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18 min
Gentlemen's club
Amor |
01.08.15
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Sinopsis

Una historia de tintes reales disfrazado con ficción. La escribí hace 2 años, cuando mi forma de ver las cosas era más idealizada y sensible. Una historia que transcurre entre planos de reflexión e imaginación.

Tan insignificante y, aun así, no logro sacarme ese recuerdo de la cabeza. Es una situación completamente banal, un hilo de historia que no logra sobrepasar los límites de lo interesante, un pensamiento opresor, la complicación de lo natural, la materialización de un problema intangible, el dominio feroz de la homogénea mayoría frente al singular y el disparo deliberado frente a las propias convicciones, que miran asustadas desde una esquina de la nube de mi persona. Es el accionar del subjetivo frente al empirismo de lo cotidiano, que espera a la luz de la luna para salir y ahuyentar el sueño de mi lecho, un alma culpable, un trozo de pasado vivido que a la visión de un amigo no sería más que una estupidez… No creo lograr impresionarlos con esta narración, pero más que buscar su satisfacción, mi motivo se mueve hacia la liberación de las sombras que me acechan. Espero que proyectándolas sobre el papel sea capaz de disminuir la carga que ejercen sobre mis hombros, y así seguir un camino menos fatigoso.

Quiero, ahora, para situarlos en el contexto de la narración, que imaginen un bar, la oscuridad que vence los pequeños focos florecentes, el ruido, las palabras vacías y el leve manto del alcohol que cubre la vista como una neblina costera. La verdad es que no importa mucho la descripción que yo les pueda dar del lugar, cualquier bar sirve; todos contienen la misma esencia melancólica camuflada tras la música y ahogada en cerveza, solo busquen en su memoria alguno que les sea familiar y llénenlo de gente, pues es sábado. Imaginen a tres jóvenes sentados alrededor de una pequeña mesa. Uno de esos soy yo. De los otros dos uno es mi hermano, el otro un amigo. Ninguno habla mucho, recurrimos a nuestras jarras para llenar el silencio, mientras se van tejiendo ese conjunto de sensaciones que unidas conforman el recuerdo, mi recuerdo específico.

Es una noche de casería para mi hermano y mi amigo. Yo he decidido aislarme voluntariamente de la participación de dicha actividad nocturna, motivado por las promesas que había logrado despertar en mí la esperanza que, alimentada por las remembranzas de situaciones moldeadas por el pensamiento irracional, me situaban en el futuro compartido, aquel en el que el corazón es capaz de cantar gozoso el rítmico dueto que es el amor. Ilusiones que viven solo en pensamientos y no en palabras. La incertidumbre cuyo sentimentalismo propio lo sitúa a uno desapercibidamente en el positivismo, pero que por mismo incierto no logra ser indiferente a las dudas que provienen del desconocido. Soy, por el momento, un soñador deseoso de triunfar, alejado por las acciones de un contexto de azar negativo. Ella está a millones de kilómetros de distancia, mientras su atención juega desordenada bajo los centenares de estímulos posibles a encontrar cuando se está de viaje, y yo, en cambio, lucho contra un único estímulo, que es ella. Ahora, ninguno de mis compañeros puede sospechar de mi retiro temporal en el juego. Un retiro significa un comprometimiento, y el comprometimiento no puede ser para mí todavía una opción, no hasta que exista la evidencia concreta de su afirmativa. Hasta entonces soy soltero y un soltero es un cazador. En vano puedo tratar de oponerme al gran código que regula la vida masculina. La aprobación del conjunto es un placer muy dulce como para abandonarlo. He decidido que si he de rebelarme, solo podré hacerlo en secreto, resguardado dentro de los límites de mi propia mente.

Las mujeres se ven atractivas, despiertan en mí y mis acompañantes distintos tipos de deseos carnales. Respiro, me relajo y enfrío mi sangre. Sé que el impulso instintivo se debe, mayoritariamente, a la exposición de piel, el ajustamiento de las telas, las fracciones pulidas por el maquillaje y las imperfecciones borradas por la oscuridad y el alcohol.  Pero más que un simple choque de cuerpos, ansío a una fusión de almas, por lo que puedo ignorar los llamados de mis estímulos animalísticos y situarme en el goce de un futuro incierto. Mi amigo me habla. Al parecer, acaban de divisar tres mujeres sentadas solas en una esquina del local. Esperan mi respuesta y participación para proceder según el protocolo. Vamos, les digo. Nos paramos y avanzamos entre el alboroto de muebles y gente que nos separa del objetivo.

