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5 min
Grietas en el techo
Drama |
20.02.15
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Sinopsis

"...Era en esos momentos, cuando la angustia lo hacia alejar la vista de la mesa, llena de cuentas y papeles de deuda y mirar hacia el techo como buscando esperanza, que aparecían las grietas..."

Las empezó a notar de pronto. Quizás llevaban mucho tiempo allí y él simplemente no se había dado cuenta. Las grietas surcaban todo el techo, en especial el de su dormitorio. Al comienzo muy leves, como trazadas con lápiz, pero últimamente bastante notorias, algunas incluso atravesaban las estancias de un extremo al otro. Esta casa es muy vieja y ya nada en ella funciona bien. Las cañerías tienen que ser reemplazadas, muchos de los interruptores de luz ya no prenden. Pero la verdad es que nunca sobra dinero para dedicarse a eso. Con el escaso sueldo que lleva al mes es muy poco lo que se puede hacer. Hay que pagar cuentas, agua, luz, comida. De vez en cuando le sobra para ir al cine una vez por semana y eso es todo. Sandra ya no está más. Ella también se hartó de los grifos en mal estado, de las conexiones eléctricas que saltaban, de las bombillas que nunca encendían. Nunca hubo dinero para comprar un colchón nuevo, una cocina que funcione bien, menos una lavadora. Ahora que está solo, completamente solo en esta casa que no es suya realmente, ya nada le importa. Si no es cuando tiene que ir a trabajar, casi nunca sale, solo cuando va al cine.

Sus padres le dejaron esta casa. La compraron hace años como parte de un plan del gobierno para dar vivienda a los más pobres. En aquellos tiempos, todo esto no era más que un extenso terral. Hoy, cuarenta años después, estaba en pleno centro de una de las zonas más desarrolladas de la ciudad. En los últimos años habia intentado ser un buen hijo para consolarse de su vergüenza ante la idea de que nunca abandonaría esa casa antes de que sus padres murieran, como así fue. Su madre siempre se negó a venderla. Siempre decía que era lo único que tenían, lo único realmente suyo. “Tienes un techo bajo el cual vivir, no lo olvides” era algo que ella siempre repetía. No importaba que fuera un techo lleno de grietas, con paredes llenas de humedad y pintura descascarada. Nunca hubo un testamento, así que la casa nunca paso legalmente a su propiedad. Sabe donde están los títulos, apolillados abajo en alguna alacena del sótano. La verdad nunca le dio interés en buscarlos. No había otras propiedades, nunca hubo riqueza, y afortunadamente, tampoco parientes entrometidos. Así que nadie vino a golpearle la puerta en los años que siguieron. Y mejor así.

Por supuesto que el tema de las grietas en el techo era por demás preocupante. Sobre todo ante la inminencia de un gran terremoto el cual, con seguridad, la debilitada estructura no resistiría. Pero nunca era esa la preocupación más inmediata. Lo más importante siempre es saber como llegar a fin de mes. Como hacer durar el dinero. Como conseguir más dinero. Era en esos momentos, cuando la angustia lo hacía alejar la vista de la mesa, llena de cuentas y papeles de deuda y mirar hacia el techo como buscando esperanza, que aparecían las grietas.

Había pensado en venderla, pero en tan mal estado, tendría que aceptar un precio muy bajo y eso no le convendría. El costo total de las reparaciones necesarias rondaba unas veinte veces su sueldo. Estaban también las constructoras ávidas de adquirir inmuebles en la zona para demolerlos y erigir lustrosos edificios de departamentos. Muchas de las casas vecinas habían sucumbido ya ante la transformación impuesta por el progreso; pero necesitaría un abogado confiable, temía ser estafado y quedarse sin su único bien. Encontrar un abogado honesto le parecía más difícil que conseguir el dinero de las reparaciones, así que también abandono la idea. Y alquilar parte de la casa compartiéndola con extraños fue algo negado desde el inicio. Ni siquiera lo consideró.

Y también estaba Sandra. O estuvo, mejor dicho. Últimamente la recuerda más que antes. No puede culparla. Ella soporto lo que pudo hasta que se cansó de vivir así. De este desanimo casi palpable, de aquella resignación que era la misma que respiraron sus padres y que parecía imprimir eternamente las paredes de la casa. No siempre fue así, es verdad, pero dicen que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Sandra no saltó por la ventana precisamente, aunque de haberlo querido, los desvencijados marcos no le habrían ofrecido ninguna resistencia. Se marchó muy digna un lunes de Setiembre por la puerta apolillada, luego de decirle algunas cosas hirientes que él prefería no recordar. Lo que si recordaba era una frase de una canción de Pedro The Lion: “El infierno no tiene fuego, solo un asiento en primera fila para ver al amor de tu vida empacar sus cosas y marcharse”.

A veces se despierta de pronto en esas horas de última oscuridad previas al amanecer. Se queda con la vista fija en el techo. Todavía faltan unas horas antes que tenga que levantarse e ir a trabajar. Acaricia el lado vacio de su cama, acaricia la ausencia de Sandra y recuerda cuanto se odia a sí mismo. En la oscuridad no puede verlas, pero sabe muy bien que, detrás de ella, las grietas en el techo, inexorablemente, crecen.

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