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12 min
Fratricidio
Terror |
29.03.15
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Sinopsis

Ana estaba a punto de dar a luz. Pero algo se complicó. A veces las tragedias terminan antes de comenzar...

La sala de parto estaba más conmocionada que de costumbre. Los dolores de Ana se hacían oír de un extremo al otro del hospital. Algunos enfermos se comunicaban con ella, expresando su propio dolor y así podría decirse que Ana tenía su coro en aquel teatro donde la muerte se paseaba a sus anchas. “Talvez sea necesario la cesárea” previno el doctor Herns. Pero Ana no quería que la abrieran. Ella era supersticiosa, más por tradición que por convicción personal. Eso le habían enseñado, y su experiencia previa confirmaba esos supuestos. Dos amigas, o conocidas (a Ana no le atraía demasiada la idea de considerar a alguien amigo o amiga) tuvieron que pasar por el bisturí para dar salida a sus bebés y nunca había resultado bien. Hidrocefalia para una y parálisis cerebral para la otra. Así vivieron y se fueron sus hijos en muy poco tiempo. Demasiado poco pensó Ana, levantando serias sospechas hacia sus amigas o conocidas. “No doctor, nada de bisturí. Que salgan como debe ser o que no salgan para nada” Ana decía esto mientras el sudor inundaba su rostro y sus ojos mostraban la lucha que toda mujer siente entre la emoción de recibir al hijo de sus entrañas y los terribles dolores que le hacen desear nunca haber metido eso ahí adentro. Al menos esa era la lucha que Ana llevaba en su interior. El doctor Herns y dos enfermeras ya no sabían de qué manera mantener a Anna haciendo fuerza para expulsar al menos dos pulgadas de sus bebés. Sí, eran dos, y ambos estaban en la misma placenta. Ana no recordaba que en su familia hubiese habido gemelos alguna vez. Tampoco su madre se lo había dicho. Ese día su madre no estaba en el hospital. Había preferido quedarse sola en su casa con Tony, así podría gritar todo lo que se le antojase y a Ana no le molestaría. Ella tenía dieciocho años, ya era grande para poder tener sus bebés sola. Anna gritaba, sus músculos se tensaban. Toda ella era una bola de nervios y tendones a puntos de reventar. Pero aún no había rastros de ningún gemelo. “Vamos Ana, ¡con más fuerza! ¡Vamos!”, gritaba el doctor apretando los puños con más energía aún que la paciente al tratar de liberarse de esas dos personas perezosas que dormían en su vientre. “¡No puedo más, mierda! ¡Es lo más que puedo pujar!”, contestaba Ana con sus ojos sumidos en una maraña de arrugas y los dientes tan apretados que el sonido de su voz parecía provenir directamente de ellos. Las enfermeras mientras tanto sostenían sus brazos que en ese momento adquirían una fuerza tal capaz de quebrar un palo de escoba solo con una mano.  “¡Sí podés, carajo!”, aullaba el doctor levantando sus puños férreamente cerrados. Parecía que uno de ellos iba a caer sobre la panza de Ana en un intento por terminar con todo aquello de una manera irracional pero práctica. A Ana le cruzó este pensamiento, y se acentuó aún más cuando vio que el puño del doctor seguía vibrando en el aire como una torre que se estremece antes de desplomarse hacia el abismo. Esto le hizo poner más garra a su tarea pero sin más resultado. Su vagina, estaba muy dilatada. Era un canal con la amplitud suficiente para dejar pasar dos melones grandes y maduros. Sin embargo, los gemelos no salían. “¡Salgan hijos de puta!”, a Ana se le iba su instinto maternal mientras toda su sangre se agolpaba aún más en su frente y el fuego de su rostro indicaba que en la lucha interna la parte superviviente llevaba la ventaja por sobre la madre. Finalmente, Herns logró ver algo en el umbral de Ana. “¡Oh, ahí están!”, exclamó el doctor y al instante su mirada se oscureció al ver que uno de los gemelos había asomado un talón. Venía de nalgas. “¡Viene de nalgas!”, dijo el doctor y las enfermeras supieron que ahora se sumaba el hecho de que debían tener mucho cuidado. Eso también iba dirigido a Ana, como un “te lo dije” por no