Alcanzamos la mesa, digo algo divertido y dos de las chicas se ríen mientras la tercera me mira seriamente con un tono de indiferencia ¿Qué ocurre cariño?, pienso, y cojo una silla para sentarme frente a ella. Nos presentamos e intercambiamos esa serie de preguntas pauteadas a cual recurren todos los cazadores cuando buscan entrar en confianza con las criaturas ¿Qué estudias? ¿En que universidad? ¿Y conoces a…? Sí ella estaba en mi colegio, y así sigue bruscamente la conversación superflua, con numerosos descansos para poder tomar un sorbo de nuestros vasos, la clave de la confianza. Mi amigo y mi hermano parecen haber entrado en un buen terreno, mientras que yo me encuentro constantemente bloqueado frente a la negativa de la chica delante de mí. La observo. Es atractiva, pero desde una perspectiva más ruda y antisimétrica. Parece una presa fácil y, aun así, se muestra molesta frente intentos de comunicación; mira su celular, suspira y contesta a monosílabos. La verdad es que, honestamente, no me importa, pero debo intentar, al menos por el bien de mis compañeros. Decido tomar otro ángulo, dejar de lado todos esos temas y preguntas que siempre repetimos cuando cazamos, aquellas que armamos y perfeccionamos con el tiempo. ¿Por qué no tener una conversación normal? Al fin y al cabo, ella es una persona corriente. Incluso podría darle un toque original ¿Qué puedo perder?

Le pregunto cual es su color favorito, me mira desconcertada y antes que me pueda responder le pregunto si es el azul. Un poco confusa me pregunta como lo supe. Le sonrío y le digo que lo averigüé con solo observarla. Continúo diciendo que también es posible adivinar que ella es una amante de los animales y que había salido aquella noche con la intención de ir a bailar. Ya no se muestra indiferente, me mira con una sonrisa perpleja mientras un pequeño brillo nace en sus ojos, como pidiéndome una explicación. Se la doy: Lo del color lo supe mirando sus accesorios. Aquella noche se encuentra vestida mayoritariamente de negro, pero tanto la cinta que lleva en el pelo como el anillo en su mano derecha son de un azul parecido. Le explico que he notado que, en el caso de las mujeres, siendo que el color de  sus prendas son elegidas con mayor libertad, los colores de sus accesorios se eligen según la rigurosidad de sus gustos. Lleva un collar plateado con la forma de un elefante y una polera de un tono oscuro en la cual se puede apreciar  el rostro de un tigre. De ahí que es posible determinar su gusto por los animales. Sus zapatos, por último, siendo de un tipo más bien elegante, presentan numerosas marcas de cera, tierra y desgaste en la punta y los lados, por lo que se puede deducir que son los zapatos que lleva a bailar. Se ríe de manera dulce y me pregunta donde aprendí a hacer eso. Le confieso que fue gracias a la lectura, que llevaba un buen tiempo enfrascado en las aventuras de Sherlock Holmes y que mi actuar no fue más que el intento simple de poner en práctica sus métodos. Me pregunta si leo frecuentemente, le digo que sí. Pronto nos hundimos en una conversación de movimiento constante.

Literatura, un tema de conversación que rara vez se emplea en la actividad de la caza. Se prefieren intercambios verbales más livianos y triviales, pues cuando adquieren peso tienden a molestar y incluso ahuyentar a las oyentes. Pero mi mente no le da importancia a dicho pensamiento, al final de cuentas, no busco tener algún tipo de suerte con ella. No hace falta mucho tiempo para que me vea invadido en por la motivación de la temática. Le pregunto por los libros que ha leído y expongo mí interpretación de las citaciones notables pasmadas en sus respectivas páginas, cuando logramos encontrar una que poseamos en común. Ella se muestra interesada y pronto contagia a sus amigas, que se nos unen en la conversación. Mis acompañantes, en cambio, parecen decepcionados; mi hermano pronto descubrió que la chica en la cual se había interesado tenía novio y mi amigo había tratado en vano abrirse un camino hacia una intimidad efímera. Sus ojos se posan seriamente sobre mí, al mismo tiempo que frente mío una chica ríe de forma coqueta.

