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8 min
Hecho a mano
Reales |
05.06.09
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Sinopsis

Andrés Hacendoso se acunaba en una mecedora de madera caoba sin barnizar. Tenía los ojos cerrados y sus labios arrugados habían empezado a tararear una antigua canción de cuna de su infancia. Sus manos, mientras tanto, liaban un cigarrillo de forma mecánica e inconsciente. A pesar de su habilidad los pantalones se le estaban llenando de tabaco. Se interrumpió cuando oyó los estertores mecánicos de una vieja camioneta a las puertas de su taller.
- ¿Andrés? – llamó una voz. Fuera se oía también el chasquido metálico de unas compuertas.
El anciano se puso en pie y se dirigió afuera. Caminaba despacio, a golpes, como un preso con los tobillos encadenados. Su cojera siempre se acrecentaba un poco después de pasar un rato sentado.
Cuando abrió la puerta de su carpintería se encontró con la oronda y sonriente cara de Víctor Cabieces que descargaba cuatro tablones de madera blanca. Tenía 58 años y era la primera vez que Andrés le veía verdaderamente alegre en nueve meses. Su esposa había fallecido repentinamente el año anterior. Víctor nunca le explicó lo sucedido, pero Andrés lo había leído en los periódicos. Al parecer había muerto desangrada y él estaba a su lado cuando ocurrió. Viajaban en coche, por la autopista. No debían ir muy rápido, pero al camión cargado de fruta que tenían delante se le soltó un amarre y empezó a dejar un rastro de sandías a su paso. Decía el diario que el conductor había tratado de esquivarlas, pero una de ellas golpeó en el parabrisas del coche donde viajaban Víctor y su esposa. La fotografía impresa del periódico mostraba el parabrisas desprendido y curvado, como una patata ondulada, cubierto de sangre. Se había desprendido del vehículo y había seccionado la carótida del copiloto. En esa misma fotografía había una sábana blanca echada sobre el asfalto y se veía la espalda de Víctor doblada de dolor y pena.
- Hola – saludó el repartidor con la frente perlada de sudor. No era tanto por el esfuerzo de descargar la madera como por el caluroso día que estaban teniendo.
- ¡Qué sonriente! –comentó Andrés acercándose a los tablones y acariciándolos con una mano.
- Sí, supongo que lo estoy. Esta es la última –dijo, y después aspiró una bocanada de aire tan profunda como la de un buceador que ha permanecido mucho tiempo bajo el agua-. Hoy me jubilo -confesó.
- Sí, sí. Ya me dijiste, ya. ¿Puedes ayudarme?
- Claro.
Víctor le pasó dos tablas al anciano mientras él cargaba con el resto. Juntos las metieron en la carpintería. Allí se respiraba un profundo olor a barniz, serrín y pintura, pero al menos podían disfrutar de una sombra fresca.
- Así que la última –comentó Andrés dejando las tablas encima de una mesa de trabajo. Pretendía formar con ellas los marcos para unas ventanas que después instalaría en una vieja cabaña aislada en mitad del monte. Una familia de urbanitas la había mandado construir allí hacía varios años, y el verano anterior le habían encargado el trabajo. “No hay prisa”, le dijeron, tomándole por un viejo que talla figuras de madera con una navaja y no por un verdadero carpintero. “Nos basta con que estén colocadas para el próximo agosto”. Ahora quedaban un par de meses y Andrés se dio cuenta de que había estado retrasando el trabajo. Se sentía incómodo por cómo le habían tratado, igual que si fuera un discapacitado.
- Sí, lo dejo después de cuarenta años, ¿lo puedes creer? –insistió Víctor.
- Sí, claro que lo creo.
Desde que leyó la historia de la muerte de su mujer, Andrés estuvo convencido de que los seguros le habrían indemnizado bien por el accidente. Sus sospechas se confirmaron cuando el propio Víctor le había anunciado su retiro dos semanas atrás.
- Bueno, ¿y ahora de dónde sacarás la madera? –le preguntó el repartidor.
Hubo un incómodo silencio. Los dos sabían que Andrés no tenía nadie más con quien hacer tratos. La jubilación del repartidor sentenciaba también su carrera.
- ¿Has pensado en jubilarte? –comentó el hombre.
Andrés asintió. Después volvió hacia su mecedora, pero antes de sentarse en ella le preguntó a Víctor:
- ¿Quieres una cerveza? Tengo un par de latas en la neverita.
- Por supuesto. ¡Deja!, las cojo yo.
Andrés se recostó con un crujido en la mecedora sin barnizar. No quedaba claro si el quejido lo habían producido la silla o las articulaciones del anciano.
- Oye Andrés, una pregunta, ¿cuántos años tienes?
- ¡Uy! –sonrió el viejo-. ¿Por qué quieres saberlo?
- Sólo me preguntaba si no deberías dejarlo también. Tienes edad para disfrutar de unas buenas vacaciones –le dijo tendiéndole una lata de cerveza cubierta por una húmeda capa de condensación.
- Sesenta y nueve. Tengo Sesenta y nueve años, pero no quiero jubilarme. ¿Qué voy a hacer yo jubilado?
- ¿Cómo que qué vas a hacer? Hay muchas cosas que puedes hacer. Yo voy a irme a vivir una temporada con mi hijo mayor, el arquitecto. Y después quiero hacer un viaje.
- Yo no tengo hijos –protestó el anciano.
- Pero sí que puedes hacer un viaje. ¿Algún sitio habrá que quieras ver?
- No, ya viaje bastante durante la guerra – abrió con un chasquido su lata y selló sus labios contra el agujero de la boquilla. Dio un trago largo que hizo subir y bajar su nuez de Adán por la garganta-. Yo estoy bien en este pueblo –y después, como para sí mismo, murmuró-: todo lo que hay aquí lo he hecho con mis propias manos. Todo. No puedo abandonarlo.
Víctor asintió. No parecía sorprendido por la respuesta del viejo.
- De acuerdo, pero no creo que haya mucho trabajo a partir de ahora. De todas formas sé donde pueden conseguir algo de madera. Fresno y chopos sobre todo. La mitad no servirá más que para hacer leña, pero…
El anciano dio otro trago largo a su cerveza y le miró esperanzado. Después metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó el cigarrillo en el que había estado trabajando. Se lo ofreció al repartidor que lo rechazó con la mano, y finalmente se lo llevó a la boca.
- Toma. Tengo fuego por aquí –dijo Víctor palpando su ropa en busca del encendedor.
Cuando lo hubo encontrado lo prendió y tendiendo la llama frente al rostro de Andrés, le habló de un lugar que quizás le interesara.

Todavía quedaban varias horas para que anocheciera, pero apenas sí llegaba luz al sinuoso sendero que seguía Andrés. La camisa se le pegaba al pecho sudado y el ralo pelo de su cabeza le caía por la frente en flecos gruesos y largos como rabos de lagartija. Al fondo, no muy lejos, se oía el murmullo de un arroyo.
“Bien, ya queda menos”, se dijo el viejo, siguiendo el sonido del agua. Cuando al final llegó hasta el riachuelo sacó el arrugado pañuelo de tela que llevaba en el pantalón y lo humedeció en el agua. Después lo escurrió y se frotó la nuca con él recuperando el aliento. Entonces lo vio. Vio lo alto y majestuoso que era, creciendo en un claro como si no hubiera más árboles en el mundo.
Era un sauce llorón, con las frondosas hojas cayendo en cascadas de las ramas como lágrimas verdes. Se acercó despacio, contemplándolo, hasta que pudo estirar la mano y palpar su nudosa madera. Siguió con el dedo las vetas dibujadas en su piel como si recorriera un mapa de carreteras, y pensó en todo lo que podría hacer con aquel árbol.
Después sacó la soga. Era áspera y deshilachada, buena prueba de que estaba hecha a mano como las cosas buenas. Se quedó escuchando el susurro del agua y el tintineo de las briznas de hierba sopladas por el viento hasta el anochecer, cuando al fin pudo ver aparecer aquella luna surcada de cráteres e imperfecciones, como las cosas buenas hechas a mano.
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  • Cómo dice nuestro compáñero, que bien narrado y que bien describes las situaciones, por un momento nos hemos sentado junto a la mecedora de Andrés... has escrito una historia de las que me gustan a mí, de las que hay personas que han vivido una vida intensa, y ahora quedan por su edad relegadas a un segundo... o tercer plano. Felicidades, me ha gustado mucho.
    Que bueno. la descripición y los detalles son exquisitos, hacen que lo veas todo con mucha claridad. La jubilación resulta para algunas personas la antesala de la muerte y el verdadero tramo final, para otros una nueva y última etapa, al fin y al cabo, parece ser un final marcado por la sociedad de todos modos...
  • La mente humana puede funcionar de manera ordenada como una máquina, pero una máquina siempre funcionará de manera caótica como un humano.

    Las noticias sólo hablan de tragedias, como la vida misma.

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La ciencia ficción, la literatura de aventuras, las tertulias, el cine de terror malo...

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