aceptar la cesárea. A ella no le afectó cómo estaban saliendo los mocosos al mundo, en cambio la alentó saber que de alguna manera ya comenzaban a verse señales de su duro esfuerzo. El doctor ya no se oía casi, se había vuelto un artista plástico silencioso que trataba con sus manos de preservar la perfección en su obra ya casi acabada. Ana pujó con más fuerza, sin saber si eso era lo que debía hacer en esta nueva situación. Ya no le importaba oír a los expertos. Mientras su vientre se contraía con la fuerza suficiente como para convertirse en acero, las enfermeras miraban sus brazos y pensaban que en cualquier momento podían quedar mancas. Dos piernas ya estaban afuera. La sonrisa en el rostro del doctor anunciaba que todo marchaba muy bien. Los presentes colaboraban con suma eficacia. “Seguí así Ana”, alentaba Herns, “Falta poco”. Ana sabía que eso era mentira. Él era médico pero ella conocía que cosas pasaban dentro suyo. Tuvo nueve meses para conocerlas. No le importó sentir que defecaba ante su ginecólogo, tampoco las sendas puteadas que le lanzó a las enfermeras por pensar que no hacían ningún trabajo para hacerle el problema más sencillo. Ella pujó y pujó como si solo fuese una máquina construida para tal fin.  De repente todo pareció más liviano y difuso a su alrededor. Era su cabeza que le recordaba cuál era el límite de su exigencia física.  Creyó que ahí agotaría todo su esfuerzo, y que los demás se las debían arreglar para terminar lo que ella empezó. Pero un balde de agua fría se vertió en todo su cerebro cuando oyó a Herns decir del mismo modo que lo haría un niño al enfrentarse a un complicado ejercicio de álgebra: “Esperen, no entiendo que pasa.” Ana relajó todo su cuerpo, expectante a nuevas órdenes de arriba. Ya la mitad del torso de uno de los gemelos se veía claramente de éste lado del mundo. Pero parecía que no podía seguir deslizándose por las manos del doctor, ya que su cuerpecito se movía para todas las direcciones posibles excepto hacia afuera, hacia la nueva libertad. “Se ha atascado, con cuidado. Creo que se enredó”, dijo Herns, eligiendo cada palabra para evitar asustar a la madre. Pero Ana no quería escuchar que  le dijeran tonterías, sino saber minuto a minuto lo que ocurría con los gemelos. No iba a permitir que le hablaran sino con propiedad. “Dígame que mierda pasa”, expresó Ana y se sorprendió por la calma con la que fue pronunciado ese “mierda”. El doctor no respondió enseguida. Esperó a ver si algo cambiaba en la situación. Pero la cosa se complicaba aún más.  A pesar de que el niño había salido hasta los hombros, la cabeza había quedado retorciéndose del lado de adentro. Finalmente, Herns descubrió cuál era el problema. El cordón umbilical. Le rodeaba la cabeza desde atrás hasta cruzarse por adelante. Esto lo alarmó pero sintió especial tranquilidad cuando se cercioró de que no se hubiese formado ningún nudo que complicara aún más la salida del bebé. “No se preocupe Ana, el travieso se enredó un poco, pero no es nada serio.”, aclaró el doctor mientras veía salir unos milímetros más el cuello de la criatura. Estaba a punto de separar el cordón con una meticulosidad ponderable cuando sintió que algo le impedía enderezarlo. Al principio lo atribuyó a la escasa fuerza que ponía en juego, pero luego vio algo más. Algo que hizo temblarle las rodillas y mirar a Ana para encontrar en su rostro las palabras justas para describir aquello. Ana no dijo nada. Se limitó a leer en su mirada. Su labio inferior se torció en una mueca de dolor resignado que rehúsa las palabras. El doctor probó una vez más desprender al gemelo, pero el cordón se tensó con más fuerza. Era el otro. “Es el otro”, susurró Herns, y luego miró a Ana para enterarse de que ella no lo había oído. Imposible. Ana podía escuchar la caída de una mosca en la otra sala. La relajación de sus músculos y nervios la habían dotado de una particular agudización de sus sentidos. En  ese momento podía oír y ver todo lo que los demás querían mantener oculto por alguna razón. “Use más fuerza entonces, idiota.” Ana lo dijo con toda la lucidez del mundo. Su seriedad indicaba una resolución implacable, como la mordida fatal de una leona a su presa. Herns quiso sacar un poco más a la luz la cabeza del bebé para operar con mayor precisión, pero el caso era que cuanto más intentaba liberar al pequeño, el cordón más presión ejercía en su blando cuello. Aquello lo desconcertó. Era un caso sin precedente para su experiencia como ginecólogo del hospital. Y eso que él pensaba que ya lo había visto casi todo. “Hay que hacer cesárea de inmediato Ana”. Ana no dijo nada hasta después de pasados un par de segundos que a todos les parecieron meses. “Nada de cesárea. Que salgan así o que no salgan para nada.” El doctor pensaba en lo estúpida que era Ana. Pendeja imbécil. Iba a matar a sus propios hijos defendiendo más una superstición que sus vidas. Pero los ojos de la muchacha estaban fijamente clavados en el doctor. Eran severos, rígidos como un anciano maestro, vaciados de toda sensiblería que se puede encontrar en cualquier melodrama de la tarde en la televisión. La creencia de Ana se hacía más inflexible a medida que a su bebé se le acababa el oxígeno. El doctor haría lo que pudiese con los medios de los que disponía. No escatimó en fuerza. Usó más de la necesaria para ganarle la pulseada al otro gemelo. Pero la fuerza de éste era extraordinaria para ser alguien que ni siquiera había asomado a la sala de parto. Quiso cortar el cordón. Quiso meter el puño por la vagina de Ana y dar un golpe en el rostro al pequeño hijo de puta. Los segundos pasaban como autos de fórmula uno y el bebé perdía su fuerza. Herns miró a Ana y luego al bebé. Con furia en sus ojos tiró con más fuerza y el bebé salió sin problemas. El cordón umbilical había cedido al fin. “El otro por fin se había dado cuenta del daño que estaba causando”, pensó el doctor mientras sonreía como un demente. Pero sus ojos se abrieron dejando escapar el horror que sintió al ver al gemelo. Sí, el cordón había cedido. Pero también la vida del bebé. El otro había ganado la partida. El doctor sin atreverse a mirar a Ana dio el bebé a una enfermera que lo llevó a un lugar fuera de la vista de su madre. Aunque no hubiera sido necesario esto último, ya que ella ni siquiera quiso saber que había pasado con el primero. Ya sus órganos internos le habían dado la noticia. O el otro. Herns sin perder más tiempo fue por el segundo. Quería ver el rostro del pequeño homicida. Del cachorro de tiburón que se comió a su hermano en el vientre de su madre. También venía de nalga. Pero por suerte, éste no ejerció ninguna resistencia. Se deslizaba por la cavidad de su madre como un cubito de hielo sobre el lavaplatos. Herns se limpió el sudor de su frente. Era un sudor nacido de un dolor interno que no conocía pero que más tarde sentiría, como un malestar en la espalda. Ya casi terminaba. El cuello estaba saliendo y el cordón no obstaculizaba nada. Luego la cabeza e inmediatamente un “Dios mío” salió disparado hacia el aire desde la boca de Herns. Ana lo oyó y sus ojos se cerraron para contener las primeras lágrimas. Las enfermeras querían mirar lo que el doctor tenía ante él. Y cada una se llevó una mano a la boca cuando supo de qué se trataba. El otro, el vigoroso ganador de una pulseada contra Horacio Herns, tenía los ojos en blanco, y en su boca el cordón umbilical estaba metido hasta alcanzar lo que Herns suponía era la laringe. El cordón le había cortado el paso de aire a sus pulmones. Como su hermano, la muerte era por asfixia, aunque el proceso fue diferente. Una de sus manitas sujetaba el cordón cerca de su boca. Herns no quiso decir ni pensar lo que cruzaba en ese instante por su mente, como la voz del instinto segura y fugaz. Sin embargo Ana ya tenía pleno conocimiento de todo.  Miró a su doctor con la dulzura de una madre que mira a su hijo cuando este se muestra avergonzado por una travesura por la cual fue descubierto y dijo: “No quiso dejar ir solo a su hermano. Él se ahorcó doctor, se mató antes de salir.”

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