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14 min
¡Hay que joderse!
Suspense |
19.07.15
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Sinopsis

¡Hay que joderse!- exclamo- es que ya no te puedes fiar ni de un BMW, robes el coche que robes te lo encuentras en reserva, ¡puta crisis!

- ¡Hay que joderse!- exclamo- es que ya no te puedes fiar ni de un BMW, robes el coche que robes te lo encuentras en reserva, ¡puta crisis!

Se le había encendido el testigo de la gasolina, solo le quedaba combustible para 150 Km más. Tenía que estar al día siguiente sin falta en Valencia, pues en un intento de salir del hoyo en el que se encontraba, Juancar se había comprometido con "el Cheli" para hacerle un porte. El asunto era muy sencillo y le reportaría no solo dinero suficiente para los próximos dos meses, sino que también saldaría la deuda que tenía con él.

A lo lejos vio las luces de la estación de servicio y con tranquilidad puso el intermitente y se echo a la derecha, tenía que evitar que le parara la policía, pues el coche lo había robado esa misma tarde, se comportaba como un conductor, hecho que le exasperaba, acostumbrado como estaba a no bajar de 130.

La velocidad siempre había tenido un efecto relajante en él, le calmaba,  pero no esa calma pausada del que con la conciencia tranquila se dispone a dormir, no,  era más bien como el adicto cuando se inyecta su veneno y siente como por todo su cuerpo se va extendiendo,  relajando sus músculos y vaciando  su mente hasta la próxima dosis.

Quizás esa afición a la velocidad era la que le había llevado a vivir tan rápido, llego de Valencia a Madrid a los 20 años con la intención de estudiar enfermería, pero se quedo en eso, en una intención.

Cuando paro el coche en el surtidor apago el motor y miro en su cartera, solo tenía los 40€ que le había pagado a Lara por un servicio completo y que en un descuido en el que la chica fue al baño volvió a recuperar. Sonrió para sí al imaginarse la cara de la puta al darse cuenta de que el servicio lo había dado gratis.

-Nunca falla  escoger a las limpias- pensó.

Al bajar del coche se levanto el cuello de la cazadora, solo eran las ocho de la tarde pero ya era de noche y corría un viento frío que te cortaba la cara, repostó los 40€,  intentando no pensar en las consecuencias que tendría no  llegar a Valencia y cumplir con el encargo, aunque su vida ahora era una mierda sórdida que saltaba de garito en garito en busca de la siguiente dosis, aun la tenia cariño y quería conservarla.

Entro en la tienda para pagar cuando salía el ultimo cliente y se acerco a la caja

- Surtidor 3- y le extendió los billetes al cajero.

Cuando la caja se abrió sin ni siquiera pensarlo, sacó un revólver que llevaba escondido en el cinturón y apunto al dependiente,

-¡dame lo que tengas en la caja cabrón o no lo cuentas!- le grito con la cara roja de ira y los ojos clavados en los de él.

Nunca había atracado una gasolinera pero tenía que llegar a Valencia a toda costa y total la petroleras están forradas, no  le hacía daño a nadie.

El dependiente era un chaval joven que llevaba dos día afeitándose, le miro por unos segundos a los ojos, y después incomprensiblemente agarro con las dos manos fuertemente el cañón del revólver, moviéndolo con rabia intentó arrebatárselo. El forcejeo no duro mucho, pues en  uno de los bruscos movimiento el revólver se disparó, incrustando su macabro proyectil en el pecho del joven. Los ojos de ambos se volvieron a encontrar el instante que el cajero tardó en desplomarse.

Juancar corrió detrás del mostrador se guardo todo el dinero de la caja, que permanecía abierta en los bolsillo y miro al dependiente.

- ¡hay que joderse!, valiente gilipollas.

Se acero al monitor de las cámaras de seguridad y comprobó que la cámara del interior de la tienda no funcionaba, a veces se puede contar con la crisis, pensó. Tras comprobar que la puerta trasera estaba abierta, se guardo la pistola y salió tranquilamente al coche, lo arranco y bordeando la gasolinera, aparcando en la parte de atrás a salvo de las cámaras de seguridad. Entro por la puerta trasera y llego hasta el cuerpo de chico. Como pudo se lo cargo en los hombros, aunque solo tenía 35 años no estaba precisamente en forma, su cuerpo había vivido mucho.

Mientras sentaba al chaval en el asiento trasero del BMW pensó que quizás esto le diera más tiempo, abandonaría el cuerpo en el campo a unos kilómetros de allí. Volvió al interior de la gasolinera, el daño ya estaba hecho y el coger algo más no agravaría las cosas, así que cargo con dos litronas de cerveza y una camiseta blanca de talla XL, le hubiera gustado coger un sombrero pero solo había un sombrero de paja que no iba nada con la chupa de cuero.

