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9 min
Hilo de seda (II)
Drama |
26.01.15
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Sinopsis

Eva y Miguel visitan a su madre interna en una residencia. Un pasado oscuro embadurna de un olor acre el aire.

                        Pero no cambió. Lamberto exigía cosas demasiado sofisticadas para Carmen. Carmen no sabía cómo debía actuar. Si era demasiado sumisa Lamberto se enfadaba porque no tenía carácter. Si se enfrentaba a las réplicas de su marido se enfadaba porque era una contestona. Si no le hacía demasiado caso se enfadaba por pasotismo. Cada enfado suponía un golpe. Bien podía ser en el vientre, en la espalda, o en las piernas. Nunca en la cara. Al menos al principio. Poco a poco pasaron a ser dos golpes, tres. Una paliza completa. El tiempo pasaba. Los niños crecían. Se alegraban cuando su padre marchaba. Cuanto más lejos mejor. Los dos o tres meses que no le veían se acostumbraban a una comodidad falsa. Una comodidad que era contraproducente al no compensar el malestar que penetraba en sus vísceras cuando estaban con él. No podían soportar más ver a su madre sufrir de aquella manera. Hasta que llegó la gran noticia. Lamberto había muerto en unas maniobras rutinarias en Cuba. El país estaba inmerso en una revolución donde existían innegables conflictos entre el régimen y Estados Unidos. A raíz del descubrimiento de unos misiles en suelo cubano EEUU amenazó al país de Fidel Castro al desarme inmediato si no querían verse abismados en una guerra. El buque español “Esperanza” debía escoltar el proceso de negociaciones. Dos militantes de las fuerzas armadas revolucionarias asentaron un atentado a dos de los dirigentes del barco español cuando se encontraban en tierra. Los dos murieron de un disparo en la cabeza. Uno de ellos era el capitán de fragata Lamberto González.

                 Carmen se quedó sola. Sin su marido. Cerraba los ojos y le veía vestido con su uniforme, fumando un cigarrillo y con un vaso de güisqui en la mano. Era tan alto, tan guapo, tan elegante. Veía la dulzura con que la trataba cuando hacían el amor los primeros días, su mirada tierna preocupada por no hacerle daño al penetrarla, sus caricias después de la cópula acompañadas de largos besos que recorrían su cuello bajando hasta llegar a los pezones. Le encantaba jugar con aquellos pezones que emergían tiesos en cuanto se ruborizaba. Todo aquello ya no estaba. No se acordaba de los golpes, las humillaciones, los insultos que le propinaba cuando hacía algo mal o no estaba acabado a su debido tiempo. El puño en su estómago que rebotaba una y otra vez hasta dejarla medio inconsciente tirada en el suelo para rematarla con una patada. Los tirones de pelo cuando la comida estaba demasiado hecha, o sosa, o salada, o simplemente no le gustaba. Aquellas amenazas al oído cogiéndola del cuello por detrás con injurias acerca de sus hijos e incitándola a presenciar cómo les golpeaba a ellos también. “A los niños no los toques” se apresuraba en gritar sollozando mientras sentía como el miembro erecto de él desgarraba su sexo.

                  El miedo. Esa emoción extraña que condiciona negativamente nuestras vidas y a la vez es tan necesaria para nuestra supervivencia. Una vez que el miedo se asienta en el cuerpo y se recoloca en lo más hondo del vientre se instala ahí para siempre. Es difícil de soltar. Carmen sentía miedo aun después de la muerte de Lamberto. Pero lloraba su ausencia. Preferiría mil veces que aquello no hubiese pasado, que siguiese vivo; poder verlo en casa con su uniforme y su cigarrillo y su vaso de güisqui. Había borrado el sufrimiento que padeció, las torturas, violaciones. No quedaba nada de aquello. Pese a que el miedo existía no había rencor. Volvería a casarse con él y tener los maravillosos hijos que podía contemplar cada noche. Carmen se ocupó de la casa y de la educación de sus hijos. La pensión de su marido llegaba para eso y mucho más. Tenía una casa propia sin hipotecas. Un sueldo fijo todos los meses por viudedad. Unos suegros que se volcaban por sus nietos. Unos padres que para nada sospechaban del sufrimiento padecido por su hija y consolaban su luto ofreciéndose en todo lo que pidiese. Pero ella no quería nada de eso. Ella quería estar sola con sus hijos. Y quería recordar a su marido. A veces Eva y Miguel la observaban, escondidos detrás de la barandilla de piedra de la escalera que subía a sus habitaciones, llorando desconsoladamente, haciendo algo que no entendían. Se ponía de rodillas y se azotaba el trasero mientras repetía una y otra vez que era una chica mala. Hay veces que incluso se introducía por la vagina el mango de la escobilla del polvo de manera agresiva mientras gritaba: “no lo volveré a hacer, me portaré bien”. Eva contaba ya con siete años. Miguel seis. Querían con locura a su madre, pero se asustaban cuando hacía aquellas cosas raras. A veces la veían acostada en el suelo y querían ayudarla a levantarse. Carmen les pegaba un azote en el trasero cada vez que quería que la dejasen en paz. Y casi siempre quería que la dejasen en paz.