La conciencia de mi responsabilidad cae pronto sobre mis hombros. Es una situación imposible de evadir y las otras dos chicas han decidido ser cómplices de su amiga. Oraciones en sentido indirecto llegan de todos lados mientras cinco pares de ojos me extraen la vida, y yo solo puedo sonreír nervioso y pensar “Dios, alejad de mi este cáliz”. Un juego de orgullo llevado demasiado lejos. Rechazarla de forma cortés sería mi salvación, pero dicha opción no existe entre las líneas del reglamento viril. Me queda claro lo que todos esperan que haga. Y ella, con su mirada, con la luz que brota de sus pupilas, lo sé, ella misma me lo dice, ojos que se entregan y delatan. Toda la confusión y duda que puede existir con las mujeres se resuelve con una mirada profunda de sus ojos, dos ventanas que logran revelar más de lo que afirman sus palabras. Sus pupilas se expanden permitiendo una entrada mayor de la figura que se encuentra nerviosamente sentado frente ella, yo, un interés que va despertando los sentidos y una puerta que es dejada sin llave para que el sujeto sea capaz de entregarse al ferviente placer de la intimidad.

Las voces de los pensamientos de mis acompañantes son captados por mi sexto sentido. La misión ha sido depositada sobre el héroe ¿Como deshonrarlos con la decepción? Mefistófeles me llama desde el fondo de mi vaso, duerme mi lengua y me convence en despertar mis instintos carnales. Por un momento, influenciado por sus palabras, solo puedo fijarme en la piel de la chica de la sonrisa seductora, en los pequeños trozos que deliberadamente ha dejado al descubierto y los contornos que forman su cuerpo presionados sobre ropas ajustadas, que se mueven al ritmo de una respiración pesada. Paso unos instantes hundido en la quimera tentadora antes que pueda tomar conciencia de mi situación. Sus labios se mueven y moldean unas palabras a través de una sonrisa. Quiere ir a bailar. Su mirada es inquisitiva. ¡Rara oportunidad! Me disculpo, le digo que tengo un tobillo esguinzado, que es verdad, y que no podré acompañarla. Mira hacia su lado izquierdo inferior decepcionada, luego la vuelve hacia mí y dice su sentencia. Ya está claro, evidencia concreta y todos han escuchado. “Bueno, parece que voy a tener que quedarme a hacerte compañía”. Me guiña un ojo.

Digo que tengo que ir al baño ¡Los nervios no me permiten pensar! Ella se escusa de la misma manera y camina a mi lado. Mefistófeles ha vuelto a jugar sus hilos sobre mi carne débil, mi brazo rodea su cintura mientas esquivamos las mesas. Maldigo para adentro. Llegamos a las puertas hermanas y cada uno toma su camino. Orino, tomo unos sorbos de agua y me quedo frente al espejo mientras llevo a cabo una conversación mental. ¡¿Qué estas haciendo?! Me digo. Pero la presión es muy fuerte, el aire muy pesado, la visión muy borrosa y las murallas muy apretadas. Como pudiste ser tan maricón, me dice una voz situada en la opción de futuro, si estaba lista ¿Como te pudiste chupar de esa manera? Las bases de mi rebeldía son débiles, el poder del gran hermano me supera. Abro la llave de agua y me mojo la cara; lavo mis deseos, la lavo a ella, cortando el lazo de pensamiento que, a pesar de la distancia, me unía a su recuerdo. Miro mi reflejo. Una mirada dura, cierro los ojos y tomo mi expresión de batalla. En alguna esquina una voz interior me grita, sonido ahogado por un estallido decidido. Es muy tarde. Abro la puerta y salgo al pasillo.

