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11 min
Hasta que el Hambre Nos Separe
Fantasía |
24.07.15
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Sinopsis

Las aventuras de un frasco de mermelada y su amigo.

Hasta que el hambre nos separe

Era hace una maravillosa vez en un roñoso supermercadito “chino”, como de tantos que hay distribuidos por la Ciudad de los Buenos Aires, a metros del portón de la calle, sobre el pasillo del medio, en la góndola de la mano derecha, en el cuarto estante; posicionado exactamente en la mitad del mismo, un frasco de mermelada, mermelada de membrillo. Y cuando digo frasco me refiero al frasco solo, no a la mermelada, la mermelada era el mejor amigo del frasco.

 Es una relación que empezó hace ya largo rato ahí en Fulvio S. Pagani al 493, localidad de Arroyito, Córdoba, en la fábrica del grupo Arcor, donde la mermelada y el frasco se encontraron por primera vez, se conocieron y se unieron para formar un mismo producto, en la cadena de envasado. Fue de ahí que luego del empacado les espero un largo viaje, hasta capital, en el hacinamiento y la oscuridad del interior de una caja de cartón, junto a cientos de frascos como él. Sin embargo es desde hace mucho antes de eso, que el frasco ya había estado junto a otros translúcidos, en la fábrica de vidrio donde lo hicieron y le dieron forma. Le tocó convivir con muchos frascos que no tardaron en ser artífices de largas y distendidas charlas, pero fue a partir del rellenado de cada uno con su respectiva seudo fruta que estas relaciones se quebraron de golpe.

 Volviendo al supermercado, el frasco sentía que necesitaba hablar con otras cosas, porque por buena que fuese la mermelada de membrillo, él se sentía forzado a la convivencia, le costaba aceptar el hecho de no tener otro amigo que no estuviese ligado a él, por lo que trataba de hablar con las latas de la góndola de al lado, o con las conservas de anchoas o las de aceitunas. Trataba, pero difícilmente le respondían, ya que ellas, al igual que los otros envases que lo rodeaban, también estaban ocupados con su contenido.

 Por momentos deseaba poder ser como las personas, poder moverse, pasearse para todos lados. Además notaba que ellos no tenían problema para hablar entre ellos, no vivían ensimismados en sus propias vidas o por lo menos eso parecía. Y probablemente pensarán que aquel individuo viscoso estaba al tanto de todo esto, pero justamente esto era lo que nuestro protagonista tenía que evitar, se tenía que guardar todo, no podía hacerle notar su descontento, mucho menos revelarle sus inquietudes; porque con esto, ponía en riesgo su relación y si se echaba a perder, el dulce lo haría también, lo que arrastraría al frasco con él.

Todo esto eran sus pensamientos iluminados por el tubo de luz resplandeciente, cuyos rayos iniciaban los días, el local se habría, los chinos abrían el portón, comenzaban a atender, los clientes entraban, pasaban, volvían a pasar, veían precios compraban, a muchos ya les conocía la cara, las cuales se reflejaban en su vidrio. Todo así, hasta que el portón se cerraba y el tubo de luz se apagaba, el día había terminado. Lo que seguía era oscuridad y silencio, y no, el frasco no dormía, estaba siempre despierto, el que dormía era el dulce, hasta que devuelta el tubo de luz marcase que empezaba todo otra vez, la monotonía castigaba con el flagelo del aburrimiento. Así se repitió hasta que nuestro ejemplar transparente perdió la cuenta y dejó de prestar atención a lo que pasaba a su alrededor, se dedicó, como los demás a lo que contenía en su interior.

 Pero lamentablemente el lapso en que la conciencia del frasco pudo dormir, fue poca, ya que, de manera repentina, sin verla previamente, cuando ya había perdido la noción del tiempo, fue cuando una mano lo tomó y lo metió en un changuito junto a un paquete de galletas de agua. Trató de hablar con el mismas, no le contestaron, ya lo estaban pasando por la caja registradora, entró en una bolsa de nailon blanca, de ahí, lo sacaron del lugar que por tanto tiempo había sido su hogar.

 Mientras la persona caminaba por la calle nuestro héroe asustado  podía ver un poco de la calle a trabes de la trasparencia de la bolsa. Lo entraron a una casa, lo pusieron en una mesa y cuando escuchó una puerta que se habría con un sonido raro, la mano lo volvió a tomar y lo depositó en la parte interna de esa misma puerta, sobre un estante. En ese momento pudo ver la cara de la persona, era una mujer algo adelantado en años, arrugada y con sobre peso, mientras se serraba la puerta vio otros envases de alimentos en estantes de fierros blancos, pronto no los vio más, de un portazo no hubo más luz.

Trató de hablar con algo, pero solo le devolvieron quejas para que se calle, no entendía qué pasaba, sin embargo sabía que tenía que mostrarse sereno y tratar de tranquilizar a la mermelada. Aunque con sorpresa descubrió que a pesar de toda la brusca secuencia, el dulce ya esta tranquilo, el frío lo tranquilizaba.

Pero fue cuando la puerta se abrió y pudo ver otra vez la luz en la ventana, que la mujer decidió que le tocaba a él. Lo pusieron sobre la mesa, junto a platos y a utensilios, luego siguieron tazas con líquidos humeantes y más envases de comidas. Se reencontró con el paquete de galletas, ni siquiera atinó a hablarle, sabía lo que venía. Acto seguido, el señor y la señora se sentaron enfrentados. Primero tomaron sorbos de sus tazas, luego, el hombre, con un cuchillo abrió la parte superior del paquete de galletas y sacó una. Le siguió el turno a un rectángulo coloro crema, que apareció en un costado, con el mismo cuchillo raspo a  la masa grasosa, dejando parte de esta sobre el utensilio, para después depositarlo sobre la galleta. El turno siguiente fue para el frasco, el señor calvo lo tomo con las dos manos, la izquierda abrazando el vidrio y la derecha sobre la tapa, se lo llevó cerca de su cuerpo. Las dos manos comenzaron a tratar de girar en sentido contrario, haciendo presión sobre el frasco. La rosca no cedía, por lo que las manos empezaron a temblar por la fuerza, pero duró poco, ya que en unos segundos la tapa giró, el botón de seguridad salto y el metal se separó del frasco, dejando al descubierto el dulce, lo puso devuelta sobre la mesa. Para continuar, otro cuchillo apareció en escena, esta vez uno más ancho, el cual perforó a la mermelada y haciendo palanca le quitó un trozo, el cual fue a parar sobre la galleta ya untada. Para terminar, el preparado, en mucho menos de lo que tardó hacerse, desapareció en la boca del hombre. La mujer no tardó en seguirle y repitiendo el mismo proceso, le quitó otro trozo a su amigo, para engullirlo junto a la galleta en esas enormes fauces negras. Y así el hombre volvió a arremeter, seguido nuevamente por la señora, entre medio tomaban sorbos de sus tasas que ya no humeaban. Continuaron hasta que el frasco sintió que un cuarto de su amigo estaba ausente, luego, los dos se incorporaron de sus sillas y le devolvieron su tapa, despejaron la mesa y guardaron las cosas sobre ella, incluido el frasco que volvió a su estante, a la oscuridad y el silencio de un portazo.

Los dos compañeros se quedaron solos, callados, el frasco comenzó a rebobinar en su mente las imágenes de lo que acababa de vivir, las manos que lo abrían, el cuchillo que despedazaba a su amigo, las mandíbulas que masticaban.

Esa misma tarde la volvió a ver, se ve que había tenido un mal día, porque cercenó a su amigo con voracidad.

 Al volver a la oscuridad reflexionó: “después de haber protegido y resguardado a la mermelada, por tanto tiempo, después de todo el trabajo que llevó elaborarlos; que  dos personas vengan y sin el menor esfuerzo, violen su tapa, despedacen a su compañero y se lo traguen en frente suyo a un ritmo en que pronto desaparecerá y sin poder hacer nada al respecto”. No se podía sentir más impotente y miserable, y lo peor era que una parte de él entendía que era perfectamente normal.

 A la mañana siguiente la única sorpresa fue que quien abrió la puerta fue el hombre, pero de ninguna forma fue sorpresa lo que hizo a continuación, el frasco, medio vacío, volvió a su estante.

 Ahora el envase se encontraba completamente choqueado y en silencio; pensaba: “la próxima vez que me saquen, esta tarde, me terminarán de vaciar, terminarán de comérselo”. Y por más afligido que estaba por perderlo así de la nada, a quien lo acompaño toda su vida, no podía dejar de pensar en qué pasaría con él mismo después de quedar vacío, tenía miedo, porque sabía que le esperaba lo desconocido.

El dulce estaba completamente abatido, por lo que el frasco no pudo despedirse de él, cuando vio la luz de la tarde por la ventana, cuando lo pusieron en la mesa y cuando finalmente, para endulzar una tostada, se deshicieron completamente de su compañero. Con la misma indiferencia y frialdad de siempre, rasparon todo rastro de dulce de su interior y lo usaron para tapizar el pan, en unos pocos mordiscos su amigo ya había dejado de existir y no sabía por cuanto tiempo él lo seguiría haciendo.

Pero lo que hicieron con él luego de eso superó su imaginación, porque simplemente lo lavaron junto al resto de las vajillas con agua caliente y detergente, para luego arrancarle la etiqueta, secarlo y dejarlo en un estante lleno de frascos vacíos y desnudos como él en una alacena, en otro estante oscuro y silencioso.

En eso fue que una frase escapó de su pensamiento:

─Estoy vacío ─Exclamó.

 Luego, por primera vez desde la fábrica de vidrio, otro frasco le habló:

 ─Sí, estas vacío, al igual que todos nosotros.

 ─Estoy vacío, ya no sirvo más.

─Sí, sos un frasco de conserva que ya no conserva más nada, pero aun así seguís existiendo.

─¿Cómo puedo ser un envase y no envasar nada? ¿Cómo puedo existir y no servir para nada? ─Le repondió apenas escuchándolo.

 Por unos segundos se hizo un silencio espectral, los dos frascos parecían estar solo en la oscuridad, hasta que el  de atrás sentenció:

 ─Vos no servís a nada ni a nadie, vos servís a aquello que fuiste desde tu principio y que seguís siendo hasta ahora. Porque vos no te moves, vos no soñas, vos sos. Son a aquéllos a quienes no les alcanza, los que sirven a la Tierra, se mueven para pertenecer, tienen que pertenecer porque se mueven. Los que sirven al Cielo, sueñan para existir, tienen que existir porque sueñan. Moviéndote podes estar vivo o muerto, soñando podes ser todo o nada, pero siendo un frasco solo te queda ser.

Ya sabes el final, ahora solo te queda elegir el inicio:

Un día la señora agarra el frasco, se le cae y se rompe. Recogen los restos y los tiran al tacho, ahora sus cristales decoran la basura.

Una persona se despierta en donde suele acostarse, a mitad del horario en el que acostumbra dormir, sorprendiéndose de las cosa que sueña y sin alarmarse demasiado vuelve al mundo de las verdades.

Un día el señor abre la alacena en donde guardaba los frascos, al hacer esto descubre de un tremendo susto que había una libélula gigante adentro, como el hombre sufría del corazón, tiene un infarto.

                  

                 

   

 

  

                 

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