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9 min
Hilo de seda (I)
Drama |
23.01.15
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Sinopsis

Eva y Miguel visitan a su madre interna en una residencia. Un pasado oscuro embadurna de un olor acre el aire.

          Llegaron demasiado pronto. El sol replegaba el último centelleo y jugaba a esconderse detrás de las montañas. Mientras acababan de preparar la cena les dejaron subir a la habitación y poder ayudar a su madre a ponerse a punto. Estaba tendida en la cama, flotando sobre las sábanas con el cuerpo totalmente estirado, alargando la mano invitando a ocupar el poco espacio que dejaba libre al borde del somier. Una paz introvertida inundó aquel espacio cerrado, entregado al sosiego, derritiendo el disturbio contenido gracias a los años de impaciencia, omitiendo la terquedad del devenir cotidiano. El olor familiar, que no emanaba de las paredes, sino del cuerpo allí expuesto, se revelaba frente al perfume del entorno exigiendo su presencia; era la fragancia de la niñez y el recuerdo de aquellos años que fueron, pero nos dejaron destellos convalecientes de nostalgia.

         Eva se sentó en el hueco que los dedos de su madre se empeñaban en reseñar. Levantó lentamente la mano de Carmen tratando de transmitir el ausente calor envolviéndola con las suyas. Acarició su cara extrayendo la esencia que podía perdurar en la piel fuertemente aspirada, como si con aquella inspiración pudiese retener el tiempo colmando el cerebro de fragmentos de pretérita savia.

             Carmen se levantó. Miguel se acercó a la cama con la cabeza gacha, insinuando un leve remordimiento por aquello en lo que él había insistido todos estos años. Recordó las conversaciones con su hermana. Aquellos cuchillos punzantes que se clavaban en el alma cada vez que reivindicaba su postura.

—No podemos mantenerla. Es necesario tomar una determinación rápida y precisa  —dijo Miguel cinco años atrás—, yo no pienso ocuparme de ella.

—Yo lo haré —contestó bruscamente Eva— yo me ocuparé de todo si tanto esfuerzo piensas que vas a invertir en ello.

—De ningún modo. No puede quedarse en la ciudad. Sabes perfectamente que si ella está aquí nos hará la vida imposible.

—¿Cómo te atreves?

—Mírame a la cara —advirtió Miguel—. Mírame a la cara y dime que no nos va a causar problemas. ¡Dímelo! —El tono agresivo asustó a Eva más de lo que él esperaba—, No consentiré que esté por aquí e interrumpa nuestro proyecto. O estamos juntos o lo dejamos.

                La campana sonaba dando el primer aviso para entrar a cenar. El comedor se encontraba en el patio exterior al lado del rellano de la entrada. Se podía acceder por el interior, pero no lo aconsejaban las monjas cuidadoras por los cacharros que se amontonaban en la puerta. Apilados en el pasillo de entrada permanecían los estantes repletos de platos, bandejas, cubiertos, manteles. Dando un rodeo por la parte de afuera y entrando por la puerta que daba al patio se podían evitar resbalones innecesarios debido a la grasa que quedaba adherida en el suelo.

              Carmen iba cogida del brazo de Eva. Su rostro mostraba media sonrisa mientras indagaba por qué caminaba junto a aquella simpática joven y era seguida por aquel apuesto muchacho que la miraba de reojo. Hacía unos dos años que Carmen había perdido cualquier coherencia en el pensamiento. Nada tenía que ver con la memoria. No era alzheimer, ni demencia senil. Podría ser un recóndito resquicio de dejadez, de desconsuelo e incluso de pereza. La pereza que se siente cuando el pasar de los años sigue atropellando la templanza. La equivocación en los momentos más sutiles una y otra vez. La erosión de la parsimonia provocada por la falta de esperanza precipitada. Como si todo lo acontecido en la mirada se difumina cuando se ha visto una vez, y otra. Una y otra vez, y otra, y otra más, y así muchísimas veces otra, y otra. Tantos años seguidos cometiendo los mismos actos, avanzando en la misma dirección, siguiendo los mismos patrones, construyendo un sendero aplanando el camino. El cerebro es un órgano perfecto en cuyo cada centímetro de masa se va produciendo un desgaste en función de los acontecimientos desplegados por un patrón. Cuanto más reiteración existe más difícil es poder buscar una alternativa. Carmen había agotado su cupo. Se había resentido tanto, con el sufrimiento, con la angustia, el dolor, la desdicha; había tanto desgaste en el flujo existencial que prácticamente ya no quedaba rastro. El flujo existencial permite cierta capacidad de reacción. Nos confirma que nuestro potencial se encuentra en fase de desarrollo si la actividad es óptima. Pero amenaza con abandonarnos si esta actividad ha sido demasiado exigua.