La encuentro afuera. Delicadeza y romanticismo es la clave, debería ser y, sin embargo, hoy ellas son enviadas a un segundo plano; la falsa belleza de la situación no logra inspirar mis palabras. La miro fijamente. Me gustaría decir que lo hago de forma tierna o pasional, pero no, eso sería engañarme a mi mismo. Llevamos esto a cabo, entonces, digo, y la acerco hacia mí con fuerza mientras la beso. Vacío y negro. Abro los ojos, pero ella no ha terminado. Me abraza y acaricia el pelo ¿Por qué haces esto querida? ¿Acaso no ves?, pienso. Monotonía repetida, lo más difícil a terminado, ahora es solo una serie de pasos encadenados a seguir en bajada. No hay nada que aclarar ni instrucciones que seguir. Me toma de la mano y me guía hacia fuera. Pobre chica. Me abraza mientras esperamos un taxi. Siente mi respiración cortada y mi latido fuerte ¿Estas nervioso?, pregunta, mientras me arregla el cuello de la camisa y busca perderse en mis ojos. ¿Qué buscas querida?, pienso, no hay nada, lo siento. La beso, Tirito, no por nervios, más bien por angustia. Entramos a un taxi y ella coloca ambas manos sobre mi cara y me acerca hacia ella, al mismo tiempo que yo me alejo de la dulce promesa entregada por mi inexistente esperanza. Quiero decir que la quiero, que es la mujer más bonita con quien he estado, pero no puedo, no esas palabras, pues ellas ya tienen un destinatario escrito en permanente, y quien, tal vez, nunca las reciba.

Me bajo en una calle desconocida, entro en un edificio desconocido y subo las escaleras hacia una habitación desconocida de una desconocida no tan desconocida quien hubiera preferido nunca conocer. Entramos en una pequeña sala de estar. Ella se pausa un rato. Titubea mirando el piso mientras su pie derecho dibuja pequeños círculos. Dice algo que no  logro escuchar. Hay que seguir adelante, pienso. Respiro. En una esquina de la habitación el director grita ¡Acción!, y el actor se dispone a llevar a cabo su papel. Me acerco rápidamente y la beso con fuerza. Beso vacío, pero no parece notarlo, no importa, ¡Continua! grita el director. Agarro su cintura y la guío con los ojos cerrados y mi cara hundida en ella hacia su cama. Torpemente, como un mismo cuerpo homogéneo y ciego, avanzamos chocando entre murallas y muebles hasta llegar a una puerta. Me desabrocha la camisa con una desesperada alegría y yo le levanto la polera. Caemos hacia atrás en una prueba de fe. La caída es amortiguada, el colchón se encuentra ahí. Hago un último intento de recordarla, pero siendo tan obvia su falta, el intentar remplazarla mentalmente por mi acompañante despierta con mayor fuerza el dolor de mi traición. Me entrego rendido al placer absorbente, que me arrastra hacia el centro de la negra sombra que nos rodea y que me aísla de todo, hasta solo quedar mi existencia dañada e insatisfecha. Placer doloroso e intimidad alejada. La sensación de repudio me apodera hacia la mezcla de perfume y sudor. Me marea, sin embargo, no puedo culparla, solo culparme a mí.