                     Carmen llevaba como podía el peso de la casa mientras los niños se hacían mayores. En el colegio se cuidaban mucho de llamarla para tratar cualquier tema relacionado con los niños. Casi nunca había problemas gracias a que los chavales eran responsables, pero si alguna vez era menester avisar a su madre se ponía tan furiosa que podía estar una semana de mal humor. Cuando estaba enfadada acrecentaba sus extraños rituales de autoflagelación y sus cada vez más insólitas manías. Obligaba a sus hijos a permanecer durante horas escribiendo frases absurdas: “no sé lo que es el desamor”, “tengo que apropiarme de mi propio destino”. Eva lloraba durante todo el tiempo que le ocupaba realizar la actividad. Miguel mostraba su orgullo frunciendo el cejo y escribiendo muy deprisa.

                    El tiempo pasaba y los niños dejaron de serlo para convertirse en adolescentes de 16 años. Fueron tiempos difíciles, pero Carmen se volcaba en la disciplina diaria en cuanto a la educación de ambos. Les confeccionó un horario que debían cumplir a rajatabla, sin protesta alguna, y sin premios por superar los obstáculos. Era su deber estudiar y ser aplicados. No podían conformarse con ser gente humilde, ciudadanos de a pie, honrados y trabajadores. Debía destacar en aquello que hacían. Ser los mejores. Aquello supuso un fracaso emocional que tuvo sus consecuencias. Miguel tuvo que buscar ayuda psicológica años más tarde por un problema de autoestima. Eva tuvo que superar su agorafobia, acompañada de depresión, algún tiempo después. Mientras tanto su madre revisaba los trabajos, ejercicios, y exámenes que siempre tenían. Montones de deberes que les mandaban en clase o trabajo extra que añadía Carmen para su formación. Nunca tenían bastante. Trabajaban durante horas, cada día de la semana.

                       Eva se licenció en derecho mercantil y Miguel consiguió además un máster en economía. Eva empezó a trabajar como secretaria en una empresa de muebles local y Miguel llevaba la contabilidad en la caja rural que pusieron en la calle donde vivía. Su madre los visitaba todos los días pese a las protestas de ellos. Miguel se escondía y le decía a los compañeros que le dijesen a su madre que había tenido que salir. Su madre lo buscaba a gritos en los dos despachos que contenía la oficina. El director advirtió a Miguel que aquello debía acabar ya, que los clientes se asustaban e incluso algunos se marchaban indignados. Miguel tenía largas charlas con su madre, en las que ella se alejaba de la realidad pensando en Lamberto. Cuando acababan la charla Carmen se echaba en el suelo y decía frases ininteligibles; aquello Miguel no lo soportaba. A Eva la llamaba una y otra vez por teléfono, siendo también recriminada por la encargada de distribución. Eva no quería hacer sufrir a su madre y no la regañaba. Se limitaba a abrazarla y susurrarle al oído que ya estaba bien, que aquello no podía seguir así, que la quería mucho pero que iba a tomar una determinación. Meses después llamaron a un psicólogo de renombre en la ciudad para que les ayudase. El psicólogo hizo algunas visitas a la casa y Carmen le escuchaba con atención, pero no contestaba a ninguna de las preguntas que le formulaba. Ella estaba presente de cuerpo, pero totalmente ausente de alma. El psicólogo llegó a conclusiones un tanto contradictorias que Eva y Miguel se atrevieron a cuestionar. Su madre era muy inteligente y estaba totalmente lúcida, pero un gran trauma había perturbado su comportamiento racional. Escondía un fantasma del pasado. Un duro golpe segó su estabilidad mental. Lo que no les encajaba del informe era que su madre estuviese totalmente lúcida. 

 

                                                                 Continuará...

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