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Reflexiones |
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Sinopsis

Francisco Real Fernández, a quien sus amigos llamaban “Flan Royal”, muy a cachondeo, se bajó del taburete, miró la cuerda, y suspiró.

Marta me llamó a las seis hora española, sólo para hablar, sólo se sentía sola, porque Sebas se marchó…”. Joder, la radio. Se había olvidado el puñetero despertador de la radio. Que contrariedad. Francisco Real Fernández, a quien sus amigos llamaban “Flan Royal”, muy a cachondeo, se bajó del taburete, miró la cuerda, y suspiró. “Si ya estaba casi hecho, joder”. Dio media vuelta y se dirigió despacito hacia su habitación. A la altura de la cocina, sus calcetines se mojaron, y no pudo evitar pararse a mirar. “Vaya, ahora tengo que lavar estos calcetines”, pensó, nada más ver como la tela gris se teñía de rojo oscuro. Luego se puso a reír, sintiéndose imbécil. ¿Pero qué más da ya? A veces se le iba un poco la cabeza, pero bueno; Eran pequeñas tonterías. Ya que estaba se asomó por la puerta. Le daba un poco de morbo pero ¿qué demonios? Él podía ser muchas cosas, pero nunca se había arrepentido de hacer lo que le daba la gana. Claro, por eso estaba como estaba. Pero daba igual.

Allí estaba el cuerpo. Tumbado en el suelo, en una pose tan ridícula que no pudo evitar sacar una foto con su teléfono móvil. Era uno viejo, de tapa, pero no había fallado en cuatro años. Como la seda. En el suelo de la cocina estaban tirados unos cuantos dientes, y la cara todavía olía a quemado, como si se hubiera dejado una pizza en el horno. “Ahora me comería una pizza” reflexionó Francisco. Pero irse a comprar ahora le parecía un poco bizarro, así que se limitó a seguir observando. Entre los riñones, justo por encima del culo, había tres agujeros que todavía sangraban como esos surtidores de zumo de fresa que hay en el cine. Lo hizo con el cuchillo del pan. Y mira qué fue difícil, porque con uno normal la hoja hubiera entrado y salido como si fuera agua. Además, había comprado el juego de cuchillos hace bien poco, y estaban afilados como las catanas de Hattori Hanzō. Pero el cabrón de Santiago se defendía como si le fuera la vida en ello. Bien pensado, llevaba razón. El caso es que solo pudo coger el del pan, que es de sierra, y costaba una barbaridad meterlo y sacarlo.

Cuando llegó a su casa, además, el hijo de la gran puta le miró y sonrió diciendo “Hombre, Fran, macho, ¿¡Cuánto tiempo!?”. Así que, nada más llegar a la cocina, cogió la lata de cerveza que le iba a ofrecer y se la estampó en toda la boca. “Toma, so cabrón”, fue lo único que pensó. Mientras el otro estaba en el suelo, se puso a buscar algo con lo que seguir. Y claro, en cuanto Santiago se levantó intentó agarrarle a tientas, y le tiró al suelo. Pero Francisco Real se había levantado con fuerzas esa mañana, y se puso encima en un santiamén. Y venga, una hostia, y otra y otra. Y más dientes. “Que se joda. Pero bien”. Al principio no lo notó, pero en cuanto dejó de zurrarle como a un saco se dio cuenta de que le dolía un nudillo. Vaya, otra lesión más. Al menos había sido en la otra mano. En cuanto Santiago se levantó de nuevo, volvió a agarrarle del cuello, y por las justas pudo coger el cuchillo que había usado esa mañana para prepararse las tostadas.

En la primera tajada se le quedó atascado, y empezó a tirar, mientras el gilipollas de Santiago le intentaba atizar con una sartén que había cogido de encima de la mesa. Pero el muy torpe soltó el trasto cuando lo tenía en alto, y se llevó un golpe tremendo en la cabeza que le dejó medio atontado. “Ahí lo tengo”, pensó Francisco, que aprovechó para estamparle la cara contra la vitro-cerámica y, de paso, encender el circulito de la esquina. Y mientras el mal bicho gritaba sin parar, y un olorcillo a croquetas quemadas subía hasta su nariz, Flan Royal aprovechó para meter y sacar, no sin esfuerzo, el cuchillo: dentro, fuera, dentro, fuera. Serrando era más fácil.