Había conducido unos 60 km cuando vio una salida de la autopista que daba a una gran explanada con los restos, de lo que hace décadas, debía de ser una casa. Tranquilamente tomo el desvío y aparco el coche detrás de la ruinas, paro el motor y apago las luces. No sin esfuerzo saco el cadáver del coche y lo arrastro como pudo hasta dejarlo sentado contra un muro de piedra medio derruido, lo miro un segundo y le dijo

- ¡como por tu culpa acabe en la trena vuelvo y te mato cabrón!- e instintivamente le soltó una patada haciéndolo caer de medio lado, postura que dejo a la vista de Juancar su chapa de empleado. Antonio Parra, Cajero.

Un fuerte olor a orines le saco del ensimismamiento hipnótico que le había provocado la chapa del chico y se refugió en el coche sonriendo ante la idea de matar a un muerto.

Solo eran las nueve de la tarde, podía permitirse un descanso, abrió la primera litrona y comenzó  a beber. Al abrir la segunda botella se acordó de que aún le quedaba una pequeña china, rebuscó en el bolsillo del vaquero y encontró la preciada piedra.

- Antonio Parra, menudo gilipollas- pensó y el recuerdo del cajero le traslado a su infancia en Valencia junto a su hermano Antonio, ¿qué habrá sido de él?,  hacía años que no hablaba con su madre. Le hubiera gustado no tener que volver a su ciudad, pero cuando "el Cheli" apoyó el  revólver en su sien y le dijo ¡me vas a hacer un favor!,  no pudo negarse. Tenía que estar en Valencia a las 11 de la mañana, recoger una maleta y llevarla a Madrid. Perdido en sus recuerdos aspiro con fuerza y el analgésico humo hinchó sus pulmones cerrando sus ojos vidriosos.

Al abrir de nuevo lo ojos el arrebol de la nubes le sobresalto

-¡hay que joderse! me he dormido-  solo eran las 6 de la mañana, si se daba prisa llegaría a Valencia a tiempo. Tenía un gusto a cerveza amarga en la boca, se tomo el último sorbo que le quedaba en la botella la tiro por la ventanilla y mientras avanzaba con el coche grito ¡hasta la vista Antonio!

Llegó a Valencia a las 10  y aunque la ciudad había cambiado, se las apaño para encontrar el bar en el que había quedado.  Al entrar pidió una caña en la barra y se acerco al baño, se lavo la cara y se cambio de camiseta, ya estaba listo para el intercambio.

Sentado en un extremo del garito se había tomado cinco cervezas cuando entraron tres tipos con una maleta, tras observar el mugriento local se le acercaron con paso tranquilo, no había posibilidad de error pues era el único cliente.

El más bajito, llevaba que unas gafas de espejo que le cubrían la mitad del rostro, le preguntó

-¿te envía El Cheli?- era una voz áspera con arrugas más propias de una vida de excesos que de la edad del individuo.

Juancar asintió con un leve movimiento de cabeza, pues  quería  evitar que su entrecortada voz le delatara como primerizo.

El hombre le hizo un gesto para que les siguiera y los tres matones se dirigieron hacia los baños, Dudó unos segundos, nunca había sido malo con los puños pero tres eran demasiados. Respiro hondo y tras espantar esos pensamientos con un rápido movimiento de cabeza cogió la bolsa de deportes con el dinero y les siguió resignado. Las rodillas le temblaban y el corazón hacia años que no demostraba tanta vitalidad, cabalgaba en su pecho como si quisiera salir de él. Lamento haberse fumado su última piedra pues si salía de esta la iba a necesitar.

Los matones le franquearon el paso a los baños y entraron detrás de él,  bloqueándole la salida.

- enséñanos el dinero- Juancar abrió la cremallera de la bolsa muy despacio, no quería hacer ningún mal gesto.

- enseñarme la mercancía- contestó con la voz más firme que pudo.

El tipo que llevaba la maleta la coloco sobre el lavabo y tras un asentimiento de cabeza  del bajito la abrió, los paquetes de polvo blanco que había en su interior le parecieron que iluminaban aquel baño oscuro y sucio en el que estaban, lastima no poder quedármelo pensó. Y alargo la mano tendiéndole a jefe la bolsa con el dinero, el más alto cogió la bolsa y los tres individuos abandonaron la estancia sin decir nada, y allí se quedo hipnotizado por el contenido de la maleta.

Sin  poder evitarlo cogió uno de los paquetes lo abrió con mucho cuidado y se preparo dos rallas que esnifó con una avidez incontrolada. Se preparó un pequeño paquetito de reserva, lo guardo en el bolsillo  y cerro la maleta, esperando que el Cheli no notara nada.

