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2 min
HIELO
Reales |
19.03.15
  • 4
  • 2
  • 1714
Sinopsis

Algún día escribiré un libro sobre la gente que voy conociendo en la universidad...

hubo un amanecer cubierto de rocas doradas y espinas aureas cerca de la universidad que alargaba la agonía de la rosada hasta el límite y acababa con la celosa custodia de los grados negativos a primera hora. En los puentes entre edificios se quebraba la fina capa de hielo matinal hasta principios de marzo. 
Los dibujos de un amanecer velado huían al paso del tiempo y las enredaderas volvían a crecer hacía los árboles más altos en busca de aquellas nubes que corrían imparables como los días. Todo resultaba acelerado. Las noches enteras corrían en olas como si intentaran llevarse porciones de vida a cada oleada, día tras días, y las almas brillaban como fulgurantes diamantes. La agonía no desaparecía, solo se transformaba, de los días oxidados pasábamos casi sin tiempo a la reflexión a las prisas por los trabajos, a las noches narcóticas y fugaces antes de los exámenes; "la agonía ni se crea ni se destruye", decía una islandesa de paso a la que se lo comentaba entre risas; ella se lo tomaba con humor: apenas venía a clase y se pasaba la mitad de los días en la terraza de un piso ocupado donde había llegado por total casualidad, tras mantener una discusión sobre el hielo y Nietzsche en un vagón con un desconocido; nunca me contó como pasó de una cosa a la otra, decía que las historias valen por lo que callan más que por lo que cuentan y aquello la convertía en una voraz coleccionista (si no atractora) de historias... al menos, hasta el día en que íbamos andando, me miró compungida y balbuceo en un español anglificado "no te creas todo lo que digo, nada es mentira, pero me gusta recortar de aquí y pegar allá, ninguno de mis libros tiene página 38, tu también deberías tener un número al que detestar"... y sonrío de una manera que aún no he logrado entender, con una fuerza capaz de derretir el hierro puro, y ya ni hablar del hielo entre los puentes.

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