil perderse…Cambia de tren en Temperley, en todo caso ¿Quiere que se lo repita? repitió temblando Grenwald….

   

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