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4 min
´Hasta la Última Gota
Terror |
04.02.14
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Sinopsis

...días sin huella...

     Me despierto de un pesado sopor como de mármol. Puedo ver la tenue luz del anochecer en las persianas bajas. Desde la mesa de luz el esforzado reloj luminoso me da las siete y media. Ya no siento en la cabeza la sorda resaca del día, pero me vuelve la sed, la implacable sed salitrosa que vuelve la boca de arena.

     Más temprano anduve levantado a la rastra. En horas del mediodía deambulé por el parque que rodea la casa. Pero el sol me sacudía con martillazos candentes. Sólo veía lagos de lava incandescente entre los árboles. Tuve que volver presuroso a la fresca penumbra del dormitorio.

     Ahora estoy recorriendo la casa de arriba abajo. Todo parece mucho más fresco del lado de afuera, mientras sigo llevando una hoguera entre pecho y espalda. Beber, necesito beber y aplacar la fragua.

     Me acuerdo de la película "Días sin Huella", con Ray Milland y Jane Wyman. Nunca pensé antes que llegaría a pasarme lo mismo. Todavía no veo murciélagos y ratones, pero la torturada abstinencia me hace imposible quedarme quieto. Enciendo el televisor y sólo veo avisos publicitarios, mostrando gente feliz saciándose con riadas de licores exquisitos. Entonces, con un esfuerzo, logro no arrojar el aparato por la ventana.

     Algo por el estilo deben de sentir los toxicómanos. El fogón del estómago y esófago se va extendiendo hacia los pulmones, brazos y piernas. La boca... ¡ Ja...!  la boca parece la puerta del infierno, como las fauces de un tragafuegos.

     Uno llega a sentirse como una cocina de hierro de conformación antropomórfica. Una cocina económica ambulante, con todo un fogonazo de leña por dentro.

     Me vienen como oleadas de pánico al pensar que pueden llegar mis amigos y verme así.

     Debería salir a la noche, pero me siento mal. Estaré débil si no bebo algo.

     Las luces de la casa ya me parecen calientes y mortecinas, opresivas. No podré quedame adentro, porque las paredes empezarán a cerrarse sobre mí. Me apretarán. Seré prensado hasta reventar y ver cómo se desparrama toda la lava flamígera de mi interior, pero aún así seguiré teniendo sed.

     Me arrojo al suelo de la sala y me quedo allí, de panza contra los fríos baldosones, tratando de absorver el fresco del granito. No sirve de mucho. Ya no estoy seguro que el techo no está descendiendo sobre mí.

     Me alzo sobre mis piernas vacilantes y atravieso la casa hacia el comedor. Paso junto a la heladera, rellena de provisiones que esperan inútilmente ser consumidas.

     En un lugar recóndito del armario tengo guardada una botella, bien escondida para que no la encuentren mis amigos. Sobre el lado derecho hay un panel que da a un doble fondo. Allí está la botella. En realidad es un botellón de más de dos litros, bien lleno. Me lo procuré hace día y medio para tenerlo de reserva.

     Con mucho cuidado extraigo el precioso recipiente. Lo tomo con las dos manos y doy un largo trago... como una gran crecida del río Nilo enfriando el desierto... ¡Ahh...! Así deben sentir las plantas cuando llega el agua de lluvia.

     Es como estar durante mucho tiempo al borde de la asfixia, y recibir de pronto un golpe de aire fresco. Es como la frescura de una tormenta de verano, cuando el viento norte lo enloqueció a uno durante semanas. Es sentir cómo el fresco y la calma van embebiendo todas y cada una de las células del cuerpo.

     Ahora estoy mucho más tranquilo. Me siento mejor. Ahora ya tengo energías para salir al fresco aire de la noche.

     Se me ocurre que voy a empinarme el porrón entero. Más tarde, afuera, podré conseguir más.

     Continúo bebiendo con largueza. Voy a apurar el contenido hasta lo último. Hasta la última gota de... sangre.

                                            .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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