cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

10 min
Hell Streeper
Varios |
23.12.19
  • 0
  • 0
  • 1032
Sinopsis

Una joven crea una novedosa forma de venganza.

Los muertos:

     Todas mis brujas de colección espantaban a los fantasmas que intentaban perturbar mis sueños. Mis amadas guardianas. Princesas de la oscuridad que hacían de mis pesadillas un refugio de lo real.

     Cada una de ellas,  un obsequio de mi padre muerto. Él, muerto, retozaba con ellas. Mis dulces madrastras. Princesas de los bosques. Princesas envejecidas que juegan a ser reinas. Con un solo rey. Un rey muerto que vive con ellas.

     Mi padre murió tres lunas antes de que mi madre empezara a vivir con Joaquín. Cuatro lunas después quise olvidar la vida…

     Una clara mañana até una media panty que adornaba mi cuello al tubo de la ducha. Llené el piso de champú y dije adiós. Abandoné mi cuerpo al vacío. El nylon se hizo uno con mi carne, no encontré punto de apoyo. Iba a morir… (No fui capaz de irme, de morir. Me aferré a la vida. Luché por la vida. Lloré por la vida. Logré salvarme. Amé la vida).

     Mucho tiempo después me acusé de cobarde. Hoy sé que no fue cobardía. Había que tener demasiado coraje. Soy valiente. Me salvé  no por cobarde, sino por valiente. Yo podía enfrentar toda esa mierda y más. Hoy puedo enfrentar toda esta mierda y más. Soy valiente, hija de brujas. Hija de un padre muerto. Hija de un titiritero muerto. Hija de un titiritero de brujas muerto que retoza en la sombras. (Amo la vida).

      La vida fue sencilla cuando aprendí a enfrentarla… No sentí más miedo ni ganas de huir…

 

Los vivos:

      Mi madre, celebraba la vida bebiendo ron todos los días. Joaquín, celebraba la vida masturbándose mientras me espiaba al vestirme. Yo, no celebraba aún, vivía el silencio que enseña.

     La primera vez me asusté. La segunda vez dejé caer la toalla. Desde la tercera vez en adelante creé mi historia.

      Después de bañarme, iba religiosamente a mi habitación a vestirme. Cerraba la puerta. Joaquín aguardaba callado tras la pared de madera. Una pared de tablones que delataba mi secreto. La toalla caía. Sentía en mi piel su desesperación. Olía en mi aire su sexo. Su desesperado sexo. Me vestía lentamente. Acariciaba mi piel y mi carne. Revelaba el culo al  ansioso en las sombras, y lo cubría. Acariciaba mis pechos y los ofrecía al Hades que aguardaba. Cubría los pechos. Ofrendaba mi virginal sexo. Lo acariciaba. Lo cubría. Cubría poco a poco todo mi cuerpo. Yo entonces celebraba. Celebraba su angustia, sus ganas de ver más, su insatisfacción. Su puñaleada lujuria. Desde allí comencé a celebrar. A celebrar como bruja, como hija de bruja cada luna llena.

     No había pecado en ello. Eva ofreció su fruto a Adán. El no debía comerlo. Si comía, eso era otra cosa. Eso lo dijo el sacerdote un domingo cuando mi madre, Joaquín y yo fuimos a misa por Semana Santa. (Sentí paz en mi alma, en mi cuerpo. No había pecado. Si el comía, eso sería otra cosa).

     Aquella mañana el sacerdote también leyó Colosenses 3:5-6, donde se manda: “haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría, cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia”. (Sentí paz en mi alma, en mi cuerpo. No había pecado. Si el comía, eso sería otra cosa. Eso sería un problema para él).

     Ese día puse en orden mis ideas. La fornicación no existe sino en la piel de los hombres (pensé). Yo no quería su fornicaria piel dentro de la mía. Yo sólo ofrecía el fruto. Él no debía desear comerlo. Él no debía intentar comerlo. “Haced morir, pues, lo terrenal, en vosotros: fornicación”. Dios me hablaba. Me decía que debía hacer. Mi propósito en la vida. Sentía paz. Yo era hija de brujas y de un titiritero muerto que retozaba con ellas en las sombras, y Dios me hablaba:

-“¡Todo está bien hija de brujas y de un titiritero muerto!” (Me decía Dios).

-“¡Ya sabes lo que debes hacer hija de brujas y de un titiritero muerto!” (Dios sonreía y me decía lo que debía hacer).

 

 La iniciación:

    El adánico Joaquín quiso comer el fruto…comió…

     Yo tenía que hacer mi parte…

     Joaquín recibió la muerte por mis manos una noche mientras dormía junto a mi madre. Las piernas abiertas. Su desnudo sexo dormía junto a él. Bastó un tajo en el cuello para que la justicia de Dios se efectuara Por mis manos. Y un tajo en su sexo para que  mi justicia se efectuara. Era mío ahora su sexo. Era una sola carne conmigo. Yo me iría, pero llevaría conmigo su sexo-mi sexo. Mi madre dormía…

     Se me había confiado una tarea. Yo sería la Eva (que se viste) vengadora que castigaría a los incontinentes. A los que osaban comer el  fruto. (¡Qué terrible responsabilidad! ¡Dios dame fuerzas para cumplir tu misión!- solía pedir desde ese día).

     Desnudez. Desnudos no somos nada. Sólo cuerpos. Nos parecemos a las marionetas desnudas. A los títeres desnudos. Desnudos sólo somos carne. Sólo somos estructuras. No tenemos alma cuando estamos desnudos. Los títeres, las marionetas no tienen alma cuando están desnudas. No son nada. Somos marionetas.

     Aquella noche agarré mi ropa. Aquella noche agarré mis brujas, mis madrastras. Aquella noche tenía ya catorce años y aparentaba veinte. Aquella noche agarré el sexo de Joaquín-mi sexo, aquella noche me fui a cumplir mi destino. La Eva desnuda que se viste. La marioneta desnuda que se viste. La Eva y la marioneta que se despoja y recupera su alma para cumplir su misión.

 

La misión:

     Busqué trabajo de streeper en un club nocturno. Mi show era único en su especie. Todas las demás chicas entraban vestidas, algunas de enfermera, otras de aeromoza, unas de policía, otras de otra cosa. Cuando entraban en el escenario su misión era desvestirse poco a poco hasta quedar completamente desnudas al ritmo de la música. Siempre cambiaban la música y el vestuario. Cada una entraba llena de vida, pero a medida que iban terminando su número iban perdiéndola. Se desnudaban por completo y los clientes ya no gritaban emocionados. Perdían la gracia. Perdían su alma. Eran almas muertas en un cuerpo de marioneta, que era movido por las cuerdas invisibles de la vida. (Vida: hermana de la muerte. Es la  más cruel de las dos, pero se disfraza de ángel de luz).

     Pero mi número era otra cosa. Lo había practicado desde los once años. Lo perfeccioné a los catorce años. Era perfecto. Yo entraba al escenario completamente desnuda. Era la contra-streeper, bailaba desnuda la misma canción de siempre. No era una canción movida, no era una canción sensual. Era una canción triste. Una canción para celebrar la muerte. (Muerte: Hermana de la vida. Viste de negro y regala paz). Mi canción sonaba y yo me vestía poco a poco "Amazing grace, how sweet the sound/ that saved a wretch like me”. Me acariciaba la piel. “I once was lost, /but now I'm found. / was blind, but now I see”. Me contorsionaba en el poste con mi sexo expuesto. “twas grace that taught my heart to feel/ and grace my fears relieved. / how precious did that grace appear/ the hour I first believed”. Comenzaba a vestirme lentamente. “Throught many dangers toils and snares/ we have already come/ 'twas grace that brought us save that far/ and grace will lead us home”. Danzaba en el trance de la vida y la muerte. Me terminaba de vestir. Me detenía a sentir en la piel la ansiedad de los presentes, a oler en mi aire sus sexos preparados para la desilusión. Y danzaba como guiada por los hilos de la Vida la estrofa final que retumbaba en el aire y erizaba mi piel, que ya vestida recobraba su alma “Amazing grace, how sweet the sound/ that saved a wretch like me. / I once was lost, / but now I'm found”… “was blind, but now I see”… Se hacía el silencio… Los rostros de los clientes eran una mezcla de lujuria y llanto, de decepción y anhelo… De ganas de comer el fruto, de ausencia en el éxtasis.

     Veía a la muerte llegar y sentarse entre el público como buscando entre los rostros de los presentes al fornicario que querría ir más allá… La seguía con la mirada. Seguía con la mirada a mi ama.

     (Me lo mostraba y se iba tarareando la canción de mi show…)

     Luego de un rato salía a la calle rumbo a la habitación donde vivía con mis madrastras y mi padre que refugiado entre las sombras retozaba con alguna de sus amantes.

     Iba despacio, contando los pasos, repitiendo en la mente mi amada canción de muerte. Muchos fueron a buscar el fruto. A buscar comer el fruto… Yo hacía lo que me correspondía…

     No era fácil. Las almas de los castigados iban a perturbar todas las noches mis sueños, pero mis madrastras me protegían, me guardaban de aquellos. Era una misión difícil, pero alguien tenía que hacerla. Yo era la elegida. La hija de las brujas y de un titiritero muerto. A mí Dios me había hablado, pero ya no lo hacía, Dios me usaba como un instrumento de destrucción, era la muerte, la muerte de los adánicos. Dios no le habla a la muerte. Ese era mi destino. Debía cumplirlo sin preguntar. Sin rezongar.

La interrupción:

     Todo iba bien hasta que alguien (un pérfido)  encontró los cuerpos de los títeres muertos, de los adánicos muertos que flotando en las aguas polutas del río sagrado, no lucían ya sus sexos… Ya no tenían vida cuando tomé sus  sexos, estaban desnudos, sin vida, cuando atados a mi cama perdían sus sexos. La sangre volvía al suelo que demandaba venganza por sus pecados. Por querer comer del fruto prohibido…

     Todos esos cuerpos de marionetas nadaban en el río del abandono. En el río sagrado que los conduciría a su lugar… al infierno… a su lugar…

      Sus almas buscaban sus sexos, las brujas las ahuyentaban. Yo dormía, soñaba…

     Yo asesiné a todos eso fornicarios… Ellos debían morir… Esa era mi misión… Yo cumplí mi misión… Fui un instrumento de Dios… Una esclava de la muerte… Una marioneta cuyos hilos los manejaba la vida… Una hija de brujas y de un titiritero muerto que retozaba en las sombras con mis madrastras… mis guardianas… Las que hacían de mis sueños un refugio… un lugar donde esconderme de la realidad… de la vida… Amo la vida… Yo podía afrontar toda esa mierda…

 

 

      La vida fue sencilla cuando aprendí a enfrentarla… No sentí más miedo ni ganas de huir…

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Queriendo experimentar con la escritura.

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta