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9 min
Ganzúa
Drama |
13.02.17
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Sinopsis

Maldita violencia de género.

El crimen pasional es, indudablemente, uno de los temas más recurrentes en la historia de la literatura universal. Infinidad de escritores han creado crónicas al respecto, ya sea en formato de cuentos cortos, medianos o largos; obras de teatro o novelas. Los asesinatos amorosos dieron para todo. Y, seguramente, seguirán dando.

Algunos de estos relatos han llegado a Hollywood, siendo representados en la pantalla grande por actores de renombre y hasta fueron galardonados por la Academia (Premios Oscar). Otros simplemente quedaron en el camino, siendo leídos nada más que por el entorno más íntimo del creador.

Yo simplemente voy a contar algo que me tocó presenciar en mi juventud. No soy escritor y, por ende, no tengo la capacidad inventiva de ellos. Solo soy un simple observador que, cada tanto, agarra un lápiz y un papel y plasma algunos recuerdos lo mejor que puede.

En 1994 tenía 10 años. Vivía con mis padres, en el barrio obrero de nuestra ciudad. Mis mayores preocupaciones, en esa época, pasaban por si mi querido equipo de fútbol ganaba o perdía los domingos.

En la casa de enfrente teníamos un vecino por demás de particular: Marcelo Ganzúa Flores. Lo apodaban de esa manera porque en su juventud, solía robar estéreos por el barrio. Pero luego de pasar algunos meses preso, a fines de los 80, decidió ponerse un taller de motos en su garaje y abandonar la delincuencia para siempre. En sus épocas de mala vida, abría los coches con una ganzúa, claro.

Por aquellos tiempos (1994) el taller estaba en su apogeo. Su billetera comenzó a abultarse y consiguió una hermosa novia unos cuantos años más joven que él. Se llamaba Victoria y era rubia, casi platinada. A todo el vecindario ese noviazgo le trajo mala espina.

El primer escándalo ocurrió a mediados de Febrero. No hacía ni una semana que Ganzúa estaba de novio con Vicky (como él la llamaba) y una ridícula escena de celos casi termina con la flamante pareja.

Esa tarde, cerca de las seis, salí a tomar una gaseosa debajo del árbol que había en la vereda de casa. Era un árbol con una copa enorme y perfecta. Casi todos los días nos sentábamos allí con mi mamá y mi abuela a escuchar radio. Por lo general, esperábamos a mi padre volver del trabajo. Aquella vez me senté solo. Mi madre se había ido de compras y mi abuela no nos había ido a visitar. A los diez minutos de disfrutar de la tardecita, oí un griterío infernal que provenía de la casa de enfrente. Le di un trago largo a la gaseosa y me dediqué a escuchar con cierta preocupación.

La rubia había llegado a la casa de su novio en la moto de uno de los clientes habituales. Esto desató la ira del dueño del taller.

  • ¿Qué haces viniendo a casa con este payaso? – gritó Ganzúa, desgarrando su garganta.
  • Este payaso es tu mejor cliente, y me lo encontré a dos cuadras, me preguntó si venía para acá y le dije que sí ¿Qué tiene de malo? – contestó su novia, con un tono de voz similar.
  • Te veo una vez más en la moto de otro y te juro que te arranco la cabeza a trompadas…

El cliente bajó de su vehículo y encaró a Ganzúa, pidiéndole que se retractara por lo de “payaso” y aconsejándole que no le faltara el respeto a una mujer. El mecánico, lejos de entrar en razones, empuñó una llave francesa con sus dos manos y lo echó amenazándolo de muerte. Luego de esto, bajó la persiana del garaje y se quedó del lado de adentro, con su novia.

El taller permaneció cerrado. Ni Ganzúa ni Victoria se hicieron ver durante un tiempo. Las chusmas del barrio comentaban que el mecánico la había desfigurado a golpes y que por eso no se mostraban, mientras que los más allegados a él, afirmaban que se habían ido de viaje para reconciliarse. Nadie tenía idea de lo que sucedía, todos hablaban por hablar. La realidad fue que cada uno estaba en su casa atravesando una angustia espantosa y no tenían demasiadas ganas de salir a la calle.

A los diez u once días el taller reabrió sus puertas. Yo me había levantado a las diez de la mañana y observé por la ventana que todo había vuelto a la normalidad. Ganzúa estaba arreglando el caño de escape de una moto, dos clientes tomaban mates y reían a gritos y Vicky se encontraba sentada en una reposera en la vereda, de cara al sol.

Los meses transcurrían y los escándalos empeoraban. Con el correr del tiempo, aquel primer episodio, a comparación de los posteriores, terminó siendo uno de los más suaves. Ganzúa se ponía cada día un poco más violento y las denuncias policiales ya eran moneda corriente. El taller comenzó a bajar su productividad. La clientela la fue perdiendo de a poco. A algunos los echó a causa de sus celos y otros, simplemente, dejaron de concurrir.    

Una calorosa tarde de noviembre, debajo de la copa del mismo árbol, fui testigo de la escena final.

Eran alrededor de las seis y media cuando escuché los primeros gritos. A metros del taller, en la vereda, estaba Victoria llorando desconsolada, siendo apuntada por Ganzúa con su revólver calibre 38.

  • Por favor no lo hagas – gritaba Vicky – Estás loco. Te juro que es una fantasía tuya, Maxi es un amigo.
  • Vos me tomaste de estúpido todo este tiempo…

El disparo me estremeció. Fue en la frente. Lo que más recuerdo fue el sacudón de su cabeza una vez recibido el balazo y el estruendoso sonido del cráneo estrellándose en las baldosas de cemento.

El hecho ya estaba consumado, Ganzúa la había matado a sangre fría. En aquella oportunidad fue una escena de celos rápida, repentina. Un cliente (Maxi, el que la rubia nombró momentos antes de su muerte) había pasado por enfrente del taller, en su moto. Tocó bocina en modo de saludo y Vicky levantó la mano devolviéndole el gesto. En ese instante su novio desenfundó el arma y sucedió lo que acabo de relatar.

La policía acudió a los pocos minutos, pero al asesino no lo encontraron. Los uniformados afirmaban que se había escapado. ¿Pero cómo podía ser? Si desde que el cadáver de Vicky se desplomó en el suelo, mi mirada estuvo clavada en ese lugar y no visualicé ningún movimiento extraño. También había otros vecinos observando y nadie lo vio escaparse. Ganzúa debería haber estado dentro de su casa, encerrado y escondido. Pero la realidad era que no lo localizaron. Ni en su vivienda, ni en el taller. Además, los allanamientos en el barrio duraron horas. No hubo ningún rastro.

Esa noche me fui a dormir tarde. El vecindario estaba conmovido y yo no era la excepción. Una vez en mi habitación, escuché un chistido, como si alguien me estuviera llamando, pero con la intención de que nadie más se enterara. Fue un “pss pss” muy bajito. Creí que provenía de la ventana, pero no. Era aún más cercano. Abrí los placares y nada, pero cuando observé debajo de la cama, lo vi. Era Ganzúa, temblando.

Me comentó que había podido huir por la ventana de su comedor, segundos antes de la llegada de la policía. Y al ver la puerta de mi casa entre abierta ingresó sin dudarlo. Me pidió que lo ayudara a mantenerlo escondido un tiempo, hasta que los ánimos se calmaran.

Yo tenía un aprecio muy grande por mi vecino, así que lo hice. Lo tuve un mi habitación unas cuantas semanas. Se me hacía difícil ocultarlo de mi madre, sobre todo cuando le tocaba limpiar mi habitación. Pero de una u otra manera nos arreglábamos. O Ganzúa iba a gachas al baño en esos momentos, o se metía en el placar casi sin respirar. Nunca lo descubrieron.

A los 20 días, una mañana de octubre, se fue sin despedirse, dejándome una nota debajo de mi almohada: “Gracias, te debo mi vida y mi libertad”. Esa tarde lloré como nunca en mi vida.

Ayer, 21 años después, recibí una carta de él:

“Hola nene, estoy viviendo en Chile desde hace un buen tiempo. El mes que viene ando por allá, voy a visitar a unos pocos familiares que me quedan. La causa prescribió, pero igual no me quiero mostrar demasiado. Nunca me voy a olvidar del favor que me hiciste. Te aviso más cerca de la fecha por donde voy a andar, me gustaría verte. Como te dije aquella vez, te debo mi vida y mi libertad. Abrazo enorme. Ganzúa”

Con los años me arrepentí de haberlo alojado en mi casa, debería haberlo denunciado. Era un maltratador de mujeres, un violento, un asesino. En su momento el tipo me dio pena. Pero a medida que fui creciendo, me carcomía la cabeza saber que tuve oculto a un verdadero monstruo, a un prófugo de la justicia. Además, hace pocos meses, una prima lejana de mi madre sufrió en carne propia la maldita violencia de género. Su pareja la acribilló a balazos por un estúpido malentendido. Creo que ahí recapacité. Al ver el sufrimiento de gran parte de mi familia pude entender de qué se tratan ese tipo de crímenes.

Voy a esperar a la siguiente carta y asistiré al encuentro, voy a ir a visitarlo. Pero voy a llevar mi pistola cargada. De alguna u otra manera tengo que enmendar mi error.

Si el que le roba a un ladrón tiene cien años de perdón. ¿El que mata a un asesino también? No lo sé. Pero la espina de haber sido cómplice de Ganzúa me la voy a quitar.

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Soy Augusto Dipaola. Nací en la Ciudad de Campana (Provincia de Buenos Aires, Argentina) en 1984. Si quieren leer un poquito más... facebook: cuentos oscuros para niños dementes.

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