Yo estoy sola en el hotel, estoy viendo amanecer. Santiago de Chile, se despierta entre montañas. Aguirre toca la guitarra…”. La melodía le despertó de su atontamiento. Miró el cuerpo otra vez y pensó. “Puñetero Santiago. Era más perro que Niebla”. Escupió al suelo y se puso a reír. Qué placer. “Esto te pasa por joderme con lo de Sofía”, y ya que estaba, sacó el móvil otra vez y le echó otro par de fotos. No le iban a servir ya, pero bueno. Quizás allá donde fuera podría tener las fotografías. O hacerse un póster. O lo que fuera. El caso es que volvió hacia su habitación y de un golpe apagó el dichoso aparato. La sintonía se quebró con un sonido estridente, de repente. “Aunque no lo ha confesado, eso lo sé [CRACK]”. Qué paz. El silencio. Francisco solo quería estar en silencio. Aunque la ventana estaba abierta, no se escuchaba ni un puñetero ruido.

Y lo que le había costado. En verdad, estaba bastante hasta los cojones de llegar a su casa y tener que soportar las gracietas de su puñetero vecino. Ese día había venido cansado, después de lo de su jefe. Quería sentarse a reflexionar un rato, pero el unicélula de Manolo había decidido ponerse a ejercer sus “habilidades” como “DJ”. Manolo, un hombre de pueblo, que lo menos tenía 50 años ya. Que no había usado un teléfono en su puñetera vida, y que ahora le daba por sentirse joven y por tocar los huevos con la música electrónica. De punto mañana, hasta las once de la noche, cuando la ley dice que hay que dejar de hacer ruido. “Así no es, Manolo, así no es. No se puede hacer de Dj con tus discos de Julio Iglesias y del Fary. Tú no eres Dj. Tú lo que eres es tonto, Manolo”.

Dios, como lo odiaba. Y aquel día hizo que se le saltase la tecla por segunda vez. Se levantó en cuanto escuchó las “magistrales obras” de su vecino. Fue, y tocó a su puerta, con mucha educación. “Oye, Manolo, por el amor de Dios ¿Puedes parar un poco con la musiquita?”. “Pues fíjate que tengo concierto mañana, y tengo ensayar. Ya lo siento, vecino”. Y el muy bobo le cerró la puerta en las narices. “Tú que vas a tener, imbécil”. A él a insistente no le ganaba ni su propio padre. Llamó hasta que le fundió el timbre. Y nada más salir le atizó en la cabeza con un cacho de ladrillo que había cogido del suelo. Y antes de que el cerebro de ameba pudiera intentar detenerle siquiera, se metió en su casa y cerró la puerta. Que fea la tenía. Que poco gusto.

En cuanto llegó a la cocina notó la mano de gorila de su vecino ponerse sobre su hombro. Agarró lo primero que pudo y se lo estampó contra las gafas. Menudo cebollazo se llevó el impresentable. No sabía si lloraba de dolor o del gas de la propia cebolla. Llegó hasta el sótano de dos zancadas, y cuando se disponía a apagar, con delicadeza por supuesto, el tecnológico aparato de Manolo, éste apareció por las escaleras. Se tropezó como si fuera un burro con patines, y calló cuan largo era sobre el suelo. Y fíjate que no lo pensó un momento. Antes de que pudiera levantarse, a Francisco le dio por empujar el gigantesco bafle que tenía apoyado contra la pared. Calló sobre su cabeza con un golpe tremendo. Sonó como un bote de kétchup a medio acabar. “Soy un truhán, soy un señor…”, escupió el altavoz antes de soltar un chispazo.

Y ya que estaba, le dio por desquitarse. Se subió a la mesa de mezclas, la encendió, y se puso a observar como chisporroteaba cuando se meaba encima. A tomar por el saco todo el equipo caro de Manolo. Total, seguro que no lo iba a usar más. En el fondo, no sabía ya cuánto tiempo llevaba queriendo hacer eso. Todos los días, a la seis de la mañana, había imaginado miles de formas de acabar con ese aparato del demonio. Cuando se hubo asegurado de que resultara físicamente imposible volver a encender aquel engendro mecánico, cogió los vinilos del difunto y se los llevó a su casa, paseando tranquilamente. Y ya allí, mientras pensaba en sus cosas, se dedicó a lanzarlos como freesbes por la ventana del salón. Mientras los discos chocaban contra la carretera, tarareaba “Vaya torito”; y se le daba a alguien, que se jodiera. Ahí estaba, la última gran obra de Manolo. “¡Gracias al público asistente!”, pensó.

Un pitido del tráfico rompió la mágica inopia en la que se encontraba. Agitó la cabeza, intentando despezarse. Sonrió, y fue de nuevo al salón. Esta vez solo miró el cuerpo de Santiago de reojillo, como si fuera un niño pequeño que se levanta para ir al baño el día de Navidad y no quiere mirar debajo del árbol. Volvió a subirse al taburete, y se puso la soga alrededor del cuello. “¿Por dónde iba?”, pensó, mientras le venía una risa floja. Y justo en el momento en el que la cuerda le lamía ya el cuello, sonó el timbre de casa. “Me cago en todo”. ¿Quién podría ser? “No le van a dejar morirse a uno tranquilo”. De nuevo, dejó el nudo a un lado y bajó del taburete. En dos pasos se puso enfrente de la puerta, y envió la mano directa hacia el pomo. Pero justo antes, posó su mirada sobre la ballesta que le había quitado a su jefe por la mañana. Parecía medieval, o algo por el estilo. Muy bonita para decorar una pared. No la había llegado a probar, pero le había llamado tanto la atención que no pudo evitar llevársela después de aquello.

Aquello… Recordó como el idiota de Don Aurelio le gritaba como un poseso. Según él, la había cagado con un cliente. Aun encima… que morro tenía el muy imbécil. Agitaba su rechoncho dedo índice, y gritaba, y su papada gelatinosa se movía con cada sílaba. Y lo peor era que escupía. Porque llevaba un rato absorto, tratando de ignorarle completamente, pero las pequeñas gotitas de saliva le estaban poniendo enfermo. Intentó aguantar poniendo sus ojos fijos en la fea corbata que llevaba el viejo. “¿Cómo se podía llevar una corbata así? Por dios, amarillo fosforito y morado oscuro. ¿Quién le elige la ropa, su hijo de dos años?”. Su enorme barriga, titánica como un balón de playa hinchado a reventar, se movía con cada gesto. Golpeaba de vez en cuando la mesa con el puño, insistentemente, sacándole de la hipnosis en la que trataba de meterse para poder aguantarle.

“¿¡Me está escuchando, Señor Real?!”, le gritó, casi a la oreja. Francisco, sobresaltado, levantó la vista. Pero, en lugar de achantarse, sonrió algo perturbado, y le respondió con total sinceridad. “Si le digo la verdad, Señor Muñoz, le estaba ignorando completamente”. ¡Cómo se sintió de bien cuando vio como los ojos de Aurelio se llenaban de sangre y de enfado, y como sus dientes rechinaban como una puerta con las bisagras oxidadas! Había que tener narices para encararse así a Aurelio. Puede que nunca nadie hubiera tenido las pelotas para responderle de esas maneras. Puede que le pillara completamente despistado. Puede que pasara por cualquier cosa, pero su jefe perdió el control, y no se le ocurrió otra cosa que soltar a pasear su puño fofo cubierto de grasa. Al escuálido Flan Royal no le costó mucho esquivar el golpe y, antes de que el cacho de cerdo se diera cuenta, le había grapado ocho veces la corbata contra la mesa.

“¿Qué estás haciendo?” le dio tiempo a murmurar antes de que, con la habilidad de un mercenario, sacara de su funda el bonito abrecartas con forma del águila de San Juan que le gustaba llevar a Don Aurelio y empezara a clavárselo una y otra vez, entre el ombligo y el pecho. Su víctima se puso a gritar como un gorrino, y a Francisco no se le ocurrió otra cosa que meterle la mano en la boca para hacerle callar. No había nadie, todo el mundo se había ido a comer, pero lo hizo por precaución. Al hijo de puta seboso le dio por morder. “¡SUELTA! ¡SUELTA! ¡SUELTA!” le gritaba mientras le clavaba al ritmo la hoja dorada, que poco a poco se iba manchando de sangre. Pero cuantas más puñaladas le soltaba, más apretaba el cabrón, y cuando notó que sus dedos estaban a punto de partirse subió la cuchilla y le cortó su temblorosa papada de un solo tajo. Pudo ver como una lagrimilla se resbalaba por su cara de patata antes de que desfallecerá y abriera, gracias a dios, el hocico. El muy bruto le había dejado heridas en tres dedos. Se apresuró a salir del despacho deprisa, con la mano sangrante cubierta con la estúpida corbata de su superior. Pero, justo antes de marcharse, esa ballesta le llamó la atención. “Y, ya que estoy, me llevo un premio”, pensó.

