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13 min
Gabriela
Suspense |
22.12.14
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Sinopsis

''Roguemos fuerza a nuestra misma desesperación''. (Séneca).


Cada día a las siete de la mañana, cogía el autobús de la línea dos, el que llevaba al centro de la ciudad. Trabajaba
en una pequeña librería, donde llevaba siendo asistente desde hacía diez años. Dejando de lado los eufemismos,
yo era el que colocaba los nuevos pedidos por género y orden alfabético y, de vez en cuando, les quitaba el polvo
que se acumulaba sobre sus tapas. Mis aspiraciones de ascender habían desaparecido hace mucho tiempo, ya no
quedaba en mí esa llama de la juventud que me hubiera llevado a aventurarme a dejar la comodidad de mi trabajo
insulso y buscar nuevos caminos, nuevas experiencias...ya no. Tenía cuarenta y nueve años y mi alma ya se había
secado, mis sueños tenían la misma consistencia que la del polvo que limpiaba de aquellos volúmenes.
La impotencia se había extendido como un cáncer en mi vida, llenaba de rigidez mis miembros y ahogaba mi
sueño. A veces, me costaba respirar. Esta agonía, sin embargo, era lo único que me hacía sentir que lo que me
rodeaba era, efectivamente, la realidad, aunque no era eso algo que me agradara los más mínimo.
La falta de control sobre mi vida me hacía volcarme sobre las pequeñas cosas, los detalles que nadie ve. Al
ocuparme de ellos sentía que me ocupaba de mí mismo.
Mi religión era altamente litúrgica. Los servicios eran diarios. Un sacerdote dedicado las veinticuatro horas del día
a celebrar ritos de clasificación y pulcritud. Cada mañana me levantaba a las seis en punto, tomaba una ducha, me
peinaba el pelo perfectamente recortado lleno de canas quince veces, repasaba mi afeitado poniendo especial
énfasis en las patillas y la punta de la barbilla veinte veces, lavaba mis dientes durante dos minutos exactos y
procedía a vestirme. Pantalón de tela, camisa, corbata de seda, chaleco y chaqueta (me gustaba lo clásico),
después calcetines y zapatos lustrados la noche anterior después de cenar, en ese orden. El arquetipo de librero.
Lamentablemente, mi ritual me llevaba más de lo debido, así que decidí reducir mi desayuno a un café solo
calentado en el microondas con un chorro de whisky barato. Después, me dirigía a la parada de autobús que
distaba de mi portón 237 pasos y me sentaba a esperar.
Normalmente dirigía (por educación) un escueto ''buenos días'' al conductor, pero esto me era imposible hacerlo
cuando se retrasaba, aunque fuera un minuto o dos. Al ser el primer autobús del día no podía comprender qué
razón le hacía retrasarse; desde luego, en una ciudad tan pequeña, el tráfico no podía ser el problema. Debo
admitir que, pese a mi carácter templado, esta clase de cosas me irritaban profundamente, y me agriaban el día, así
como me lo alegraban en el caso contrario.
Mucha gente no entenderá nada de lo que les estoy diciendo, pero, si pudieran vivir en mi cabeza durante un sólo
día, y vieran, con la perspectiva de toda una vida desperdiciada, el constante goteo de insatisfacciones que
llenaban mi existencia, comprenderían que la frágil armonía de estos detalles son lo que me mantienen (o, más
bien, mantenían), cuerdo y, hasta cierto punto, satisfecho.
Este era el tenor de mi vida hasta que llegó ella.
Gabriela.
Tenía nombre de ángel, y, durante algún tiempo, creí que lo era. Pude conocer su nombre porque siempre se
sentaba en la fila de la izquierda (yo a la derecha) y colocaba su maletín con su borde bordado en granate en el
asiento de al lado, el que daba al pasillo. Gabriela, Gabriela...su nombre constituía para mí el más emocionante de
los misterios; con sólo pronunciarlo me miraría con sus grandes ojos azules, aquellos que ocultaba tras su espesa
melena oscura y rizada, y podría atisbar un reflejo de su alma.
Pero nunca me miraba, permanecía callada, mirando por la ventana, absorta en sus pensamientos y en la música
que manaba de sus auriculares.
Eso me irritaba.
Gabriela saludaba al chófer todas las mañanas con una sonrisa llena de dientes grandes y perfectos. Sin embargo a
mí, que me veía todas las mañanas (el chófer cambiaba cada día), apenas me dirigía una esquiva mirada de medio
segundo, a veces ni eso. Intenté llamar su atención. Cambié de colonia, mi atuendo (me quité la corbata y el
chaleco y empecé a llevar vaqueros, como los presentadores de los concursos de televisión), me dejé barba y me la
volví a afeitar. Pero nada. A las tres paradas volvía a bajar con la cabeza agachada y el paso rápido y se perdía
entre la marabunta de gente. Nunca supe a dónde iba, pero sí de dónde venía. Su barrio estaba a una parada del
mío, una escombrera de fachadas grises donde Gabriela destacaba como una amapola entre las zarzas. No podía
tener más de veinte años. Entiendo que ella no viera en mí más que a un hombre con la edad de su padre, pero yo
no me consideraba mal parecido, ni mucho menos.
