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6 min
Heredero de las estrellas
Ciencia Ficción |
08.07.14
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Sinopsis

Él era ese heredero. Su familia, tantos años siendo la mano ejecutora, controla y decide, ahora el turno le tocaba a él.

El Heredero de las Estrellas guiaba su bajel espacial en dirección a Yppah, a unos veinticinco pársecs por segundo. Pero ya llegaba tarde, y se encontraba en condiciones físicas pésimas. Estaba herido. Muy herido. Agotado y a medio camino entre la locura. El viaje había sido demasiado largo, la tortura de la soledad hizo mella en sus ánimos, que se vieron sumidos en las tinieblas amenazantes de la autocompasión. Su pequeño caza, modelo Griuhn, consiguió aguantar lo suficiente, aún, es como si éste fuera consciente de la relevancia que tiene aquel viaje para él. Y para todos. Inclusive, los motores no desfallecieron cuando los generadores bajaron la intensidad primaria, un milagro inesperado.

Al momento de tener que recurrir a la moderación energética, creyó que todo caería bajo su propio peso, y aún así pudo contemplar en la infinidad estelar, que sus destino siempre era más grande. Su destino es leyenda, pues la leyenda es su destino.

Una de tantas leyendas que mantenían con vida la tradición galáctica, indicaba -mediante los escritos del sabio Bik Al Hommah-, que, al explotar un cúmulo de estrellas muy masivas en la galaxia, o Hipernova, un nuevo orden llegará para comandar los destinos de una civilización sumida en el desorden y el caos. Un heredero único que tendrá como tarea ser el referente, pilar y divinidad al mismo tiempo, de un planeta caído en desgracia. Alzar de las cenizas una nueva predisposición a conquistar el futuro mediante la consecución de objetivos en el presente más cruel.

Él era ese heredero. Su familia, tantos años siendo la mano ejecutora, controla y decide, ahora el turno le tocaba a él.

Se mostraba demasiado alarmado dentro de sus mínimos aposentos, en el pequeño caza en el cual viajaba, intentando dar reposo a su vegetativa mente advenediza. Ilusionado al mismo tiempo, así era, pero junto a la sensación que le embargaba el corazón, estaba sin duda el temor por la nueva empresa que tenía que liderar, pues nada suele ser color de rosa cuando el destino de millones de cruzaba en tu camino. Aún iba a tener que medirse a los Exaltados de la Orden del Caos. Esos mismos que identificaban la leyenda mediante sus propias reseñas, indicando que el planeta preciso no necesitaba un heredero, sino una destrucción completa. Renacer de sus cenizas mediante el caos y la destrucción total de lo que habitase en superficie e interior, todo. Sin rastro de vida, ellos sembrarían la misma.

En el penúltimo satélite de la quinta luna, junto a los escombros del pequeño planetoide ERR-3, la Orden se encontraba en su gran estación espacial, esperando. Él se preparó, pero en el fondo los nervios no le permitían dejarse llevar por la facilidad de una lucha, eran más y únicamente contaba con un pequeño modelo de caza, a medio gas tras el largo viaje por las estrellas del universo.

Mentiría si dijese que estaba preparado para el ataque, pero no quedó más remedio que aceptarlo cuando la primera explosión rozó uno de los laterales del bajel. Se tambaleó con levedad, mientras hizo grandes esfuerzos por reconducir el rumbo. El piloto automático se desactivó hace tiempo, por ahorrar energía, ahora tendría que hacer frente a una batalla él solo. No tenía experiencia alguna en medirse en forcejeos acrobáticos por la ingravidez del espacio. En aquel momento, comenzaba a echar en falta las lecciones a las que con tanto desdén trato, lecciones de padre sobre su propio fortalecimiento de espíritu como Príncipe. La segunda explosión le hizo perder el control del aparato.

Giró eternamente, dando cientos de vueltas sin darlas mientras ya no muy lejos de donde se hallaba, veía la silueta de Yppah asomando sin timidez. El gigantesco planeta le llamaba, con sensualidad su figura se dibujaba al compás de los tres soles que dirigían su luz a los cielos nublados, teñidos de gris, que cubren su superficie inalterable. Con rabia tomó los mandos de nuevo, crujiendo los dientes hasta que estos rechinaron y le causaban dolor. La ira contenida no le iba a dejar tomarse su destino a la ligera. Mientras desde la estación partían un par de ligeros para finiquitarle, arriesgó todo lo que se dibujaba ante él, para realizar una audaz maniobra de desactivación enemiga. El Griuhn giró de forma inesperada y violenta, los objetos volaron por el aire, le golpearon y se oyó maldiciendo por ello. La confusión se hizo con el mando de los dos ligeros, que no supieron hacia donde ir mientras la silueta del Griunh continuaba prendida en el inexistente espacio, dejando pasmados a quienes buscaban su ruina. Las divisiones del caza no estaban preparadas ni adaptadas para realizar maniobras de tal calibre. Pero la Orden no se la esperaba y era suficiente.

A partir de aquí, tuvo que sacar sus mejores dotes de piloto, que no creía que tuviera, para evitar colisionar con los restos de chatarra espacial que flotaban en la órbita de Yppah, amenazando con colapsar su aparato y dejarle congelado en la negrura del espacio, perdido en el tiempo. Activó de nuevo los generadores principales y el Griunh partió instantáneamente desde la velocidad estándar hacia el planeta. Con reflejos inusitados, pudo esquivar los restos metálicos que una vez sirvieron para que Yppah, fuese uno de los planetas más codiciados y avanzados de toda la galaxia.

No tardó más que leves segundos en situarse dentro de la atmósfera del gran planeta. El coloso, antaño repleto de verdosas aguas y violáceas plantas, hoy era una selva de metal inservible, rayos fronterizos y pequeños dispositivos que continuaban, día a día, torturando las vidas de los habitantes. Aquellos sin esperanza, aquellos condenados.

Él, por su parte, sonrió. Sonrió, pues aunque la Orden secundase la destrucción, pudo convencerse de nuevo de algo muy grato ‘Su leyenda es real’.

Estaba allí para alzar de sus cenizas a una civilización anteriormente orgullosa, hoy quebrada, para que sus ánimos crecieran con el crepitar de una llama que se torna con la vehemencia de un gran sol. Esa estrella que le sirve de guía y nombre, de hecho y derecho de propio nacimiento, para que sus acólitos de nuevo, sirvan a la divinidad espacial bajo la creencia de que una nueva era está por llegar. De su mano, de sus deseos, de su corazón, Yppah retornará a su gloria pasada mejorando el futuro de quienes les rodean, para que, nuevamente, los soles se alineen y otra Hipernova corone la existencia crucial de su familia. Ellos son el universo. Ellos existen.

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