cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

8 min
Hilo de seda (III)
Drama |
30.01.15
  • 0
  • 0
  • 479
Sinopsis

Desenlace de la historia de Carmen, Eva y Miguel.

              En todos los proyectos, que siguieron a aquellos trabajos de secretaria y contable respectivamente, tuvieron problemas con Carmen. Era ilógico, casi indecente, que su madre se empeñase en que no progresasen en sus vidas cuando tanto sacrificio había permitido que sufriesen sus vástagos. Nada de lo que hacían era del agrado de aquella mujer empecinada en destruir el bienestar de sus hijos. Sentía envidia de la felicidad ajena. Todo el mundo debía sufrir como ella había sufrido. Nadie tenía derecho a encontrar un equilibrio sosegado en su existencia. Sus hijos se debían a ella, le debían la vida, le debían la educación, le debían respeto. Nadie abandonaba a Carmen así como así. Nada arrancaba de su lado lo que más quería. Nada excepto la muerte.

                Decidieron internarla en un sanatorio mental cuando golpeó casi mortalmente al novio de Eva. El hierro forjado sustraído de la chimenea de la vecina abrió una importante brecha en la cabeza de este. Doce puntos de sutura y dos meses de recuperación, sin contar los constantes mareos que padecía al andar. Miguel no se lo pensó. Marco el número de urgencias y personalmente ayudó a meter a su madre en el furgón diseñado para este tipo de casos. El novio de Eva rompió la relación en cuanto se dio cuenta de que Eva no podía desvincularse de su madre. Necesitaba a Carmen. Miguel jamás salió con ninguna chica porque aquello lo separaría de su madre. Sin embargo no podían vivir juntos, no soportaban más aquella situación. Aquel sanatorio mental trataba a su madre como una demente y eso no lo podían permitir. La sacaron de allí y la llevaron a una residencia de ancianos y personas dependientes regentado por las monjas de la orden de las Agustinas Recoletas. Carmen se negaba a acabar sus días en un centro de ancianos gestionado por monjas. Insultaba repetidas veces a sus hijos, los agredía físicamente en la medida de sus posibilidades, casi siempre sujetada por los brazos de Miguel. A Miguel le repugnaba que su madre se diese la vuelta y le dijese, con una sonrisa sarcástica, que no la violase por favor.

                    Llegaron al comedor y se sentaron en una de las tres mesas que quedaban libres, al lado de la ventana. A Carmen le gustaba ver a través del cristal. No soportaba verse dentro de una habitación encerrada sin ver la luz exterior. Miraba detenidamente el cielo mientras gesticulaba acompañando con palabras incoherentes que se disolvían en el aire. La comida no estaba mal. Eva llenaba la cuchara y la introducía en la boca de Carmen mientras mantenía la mirada perdida.

—Me la voy a llevar a casa —dijo Eva intentando no sonar demasiado imperativa—.

—No lo voy a consentir. Tenemos un acuerdo y tienes el deber de cumplirlo. Lo deberías haber decidido antes.

—No te pongas condescendiente —replicó Eva— ¿No la ves? Es nuestra madre. No podemos abandonarla aquí.

—Mira Eva, ya lo hemos hablado. Somos sus esclavos y no tenemos vida propia. Decidimos emprender este proyecto juntos y eso supone mucho trabajo y dedicación. Con ella por el medio no vamos a poder estar al cien por cien y ahora mismo necesitamos estarlo. Decide ya. Si te la llevas no cuentes conmigo. Me iré lejos y no mes volverás a ver.

—Pero ¿No la ves? —Susurró Eva entre lágrimas—. Es tan frágil.

