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4 min
Habladurías
Terror |
15.08.15
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Sinopsis

Vagas por vagar, recuerdas por el mero hecho de creerte aun vivo.

Despierto a media noche para intentar descubrirlo y me levanto; apenas recorro a paso lento, pero indetenible, el pasillo, a oscuras ¡Claro!, pues con el tiempo acabé por comprender que él vive en la plena oscuridad. Subo la escalera con cautela, intento con desesperación no causar ningún ruido y en el segundo piso, detengo mi paso en mitad del pasillo. Mi corazón se acelera, ¿Miedo o emoción?, quizás un poco de las dos.

A pesar de mis primarios sentimientos, avanzo discreto, mantengo los ojos más abiertos que de costumbre, y ahora me hallo frente a la puerta; esta se encuentra donde siempre estuvo. La altura, el picaporte mismo, el color, todo es igual que siempre, nada llama mi atención por simple o mínima diferencia captable. Entonces, ¿Qué frena mi impulso de tocarla? ¿Qué me impide adentrarme en sus fauces y poder vislumbrar lo que se encuentra tras ella? Y apenas palpo el picaporte, comienzo a escuchar con fuerza y un potente eco, unos pasos procedentes del piso de abajo. Y no tengo ya ninguna duda o reserva, a estas alturas mi miedo ya es totalmente incontrolable.

Cada vez más cercanos, los pasos resuenan en mi cabeza. Mi dedo índice izquierdo se posa sobre el interruptor, pero ¡No me atrevo a dar la luz! Cada segundo que acontece, se convierte en una eternidad demoníaca y la intriga por saber qué o quién se acerca, crece por segundos. Y sin embargo, no consigo ejercer fuerza alguna sobre mi dedo… el botón inmóvil, se burla de mí a espaldas. No acabo por decidirme cuando, sin previo aviso, mi mano calca el interruptor y la luz ilumina el pasillo. Los pasos detienen su avance. Estoy temblando, apenas puedo moverme y siento algo húmedo en mis piernas… ¿Orina? Dios de mi vida, a lo que he llegado. La cobardía venció al temor.

Apenas doy un giro para irme cuando mi cuerpo se paraliza. Al lado contrario del pasillo, unas voces se escuchan nítidamente, como si estuviesen a mi lado parlamentando. Quizás un par de mujeres, una niña y un hombre que mantiene su tono grave. Hablan entre ellos, pero mantienen en sus voces un deje de turbación.

- ¿Me creéis ahora? – Decía el hombre – La luz del pasillo se ha encendido sola y no hay nadie, nadie, ¡¡Nadie!!

- Dios mío, que poco me gusta todo esto. Es el interruptor que se encuentra al lado de la puerta de… de… esa habitación – Indicó la mujer nerviosa. Parecía ser la más joven de las dos.

El hombre volvió a hablar – Ya nos lo advirtieron, cielo, es la habitación donde se suicidó el anterior dueño de la casa. El escritor chalado aquel, ¿recuerdas?, dicen que han detectado sombras y movimientos extraños, pero lo único que yo veo son fallos eléctricos. Simples habladurías alimentadas por la ignorancia, que tienen una explicación razonable – El caballero intentó poner calma – Mañana a primera hora llamaré a un electricista y que revise de arriba abajo toda la instalación de esta casa. Es vieja, seguramente sea eso. La edad golpea a todo, si no se cuida. Y no quiero oír una sola palabra más sobre el tema.

Fue tajante e imponente, su voz fue ganando enteros a medida que hablaba, inundándose de una confianza inexistente hacia unos pocos minutos.

Me quedo petrificado por un rato largo, sintiendo unas ganas incontrolables de gritar para descargar mi impotencia, una angustia creciente… pero la impotencia puede más que yo. Me acabo por relajar, por así decirlo. Respiro hondo, en reiteradas ocasiones, y parece que la calma regresa a mí.

Es en ese preciso momento cuando retorno a la realidad y los recuerdos se apelmazan en mí como una avalancha incontrolada. Cada noche subo, por los mismos ruidos que creo escuchar ignorando abiertamente que yo soy el intruso. La pieza que no encaja. La presencia infernal que habita este lugar y se aferra a sus recuerdos porque nada más le queda, salvo un limbo al que nadie quiere cruzar. Tal vez mañana retorne al mismo lugar, repitiendo el proceso en eterno castigo, sin recodar nada y vuelva a experimentar el mismo miedo, ignorando que, mi presencia aquí, es únicamente una sombra superflua. El incesante guiñapo de una vaga evocación que nadie olvida, pero apenas recuerda.

 

 

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