Aunque ya tenía una edad, me mantenía igual de delgado que en la juventud, me cuidaba las uñas y tenía unos
profundos ojos negros que me conferían un aire distinguido y solemne, como el de un cuervo. De hecho, creo que
siempre he aparentado más de lo que soy.
Pero, desde que la vi por primera vez, tuve que aguantar su mirada esquiva una y otra vez, a pesar de que, a esa
hora, sólo íbamos en el autobús ella y yo.
Gabriela y su indolencia llenaban mis pensamientos. En mis horas libres, cuando no había clientes a los que
atender, ni libros que ordenar, ni estanterías que limpiar, sacaba mi preciada agenda envuelta en cuero, la abría,
aspiraba su suave aroma a papel, y llenaba la página del día correspondiente de trazos irregulares representando
sus ojos, su boca carnosa, la perfecta curvatura de sus cejas...a veces me excitaba, y entonces imaginaba sus rizos
cayendo sobre sus abultados pechos, sus pequeñas manos de uñas mordidas sobre su trémulo vientre, su piel
blanca, suave y joven, su mirada fija en la mía, rogándome que penetrara en su ser.
Un día quise sentarme detrás de ella. Quería oler su cabello, sin que ella lo notara, necesitaba más información
sobre ese enigma con nombre de arcángel.
Pero sucedió algo que me llenó de estupor. Cuando llegamos a su parada, ella subió, dijo buenos días, pagó su
billete y me volvió a mirar, esta vez con los ojos un poco más abiertos, bajó la mirada, pero no avanzó por el
pasillo, sino que se sentó en el asiento de detrás del conductor. Ella había reconocido mi estrategia y reaccionó
huyendo de mí.
No podría explicaros cómo me sentí. El estupor dio paso a un gran peso sobre mi pecho, sentí que se me
humedecían los ojos y que me faltaba el aire. Mi alma pudo ver mi cuerpo, con la mirada escondida en el suelo y
la mandíbula apretada para no dejar salir mi llanto.
¿Por qué tanto desprecio?¿En qué momento la había ofendido?
Mi admiración por aquella persona me había llevado a la ignominia, mi amor, con el cual había profanado todos
mis esquemas, mis preciosos rituales y mi propia cordura me habían llevado al rechazo y a la soledad más oscura
y agria que había experimentado en mi vida.
Reconozco que en ese momento la odié. La odié con toda mi alma. Deseé agarrarle el cuello y arrancarle la cabeza
de cuajo, como si se tratara de un pichón, deseé despellejarle la cara a tiras, destriparla con mis propias manos,
pisotearle la cabeza, quemarla, oírle gritar, oírle suplicar, escupirle en la cara, mear en sus cenizas y olvidarla para
siempre. Que experimentara, aunque tan sólo fuera un atisbo, la impotencia y abyección que me había hecho
sentir.
Pero no hice nada, dejé que se marchara.
Su cuerpo se fue, pero su imagen seguía palpitando en mi cabeza. Decidí no ir a trabajar durante esa semana, no
quería verla ni a ella ni a nadie. Creí que me ayudaría a olvidarla, pero sus ojos y su nombre seguían latiendo en
mis sienes, y, cada día que pasaba, este pálpito se hacía más y más fuerte, más estridente, más constante, más
recurrente, más resonante, más, y más y mas...
Intentaba acallarlo, lo intenté con todas mis fuerzas, en la soledad de mi apartamento, golpeándome la cabeza,
chocándola contra las paredes hasta hacerla sangrar, intentando gritar más fuerte que el ruido que se ocultaba tras
mis tímpanos...pero seguían allí, sus ojos mirándome con despecho...Me estaba matando.
Tenía que hacer algo.
Era tarde, el ocaso teñía aquel cielo de diciembre de negro azulado y celeste, y hacía frío. Mucho frío. Lo sabía
por el dolor en mi nariz, la sequedad de mis ojos y el vaho que emanaba de mi aliento, pero no sentía nada. El
corazón me cabalgaba fuerte en el pecho, me temblaban las manos, pero mis pies avanzaban sin vacilación por
entre las calles oscuras. No sabía qué me encontraría, sólo sabía lo que quería ver, y era a ella. A ese súcubo que
me succionaba la vida y me arrastraba a las tinieblas.
Casi sin darme cuenta llegué a la escombrera de fachadas grises.
No sabía a qué hora llegaría, ni siquiera sabía si ya estaría en casa o no. Aún así decidí esperar. Cerca de la parada
había una valla rodeada de abetos y arbustos, cercando un pequeño parque de la comunidad de vecinos. Me
acurruqué entre los árboles con el corazón en la garganta y clavé mis ojos en la carretera, a la espera de Gabriela.
Así permanecí durante casi dos horas y debo decir que, la espera, lejos de cansarme y hacerme desistir de mi
objetivo, hacía que creciera con cada ir y venir de autobuses vacíos de Gabriela, y la luz de los faros, el rumor de
los coches en la distancia, me fortalecían a niveles que me asustaban y excitaban a la vez.
No sabía lo que iba a hacer, no lo había planeado, lo cual era raro en mí, y sólo podía achacarlo a aquella locura a
la que me había empujado aquella arpía desalmada. Por alguna razón, sentí que esa era mi prerrogativa: por una
vez en mi vida a mí pertenecía el qué hacer, el siguiente paso. Cada lágrima, cada frustración, cada desesperanza,
cada punzada de dolor tenía su fin aquí, porque mi propósito no era otro que tomar lo que era mío, porque esa era
mi voluntad. Y lo tomaría, fuera lo que fuera: los muros de mi prisión se derrumbaban a mi alrededor y por fin era
libre.
''El abismo no tiene límites ni vacío, porque yo soy el abismo; lo infinito está lleno de mí. Pero yo, a quien nada
puede contener, me retiro y no extiendo por todas partes mi bondad, que es libre de obrar: el hado y la necesidad
en mí no influyen: mi voluntad es el destino''.
Llegó la hora.
Diez y media de la noche. Último autobús del día. Sólo una persona desciende de él, envuelta en un abrigo azul y
una bufanda granate. Es ella. Cabeza gacha, paso cansado y pesado. El sonido de las suelas de sus botas resuena
en las calle solitaria. Comienza a dirigirse hacia mi escondite. Mi corazón ha detenido su frenético baile y ahora
ocupa su lugar un puño que aprieta mi estómago cada vez más y más fuerte.
Gabriela se detiene. ¿Me ha visto? No puedo verle la cara, debido a una farola su figura no es más que una sombra
a contraluz.
Alza la cabeza. ¿Qué hace? ¿Está mirando al cielo?
Sí. Está mirando al cielo. Probablemente haya estrellas, probablemente la oscuridad de la zona las deje al
descubierto mientras llenan el cielo nocturno de pecas centelleantes...me es indiferente.
Aprieto la mandíbula y los puños. Abro tanto los ojos que parece que se me van a salir de sus órbitas. Un sudor
frío cae por mi frente. Gabriela reanuda la marcha.
Ya no hay vuelta atrás: unos...dos...¡TRES!
Reprimo su grito con mi mano, forcejea, intenta soltarse, la aprieto contra mi cuerpo y la arrastro hacia los
árboles. Sigue forcejeando, intenta morderme la mano, le agarro del pelo y tiro hasta que siento crujir sus raíces.
Chilla sordamente, la tiro al suelo, me siento a horcajadas sobre su espalda. Miro. Quietud. Me inclino sobre su
oído ''sigue moviéndote y te aplasto la cabeza contra el suelo''. Ella solloza. Deja de moverse. Su cuerpo tiembla.
Me excito.
Palpo sus piernas envueltas en leotardos de lana, se los desgarro y agarro su carne tibia y suave. Gabriela hipa y
llora. No siento pena, sólo el calor entre sus piernas. Le arranco las bragas y la sigo tocando con ansia y manos
temblorosas.
Esto es lo que buscaba desde hacía tanto tiempo, el calor de otro cuerpo, la cercanía al centro de su ser, de sus
emociones, la posesión de la intimidad del fruto de mis pasiones abortadas, todo era mío.
Gemía con desesperación animal por consumar mi demente deseo cuando me di cuenta de la quietud de Gabriela.
Sus ojos ya no eran espejos celestiales, sino dos cavernas oscuras, como pozos infinitos, no me miraba, su mirada
estaba fija en la distancia, en el bloque de fachadas grises, su cuerpo yacía debajo del mío pero su corazón volaba
lejos.
Nunca sería mía.
Por unos instantes me quedo paralizado, contemplando la grotesca escena como un espectador desconcertado. Ya
no quiero poseerla, el contacto con su piel me revuelve el estómago, me he convertido en un engendro grotesco,
regodeándome en mi propia inmundicia...
No sé dónde estoy, pero eso no soy yo.
Súbitamente me levanto, horrorizado, y echo a correr, dejando el cuerpo lánguido de Gabriela respirando de nuevo
en el suelo, bajo el silente cielo nocturno.
************
Ya os he contado mi historia y no espero la compasión de nadie, sólo la de Dios, si es que existe. Espero que me
cuenta por justicia mi última contención, que tenga misericordia de mí y que me salve de mi mísera existencia.
No quiero morir, pero tampoco puedo soportar esta realidad, donde la falta de esperanza nos convierte en fúnebres
monstruos sedientos de sangre.
Cuando termine de escribir esto, abriré la ventana de mi habitación y mi voz se irá con la brisa de la noche.
''En un mundo de fugitivos, el que transita el justo camino, parece huir''.

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