                 Carmen les miraba sonriendo. Aquella mujer con los ojos vidriosos mostraba unos surcos demasiado marcados en la piel. Las arrugas que envolvían la mirada eran más evidentes que las de cualquier mujer de su edad. Un alma rota desprovista de atención, de estímulo encaminado a reconciliar el espíritu con el cuerpo. La ventura de sentir un regocijo interno proporcional a las circunstancias que te envuelven. La familia, las amistades, el trabajo, la ilusión. Acervos arrebatados por un destino acordado por providencias siderales incapaces de cuadrar los designios. Jugarretas de la suerte afiliada con el deseo. Desenlaces no estipulados por la proveniencia. Heridas cosidas con hilo de seda que no acaban de cicatrizar. Amores rotos que dejan la huella marcada de la desavenencia. Caminos angostos, abruptas alternativas. Aquel hombre del que se enamoró, del que bien podría dar la vida por él; el camino cruzado con un hombre enfermo de corazón, enfermo de alma, enfermo de ser; aquel que puso el énfasis de la existencia en perturbar la consciencia de quien te ama, de aniquilar cualquier resquicio de generosidad que pudiera admitir. Ya no quedaba nada, todo se convirtió en nada, nada somos. La única oportunidad que tenemos para redimirnos con la vida privada por propósitos malintencionados. El estupor del vacío que queda cuando las entrañas son cercenadas. El fracaso, la frustración, la decepción, la derrota, el desespero, la ansiedad, el miedo. Una vida amputada, rasgada, segada por decisiones ajenas, resquebrajada en beneficio de la depravación anhelada por los que deciden dónde y cuándo hay que sucumbir. Carmen fue una vida mutilada, un destello de amor ultrajado, un experimento del destino empeñado en satisfacer los deseos impúdicos del maligno. Carmen fue una vida rota más, como otras tantas vidas que son fantasmas del pasado, del presente y tal vez del futuro. Vidas que no son. Vidas calladas.

                Acabaron de comer. Miguel fue a preparar el coche. Estaba decidido a marcharse lejos. Eva se llevaría a su madre ese mismo día. Tardarían lo que pueden tardar los engorrosos trámites burocráticos. Carmen se sentó en el sofá del rellano de la entrada principal. Eva permanecía de pie hasta que su madre hizo un gesto incitándola a tomar asiento. Eva se extrañó. Su madre pretendía decirle algo.

               Miguel llegó con el rostro serio. Cabizbajo. Vio a Eva llorando en un rincón. Aquella imagen le turbó. Era raro, muy raro que su hermana llorase justo ahí, delante de su madre, delante de todos. Eva se dirigió hacia Miguel tambaleándose. Miguel la tuvo que sujetar para que no cayese. Los dos abrazados convertidos en uno. Los dos frutos del odio y del amor. Dos hermanos tambaleándose como un edificio sujeto por una sola columna. Se sentaron al lado de su madre, que sonreía observándoles. Eva le dijo a Miguel que se marchaba con él, que su madre se quedaba. Miguel no comprendió, pero no hizo nada por comprender. Acompañaron a su madre a la habitación y la ayudaron a acostarse. Se despidieron de las monjas prometiendo que no tardarían en volver a visitarla.

                 La carretera era estrecha y con muchas curvas. Los árboles se juntaban por las copas de los dos lados del camino agitando las ramas en señal de desprecio por quien por allí andaba. Eva permaneció un buen rato observando cómo se alejaban de aquel lugar desolado. No quería olvidar aquella escena, aquel sitio al que ya nunca jamás volverían.

—Vámonos de aquí. Ve más rápido, por favor. —consiguió decir Eva con las cuerdas vocales obstruidas por la inusual posición de la garganta.

—¿Puedo saber qué hizo que cambiases de opinión? —Dijo Miguel tímidamente.

—Nuestra madre ya está muerta. Hace mucho tiempo que está muerta. No muramos nosotros con ella también.

   Miguel levantó las cejas en señal de desapruebo. La miró sorprendido por la forma de hablar de Eva. Pero guardó silencio y dejó que Eva acabase de hablar.

—El padre de mamá, nuestro abuelo, la violaba desde que ella tenía cuatro años. Estuvo nueve años haciéndolo. Nuestra abuela lo sabía y no dijo nada.

      El coche frenó y derrapó cuando pasó por encima de unas hojas secas. Volvió a su trayecto normal y se detuvo unos minutos. Emprendió la marcha esta vez un poco más rápido que antes. Los árboles se apartaban y volvían a situarse impidiendo que pudieran mirar atrás.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 16
  • 4.77
  • -

Paciente pero ansioso; temeroso de ser valiente. Si supiera cómo acortar mi pene sería feliz. ¡Pena! ¡Quise decir pena...!!

Tienda

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta