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4 min
Frío.
Drama |
12.08.18
  • 5
  • 3
  • 289
Sinopsis

Una fuerza superior rige el destino de un desencantado con la vida.

Sintió el ¿graznido?, ¿trinar?, los gritos más bien de los loros cordilleranos que muchas veces lo sobrevolaban en el verano mientras pescaba.

Sintió, además, un peso, o un bulto a su lado.

Tenía los ojos cerrados y sentía mucho frío.

Recordó que era invierno, que tomó el bus a la cordillera cargando su mochila, donde llevaba el clonazepam y la botella de vino.

Recordó que bajó del bus y caminó por el sendero que ascendía hacia el viejo refugio abandonado. Había mucha nieve, días antes había caído una tormenta en toda la zona cordillerana, lo cual activó su plan de suicidio, tantas veces postergado.  

Caminó alejándose del sendero, por la nieve que le llegaba hasta la rodilla y le enfriaba los pies, calculando que nadie circulara por el sector y estropeara su decisión.

Cuando se detuvo ya el día empezaba a oscurecer. Estaba despejado, por lo que el frío sería extremo, lo que facilitaría sus planes.

Antes de que la luz se fuera completamente, se detuvo, sacó la dosis de benzodiacepina que estimaba era suficiente según su peso, abrió cuidadosamente la botella de vino, como si estuviera en su departamento o con colegas. Comenzó a tomar las pastillas, acompañándolas de tragos cortos de vino, cuidadoso, sin apurarse para evitar rechazar la mezcla.

Ya estaba oscuro cuando terminó las pastillas, pero la botella aún tenía el oscuro líquido. La luna iluminaba su última morada. Estimaba que al amanecer estaría tieso, muerto, sin sufrir más penas ni soledad. Las manos y los pies dolían al principio, pero luego ya no las sentía, y entonces no sintió nada más. Siempre pensó que su cuerpo aparecería en la siguiente primavera.

Hasta que escuchó los loros y sintió el bulto a su lado. Sentía frío, sentía el cuerpo mojado, ¡pero sentía¡, o sea, estaba vivo.

Estaba recostado de medio lado, en realidad no recordaba cómo había colocado su cuerpo a la espera de la eternidad.

Trató de abrir los ojos, al primer intento no pudo, al cuarto pudo ver a su alrededor. Estaba claro, sería el medio día. Había un sol de invierno con algunas nubes altas. Movió las manos y los pies, estaban mojados pero los sentía.

No había loros cordilleranos sobrevolándolo. El bulto apegado a él en su zona ventral era un ¿perro?, no recordaba haber visto un perro, ¡era un inmenso perro¡, que al sentir su movimiento se incorporó y sacudió para activarse, moviendo su cola. Era un pitbull inmenso, blanco, que lamió su cara con gran ternura.

Se incorporó un poco y vio la huella oscura de su vómito en la nieve.

Recordó que al contarle sus planes de suicidio a su siquiatra, años antes, ella le había comentado que igual podía salir vivo del intento, pero con secuelas. Podía perder extremidades, la nariz, las orejas, empeorando aún más vida de la que quería salir.

Asustado se vio las manos, tocó la cara, el cuerpo, y sentía todo. El perro lo lamía en la cara cada vez que podía y se refregaba contra su cuerpo insistentemente.

¿Y ahora qué haría?, vio su mochila cerca de donde estaba, también vio la botella de vino con un cuarto de su contenido aún.

Abrazó al perrazo, susurrándole: ”¿qué haré ahora?, éste lo lamía y jugaba con él con una alegría que contrastaba con el desconcierto y confusión del fallido suicida.

Comenzó a caminar de vuelta a la carretera, el perro desapareció tal como llegó, sintió el paso de vehículos, e hizo dedo para bajar a la ciudad, volver al departamento donde pasaba sus cumpleaños, las navidades y los años nuevos totalmente solo. Volver a  su trabajo y a una vida a la que quiso renunciar pero que una fuerza, mayor a él, le ordenó regresar.

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