               Carmen tuvo a sus hijos muy joven. Aquel capitán de fragata que conoció en el Puerto de Sagunto cuando tenía 17 años la dejó prendada. Sus primeras palabras con él, que tanto le costaron pronunciar. Lo vio allí, impoluto, con su flamante figura expuesta al viento que ondeaba su uniforme. Fumaba un cigarrillo mientras sujetaba una copa de güisqui llena de hielo. Se ruborizó cuando le preguntó su nombre y él le dijo que se llamaba Lamberto. Lamberto González pera servirla. Las piernas le fallaron consintiendo que la cabeza gacha que ofrecía inyectara una dosis de atrevimiento en su interlocutor. El capitán se permitió tocar levemente la barbilla de ella levantándole la cabeza y contemplar así la belleza de aquel joven rostro. Lo primero que apreció fue sus carnosos labios que mostraba entreabiertos adivinándose la humedad de su lengua. La invitó a un refresco y a un cigarrillo que rechazó alegando que tenía un leve dolor de garganta. El capitán aprovechó para decirle que su estancia iba a ser larga. Al menos unos tres meses permanecerían en el pueblo. Ella aceptó la posterior invitación a pasar juntos aquel tiempo y así poder conocer el lugar y sus gentes. A las dos semanas él le prometió fidelidad y amor eternos. Se besaron. Tres días más tardaron en hacer el amor. Pasado el tiempo de estancia tuvo que partir. Su destino Honduras. Seis meses anclados al puerto. Los suficientes para volver encontrándose con que a las dos semanas nacería su primer hijo. Una hija. Eva.

         El capitán pidió dos años de excedencia. Irían a Almería, su ciudad natal. Allí podrían criar a su hija con la ayuda de los padres de Lamberto. Carmen sucumbía al buen trato de su novio, que no tardó en ser marido cuando se casaron a los tres meses de llegar. Aun no tenía 18 años y su vida ya estaba encarrilada. Los padres de Eva aceptaron de buen gusto aquel matrimonio en beneficio de su hija. Para el padre de Eva aquel había sido una buena maniobra de “la niña”. Tenía la vida solucionada con aquel militar cuya carrera estaba en progreso. Un hombre de 32 años hecho y derecho, joven pero maduro, apuesto, inteligente y familiar. Un buen partido para familias tradicionales cuyo propósito es continuar con la consigna establecida en la que la mujer debe servir a su marido y criar a sus hijos. Al poco tiempo nació Miguel Lamberto, el niño deseado, el varón de los hijos, algo por lo que no descansaría el capitán hasta que se hiciese realidad.

          El tiempo de excedencia se acabo y Lamberto volvió al trabajo. Estancias fuera de casa cada vez más largas. La última de casi dos años. Un trabajo bien remunerado pese a la ausencia de la figura paterna en la familia. Cuando regresó esta última vez Lamberto estaba mucho más curtido. En sus poros yacía la desfachatez del olvido. No pudo soportar que su hijo le doblase la cara al mirarle sin reconocerle. No admitió que aquella criatura que era suya no pronunciase papá al verle de nuevo. Carmen le abrazó admitiendo que el consuelo amansa la desgana, que una caricia sutura cicatrices con la rapidez con que apartamos la mano del fuego en cuanto notamos el calor. Con esa misma rapidez Lamberto levantó la mano y asentó un golpe tremendo en la cara de Eva. Un golpe seco, limpio,    Carmen sintió pena, lástima, pero no por ella; por Lamberto. Justificó su acción alegando que su marido estaba estresado, condicionado por la dichosa ausencia; falto de cariño fraternal. Se decía una y cien veces a ella misma que Lamberto necesitaba más mimos, más afecto, más atención. Un hombre no puede llevar toda la carga de la casa. No es racional aportar el sustento económico y tener que pasarse largas jornadas lejos de los suyos. Necesita los cuidados de una mujer. Cuidados físicos. Caricias. Sexo. La mujer debe velar por el bienestar del marido. Debe entregar su alma al diablo si es necesario con tal que el hombre de la casa se sienta a gusto, cómodo, confortable. A partir de ahora ella se encargaría de que todo estuviese en orden. De que su marido tuviese todo lo que realmente le hace falta. Todo iba a cambiar. Para bien.

 

                                                            Continuará...

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