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6 min
Hambre
Terror |
09.04.19
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Sinopsis

Un extraño visitante en mitad de la noche.

1
   La aldea, ubicada junto a un espeso bosque que permanecía nevado buena parte  del año gracias al gélido clima de la zona, atravesaba una crisis que comenzaba a ser más preocupante de lo que en un principio se previó. 
   El ganado era atacado cada noche por lobos que, a consecuencia de la falta de alimento disponible en el bosque, debido a una epidemia de mixomatosis y a la excesiva caza que los aldeanos practicaban para llenar las despensas, se veían obligados a salir de su hábitat y buscar comida donde más fácilmente pudieran encontrarla: en los corrales, donde vacas y ovejas se apilaban a la espera de ser evisceradas allí mismo por las fauces cánidas de las desesperadas bestias.
   Algunos aldeanos, los más duchos con el rifle, hacían guardias nocturnas para ahuyentar o matar al lobo que osase atravesar los límites de la aldea, y ya iban unos cuantos abatidos. Sus cabezas disecadas adornaban las paredes de la taberna del lugar. 
   Pero noche tras noche, otros lobos llegaban a la aldea en busca de carne. Unos morían acribillados, otras huían al escuchar los tiros, y los más afortunados lograban regresar al monte con un cordero en las fauces. 
   La gente de la aldea comprendía que ellos eran los causantes de aquella desagradable situación, pero de ninguna forma podían permitir que las bestias campasen a sus anchas. A fin de cuentas, ellos, como los lobos, también tenían que comer. 


2
   Rodrigo, su mujer Asunción y sus hijos vivían cerca de la aldea, en una muy humilde cabaña más cerca del bosque de lo que a ninguno de ellos les gustaba, pero así la habían heredado del difunto padre de Rodrigo, y allí iban a quedarse quisieran o no.
   El caso es que Rodrigo era de los pocos afortunados que no habían sufrido las consecuencias del hambre de los lobos, pues su forma de ganarse el pan estaba relacionada con la horticultura, y todavía no ha nacido lobo que arriesgue el pellejo por comerse una lechuga. 
   Una silenciosa y helada noche de diciembre, habiendo servido ya Asunción las correspondientes raciones de estofado a sus hijos y marido, alguien llamó a la puerta del domicilio. Rodrigo resopló, se levantó y dejó el humeante plato de guiso en la mesa, a la espera de que volviese.  
   Al abrir la puerta, Rodrigo se encontró en la oscuridad rural con una figura grande, mucho más grande lo que nadie estaba acostumbrado a ver en la zona. Si no medía dos metros, no medía ninguno. Sobre su cabeza, que parecía estar hundida en mitad de unos hombros anchísimos, un sombrero de ala ancha bien encajado. El resto de sus ropas consistían en unos guantes sin dedos, un pantalón de gruesa pana y un viejo abrigo negro que le llegaba hasta las rodillas.  
   Mirándolo, Rodrigo se acordó de un forzudo levantador de pesas que, de niño, vio actuar en un circo. Era inmenso, pero no tanto como el visitante. 
   -Disculpe la molestia de presentarme a estas horas, pero hace frío, tengo hambre y todavía me queda mucho camino por delante. ¿Podría disponer de un plato caliente y una cama, aunque sea un montón de paja en el suelo, por esta noche? -dijo muy despacio el extraño, con un acento que Rodrigo no era capaz de identificar. 
Tras un momento de reflexión y un rápido vistazo a su familia, que aguardaba sentada a la mesa, Rodrigo se apartó afablemente del umbral de la puerta para que el grandullón pudiese pasar. Al entrar, poco le faltó para tener que agachar la cabeza con objeto de no tropezar con el techo.  
   A la luz de los candiles y el fuego bailarín del hogar, el viajero se descubrió aún más extraño: su piel era de un enfermizo color grisáceo, su nariz ancha y chata, su pelo estropajoso, y su rostro basto, anguloso, simiesco. 
   Tras las correspondientes presentaciones, el invitado se sentó a la mesa junto con la familia, y al instante se le puso un plato de estofado por delante. Al coger la cuchara con aquellas enormes manos llenas de voluminosos dedos, uno de los niños reparó en sus uñas, que si bien no estaban afiladas, eran tan anchas y gruesas que daban la sensación de poder arañar la piedra. 
   La mujer le preguntó acerca de su lugar de procedencia y su destino, haciendo hincapié en la mala idea que había resultado ser viajar a pie durante una noche tan desapacible y en un lugar tan frío. 
   El visitante comía y respondía con evasivas y monosílabos. Además de su inclasificable acento, la familia se dio cuenta de que, cuando hablaba, apenas abría la boca, como si se sintiese acomplejado por sus dientes y no quisiera mostrarlos.
   Cuando Rodrigo y su familia hubieron comido y las panzas llenas les sumieron en un estado de flojedad, el invitado aprovechó: se avalanzó sobre ellos con la agilidad de un depredador, matándoles antes de que pudiesen saber qué estaba ocurriendo, y por supuesto antes de que Rodrigo pudiera echar mano de la escopeta apoyada junto a la chimenea. 

   A la mañana siguiente, los vecinos se encontraron con una estampa que les era familiar en sus corrales y pocilgas, cuando los lobos dejaban tras de sí un reguero de animales muertos a medio comer; pero esta vez los muertos no eran animales, sino personas. El olor era el mismo de siempre: sangre, vísceras, carne. 
   El ogro toscamente disfrazado de hombre había dedicado un buen tiempo a comerse a los niños allí mismo, dejando sólo la ropa y los huesos más gruesos y duros que ni siquiera sus dientes y colmillos pudieron moler. De los padres no quedaba rastro, pues cargó con los cadáveres hasta su cueva en la montaña, donde, como le sucedía a los lobos, también para él la comida escaseaba. 

 

 

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  • ¡Excelente relato! Fue muy escalofriante el desenlace.
    Un relato escalofriánte, y muy bien narrado. No hay que fiarse de las apariencias porque pueden ser fatales.
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Lo mío son los cómics, el cine, leer y escribir. No soy mucho más que eso.

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