Miro hacia un techo oculto en la oscuridad. Su mano descansa sobre mi pecho. El lento ritmo de su respiración me dice que se encuentras dormida. Alejo su brazo de mi cuerpo con cuidado. Ahora lo único que quiero es alejarme de ella lo más posible, pues de su olor,  sus rasgos y su tacto solo una idea brota en el recuerdo de nuestra explosión carnal, un pensamiento que espero que muera bajo el aire de el olvido. Tiempo, el tiempo lo erosionará hasta dejarlo en un conjunto de sensaciones sin sentimiento. Pobre alma mía y pobre alma a mi lado. Tal vez espera despertar conmigo abrazado a su costado, tener un momento de incomodidad mientras ninguno de los dos sepa que decir, compartir un desayuno entre risas nerviosas y silencios alargados, recibir mis gracias como una  mera trivialidad y cerrarme la puerta con una frialdad actuada mientras todas las células de su cuerpo se recuperan del golpe de la adrenalínica emoción. Tal vez espera que la llame. Perdón cariño, eso no pasará, pienso, mientras la miro por última vez. Va a despertar sola y todas sus ilusiones morirán, al igual como murieron las mías al momento de besarla en el bar. Se enojará y gritará ¡Todos los hombres son iguales, son todos unos cerdos! Si solo pudiera entender, pero se que es una imposibilidad. Mi intención nunca fue herirla, yo nunca quise este dolor que recae sobre mi y que pronto recaerá sobre su alma. Soledad. Y, aun así, tenía que hacerlo ¡Era lo que todos esperaban de mí! Lo volveré a hacer, eso no puedo negarlo, pues esa aceptación que recibo y el respeto ganado llegan a sobrepasar mis propias ideas. Aunque no pueda disfrutar de su placer y aunque el orgullo que recibo entre mis pares sea pura mentira. Si, al final, nadie verdaderamente lo disfruta y todos sabemos que esa estúpida jerarquía que armamos no es más que aire, palabras vacías para encajar en el grupo, un estilo de vida que aprendeos de nuestro padres y quienes ellos aprendieron de sus padres. Es lo que se espera de los hombres, nos grita desde una esquina de nuestra cabeza, un martilleo leve que es imposible de ignorar. Los hombres somos cerdos pues eso es lo que el mundo quiere de los hombres y lo que los propios hombres esperan de su sexo. Tiranía viril que expresa sin fundamentos. Aceptación o aislamiento, en esa sociedad no existen puntos medios.

Como decirle a esa pobre niña que ahora abandono en su habitación que el verdadero afectado soy yo. Ella solos se entrego a un deseo; yo, en cambio, actué en contra de las suplicas de mi propia alma. Lo más probable es que a mi vuelta mis compañeros me feliciten, me pregunten detalles y, a pesar de mi dolor, yo, con una sonrisa falsa, tenga que exponer mi “logro” carnal  ¡Como si la humillación personal no fuera suficiente! ¡Cuantas ganas de poder gritar que todo fue un gran error y que daría cualquier cosa para volver al pasado para evitar su ocurrencia! Pero no, aquella catarsis no es opción. Solo una falsa sonrisa y humillación interna. Y a su regreso ¿Quién sería yo para cortejarla o prometerle amor? Aunque ella nunca sepa de mi traición, no, seré solo yo cómplice de mis acciones, yo y la chica de la cual me alejo para siempre, por mi propio bien egoísta.  Si he de llevar la marca de mi pecado, lo dejaré quemado en mi alma, invisible al ojo humano, marca de existencia eterna cuyo único dolor podré olvidar, transportado en secreto y, claro, ella nunca lo sabrá, pero yo sí. Será una herida que palpite cada vez que la vea, un sufrimiento personal, el precio a pagar por mi pertenencia a la sociedad, el soplo sobre la pequeña llama de mi rebeldía, conciencia, un “perfeccionamiento”. Pronto aprenderé a vivir con ello, a aguantar eso y mucho más. Aprenderé que es una insignificancia, una estupidez, una situación banal, un simple hilo de historia que no logra sobrepasar lo interesante…

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  • Sorprende la facilidad con la que nos dibujas cada rincón de tu relato, excelente. Gracias por compartirlo.
    Gracias por sus comentarios. Tengo pensado publicar alguno de mis trabajos mas actuales pronto. Saludos
    Si estos es de hace dos años, ¿cómo escribes ahora? Tienes una manera excelente de escribir.
  • La historia se refiere a una situación específica, aun así, cuando se lo he mostrado a amigos, todos la interpretan de manera diferente. Creo que eso ocurre por que al momento de escribirla me centré más en mi subconsciente crudo, sin tratar de detallar de manera objetiva, como un tipo de fluir de la conciencia. Por lo mismo, cada uno interpreta las palabras con su propio subconsciente.

    Una historia de tintes reales disfrazado con ficción. La escribí hace 2 años, cuando mi forma de ver las cosas era más idealizada y sensible. Una historia que transcurre entre planos de reflexión e imaginación.

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Estudiante de medicina y bombero voluntario. Mi experiencia literaria ha sido más bien tímida. También, ha pesar del gusto que me provoca escribir, me encadena el tiempo, eterno pero subjetivamente limitado. Más que algo popular o famoso, desearía escribir algo único.

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