¡Ding, dong! El del timbre era insistente. Agarró bien el arma y abrió la puerta de golpe. Allí estaba un hombre joven, vestido completamente de traje, con el pelo engominado repeinado y estirado para atrás. “Me llamo Esteban”, dijo, nada más ver la extraña expresión de Francisco. “Vengo de parte del Banco”. Si, tenía toda la pinta. No le costaba imaginarlo con un sombrero de copa, un monóculo y un elegante bastón. O subido en un yate. O nadando en una piscina de monedas, como el Tío Gilito. “Tiene usted un descubierto importante”. Quizás al chaval le hicieran vestir así para ir al trabajo. Quizás le pagaran una mierda, quizás todo era una fachada. Pero a Fran Real Fernández le daba ya todo igual. Le miró de arriba abajo, y se concentró en odiarle. “Seguro que este es de los que roban. Seguro que se quiere quedar con tu casa. Aunque ¿Para qué la quiero?… Seguro que es un ladrón. Qué más da”. Para cuando el muchacho se dio cuenta de que el dueño de la casa llevaba una ballesta, ya era demasiado tarde.

Francisco tardó apenas un segundo en accionar el gatillo. Sonó un chasquido, y la cuerda se destensó en un instante. La verdad es que era una gozada. El dardo salió disparado a toda velocidad, y se clavó en la entrepierna del banquero, que comenzó a gritar de manera estridente y atronadora. Normal. Él se puso a reír, mientras le apuntaba de nuevo. No disparó pero porque no le quedaban proyectiles. “Vaya mierda de cacharro”, se dijo mientras lo lanzaba por encima del hombro. El tal Esteban salió disparado, corriendo, cojeando, como si le persiguiera un toro de San Fermín. Pero, para fortuna de Flan Royal, iba demasiado lento. Se asomó por el hueco de las escaleras, mientras con una mano cogía la escoba que se había dejado el Conserje en el rellano y, con la habilidad de un espartano, lanzó el instrumento como si fuera una lanza de gladiador. La punta impactó directamente en la cabeza del joven, que se tropezó y calló rodando sonoramente por las escaleras del edificio. Esta vez no se molestó en averiguar si había muerto. Si seguía vivo no se molestaría en volver a subir, eso seguro.

Y, por tercera vez ese día, tras cerrar la puerta se subió al taburete y se ciñó la cuerda al cuello como una corbata. ¡Qué manera tan cinematográfica de morir! Podía haber elegido unas pastillas, o un cuchillo, o usado el motor del coche. Pero prefirió la soga. Y antes de saltar, pensó en que no se arrepentía absolutamente de nada. Había dejado, de hecho, una carta dejando claro ese aspecto. “Si me voy es porque me canso. Me lo he pasado bien”. Dio un paso, y empujó el soporte con los pies. Mientras se balanceaba, de manera distraída, se puso a recordar a quien más hubiera matado de tener ocasión: A su profesor de Historia del Arte, con la caja de las transparencias. A algún compañero de instituto, con el canutillo de un cuaderno. A aquel niño imbécil que le insultaba de pequeño, con la bolsa de la merienda. Al cura, a copazos. Cerró los ojos, y se comenzó a reír; a reír como nunca, con una risa sincera, cargada de alegría y orgullo. Una risa que se ahogó y dejó paso a un silencio pesado.

 “Gracias por participar. Que os den por el culo”

Francisco Real Fernández

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Me llaman David, y soy un estudiante de periodismo y comunicación audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. Soy muy dado a lanzar mis opiniones allí donde nadie me las pide. También soy un gran amante de la ficción. De todo tipo. Abogo por el regreso del Señor Tenebroso.

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