Al salir del bar se sentía capaz de todo y decidió acercarse al barrio Chino seguro de que en la calle Pelayo encontraría compañía femenina a buen precio. Caminó cinco minutos pues pensaba cambiar de coche para el regreso a Madrid y aunque cargaba con la maleta la vitalidad que el polvo le había dado le permitió hacerlo sin apenas esfuerzo.

Avanzo por la calle Pelayo observando a las mujeres que se mostraban  de pie para  cerrar un negocio, al pasar por una tienda de comestibles entro y compro dos litronas, le gustaba volver a tener algo de dinero en los bolsillos, cortesía de Antonio Parra pensó sin poder evitar que le aflorara una sonrisa en la cara.

Frente a la tienda había una mujer de unos 45 años, entrada en carnes, que lucía unos shorts verdes, demasiado ajustados para su cuerpo y un sujetador de encaje que dejaba ver todo el contorno de un generoso pecho ya ajado por los años, no era precisamente atractiva pero le pareció la mas aseada de la calle y se acercó  a ella con paso firme.

 No es que fuera escrupuloso,  pues la limpieza, una vez metido en harina siempre le había dado igual, pero sabía que esa chica tarde o temprano iría a baño a asearse y sería el momento en que él aprovecharía para  recuperar lo pagado y largarse satisfecho.

Cerraron el trato si apenas regatear pues ella tenía un mal día, y se conformaba con poco y él pensaba recuperar lo gastado, en pocos minutos ya estaban en la roñosa habitación de una pensión cercana y mientras la chica se desnudaba Juancar dio cuenta de la primera litrona, aun estaba fría y se deslizó por su garganta como mana divino.

Cuando volvió a abrir los ojos el ocaso le sorprendió a través de los sucios cristales de la única ventana de la habitación, tenía un fuerte dolor de cabeza producto de la embriaguez. Se incorporó lentamente y con rabia comprobó  que la puta ya no estaba allí

- ¡hay que joderse!, el polvo con la vieja me ha costado 50 napos.

Se vistió todo lo rápido que pudo, se cercioró de  que no quedaba nada de cerveza, cogió la maleta y  se dirigió a la calle dispuesto a elegir otro coche, tenía que llegar a Madrid en unas horas.

Tuvo que abrir cinco coches hasta encontrar uno con el depósito lleno, no quería tener que para otra vez a repostar. Antes de emprender el camino de vuelta consumió su pequeña reserva de droga, pues necesitaba estar despierto.

Piso el acelerador todo lo que pudo, completando el trayecto en dos horas y media, al llegar a la capital dejo el coche aparcado en un vado de Gran Vía y caminó hasta el número 8 de la calle Desengaño, donde estaba el garito que regentaba El Cheli. Llegaba media hora tarde.

Entró en el bar con el corazón, otra vez,  pugnando por salirse de su pecho, mientras él arrastraba la maleta de la mercancía. Se paró en el quicio de la puerta del garito buscando a El Cheli con la mirada, cuando sus ojos se encontrado el gánster le hizo un gesto con la cabeza para que le acompañara a la cocina, y junto a ellos emprendieron el camino tres matones que bebían en la barra.

Juancar procuro andar con paso firme y mantener la calma pero apenas lo consiguió, nunca debía haber pedido dinero prestado a este tipo pensó.

Una vez en la cocina tuvo unos segundos para recorrerla con los ojos, estaba claro que allí no se cocinaba nada, la costra de  grasa que lo cubría todo debía tener más de una década.

-Llegas treinta minutos tarde- le espeto El Cheli

- Había trafico- respondió intentando aparentar indiferencia.

Mientras El Cheli le echaba un sermón sobre la puntualidad en los negocio y la confianza mutua, uno de los matones le cogió la maleta y sobre la cocina la abrió.

El corazón de Juancar latía con tanta fuerza que le impedía escuchar al gánster, apenas era capaz de aguantarle la mirada.

Al tiempo que notó el frío metal de una automática en su sien sus oídos se despejaron.

- ¿donde está la mercancía? cabrón- Juancar se giró hacia la maleta.

El preciado polvo blanco ya no estaba y en su lugar una docena de libros viejos la llenaban.

- ¡hay que joderse! creo que he echado un polvo con la puta más cara de todo Valencia. - Seguro que ahora está muerta de la risa imaginándose mi cara. Con este pensamiento estaba cuando un sonido hueco acompañado de una bala del calibre 45 atravesó su cabeza, escupiendo sus sesos en la pared grasienta de la cocina. Su cuerpo se desplomó sobre el suelo como un muñeco de trapo.

-¡hay que joderse! Rober, eres un gilipollas, le has matado antes de que nos dijera quien tiene la mercancía- grito El Cheli rojo de ira.

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